Tumbas de arena
miércoles 21 de agosto de 2013, 20:21h
Es agosto y el termómetro alcanza los 52 grados a la mitad del desierto, al costado de un cactus, cuando el rayo del sol no produce sombra porque está en el cenit. Allí, una despintada cruz de madera señala el sitio donde una osamenta fue encontrada en días pasados y, ante la ausencia de cualesquier documento para identificar a un ser humano, la costumbre humanitaria decidió llamarle “John doe” o bien si presumiblemente fuera mujer, “Joanne doe”, es decir, Juan o Juana y por apellido, “desconocido (a)”.
Varias veces, por motivo de mi trabajo consular, crucé el desierto del sur de Arizona, por la reservación de los indios O’otham, conocidos por nosotros como “papagos”. En esa región donde no existe una frontera real con Mexico, las aves, reptiles y mamíferos del desierto cruzan sin limitación alguna. Pero para los seres humanos, están los rayos infrarrojos, los sensores de movimiento y las cámaras de largo alcance que avisan a los guardias de la patrulla fronteriza cuando alguien cruza la cerca de 60 centímetros de altura que divide a los dos países.
Una persona no puede soportar esas temperaturas ni esa intensidad de insolación. Muere de día o de noche por abrasamiento y deshidratación. Los rigores del desierto compiten con la agresividad de ponzoñosas serpientes y la agresividad de los animales de rapiña. La falta de preparación y el desconocimiento del medio llevan a los migrantes a una tumba segura, muchas veces dolosamente llevados allí por los polleros y traficantes.
En una sola morgue, la que se localiza en Hotville en el sur de California, hay más de 200 osamentas esperando identificación, algunas de ellas incompletas. Se habla de un programa de detección vía ADN de identidades para satisfacer a los miles de familias que afanosamente buscan al ser querido que se fue al norte y se perdió en el desierto.
Y la pregunta que nos aparece es, ¿Por qué los mexicanos y sus hermanos centro americanos se aventuran a cruzar el desierto? ¿Donde está la autoridad del lado mexicano para advertirles de la fatal aventura de intentar cruzar el desierto? ¿Por qué no penalizar severamente a los coyotes traficantes de seres humanos?
Se sabe, desde que abordan el autobús o el avión en las terminales del centro del país para dirigirse al norte, que esos grupos de jóvenes con zapato tenis y ropa esport, van seguramente guiados por alguien quien entre ellos es el criminal pollero... y las autoridades... dolosamente pecan por ausencia.