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La pintura y lo absoluto

David Felipe Arranz
martes 27 de agosto de 2013, 20:35h
¿Cómo poder verbalizar las sensaciones que nos transmite una pintura? Hace poco hablaba con unos cuantos amigos –el pintor Alfredo Montaña, el escritor y crítico de cine Israel Paredes y el también escritor y cineasta Raúl Peña– sobre si el efecto que producía en el receptor el encuentro con la música y las artes plásticas era similar o diferente. La respuesta, para mi sorpresa, fue unánime: los tres coincidieron en asegurar que la música llega con más intensidad a la sensibilidad del receptor que la pintura o la escultura. Pero tenemos nuestras dudas.

La pregunta la motivó la visión complementaria y totalizadora que el intérprete y cineasta austríaco Maximilian Schell tiene de las artes, manifestada en un excelente artículo sobre el artista alemán Josef Albers (1888-1976), cuya obra representa una de las cumbres de la abstracción del siglo XX. A partir de Homenaje al cuadrado: R-J3 (1968), cuadro adquirido por Schell en la Sidney Janis Gallery de Nueva York. Las incursiones de Albers en las formas y los colores fascinaron al director de cine y escenógrafo, que interpretó la evocación del cuadro como el misterio de los matices plásticos cuando van más allá de sus propios límites y entran en territorios de las artes vecinas, como el teatro o el cine. Schell, que contaba ya en su colección privada con obra de Paul Klee, Jean Dubuffet, Mark Rothko e incluso El Greco, vio una vez más las enormes posibilidades poéticas de la pintura pura aplicada a la técnica del escenario.

Schell había encontrado un nivel de sutileza y de matices semejante al de sus propios ideales como director y actor. Melómano y pianista, el ganador del Oscar al Mejor Actor por ¿Vencedores o vencidos? consideraba que una unidad minúscula de tiempo constituía el factor decisivo a la hora de diferenciar una interpretación de Maurizio Pollini de otra de Claudio Abbado sobre una sonata de piano de Mozart. De la misma forma, en sus conversaciones con Albers coincidía en que el amarillo Grumbacher era totalmente diferente al amarillo Winsor & Newton, en un abanico de colores extraordinariamente rico y cuya apreciación era similar a los matices que imprimían los intérpretes de la música a una partitura determinada. La escala de colores, donde un gris no es lo mismo que un gris Reilly nº 8, eran capaces de crear nuevas realidades a partir de las emociones y fantasías activadas en el receptor, expresando así lo que tan solo se puede decir con formas y colores. Una mera partícula de un segundo de tiempo representa para Schell el nivel de perfección del matiz del círculo cromático, el grano de arena preciosa que cada uno buscamos desde la infancia en los reinos del color y de la música para aplicarlo nuestra propia vida... y que después vamos olvidando. Matthew Arnold escribió que el arte es una crítica de la vida y no resulta descabellado afirmar que toda manifestación artística –poética, musical, plástica, cinematográfica– es una contradeclaración al mundo. Porque el creador, según nos hace ver George Steiner en Presencias reales (Real Presences, 1989), se sitúa mejor que nadie en ese terreno que media entre las restricciones de lo observado y las ilimitadas posibilidades de lo imaginado. Al punto de que el resultado de ese ordenamiento especulativo que lleva a cambo el artista y que da lugar a la obra de arte es, siempre, una “crítica” que afirma que las cosas podrían ser diferentes a como son, que el mundo podría cambiar y que existe esa posibilidad. Tanto las artes plásticas como la literatura, la música o el cine encarnan una reflexión expositiva, un juicio de valor sobre la herencia y el contexto al que pertenecen.

Así, Schell tomó uno de los cuadros de la serie de los Homenajes al negro de Albers y lo trasladó a una de las representaciones de Hamlet que por entonces dirigía e interpretaba en los teatros alemanes, la base perfecta de un juego en el que la célebre cuestión metafísica del príncipe de Dinamarca, “Ser o no ser”, constituye el eje de la que Harold Bloom considera una de las cúspides del canon occidental. En la casa de Albers, en Connecticut, y con la inestimable ayuda del artista, Maximilian Schell compuso una espectacular versión del drama de Shakespeare.

La obra de arte nos hace responsables ante ella en un triple sentido: moral, espiritual e intelectual. La “masa crítica” de la obra de arte o de la pieza musical posee un extraordinario poder implosivo en el interior de las cámaras del yo. Schell y Albers abordaron con valentía el misterio de lo absoluto en el arte. Fueron capaces de verbalizar el modus operandi de un cuadro, equipararlo con la música y trasladarlo al teatro, de llevarle a Hamlet los valores de la abstracción y que ya había vertido Shakespeare en el monólogo original del atormentado príncipe mientras sujeta la calavera del bufón Yorick, con el que Hamlet solía divertirse cuando era niño.

James Joyce leyó la Odisea de Homero y escribió el Ulises, después del viaje textual del original por el tamiz de Virgilio y de Dante. También los mejores escritos críticos sobre el misterio del arte los encontramos en los textos de los propios genios de la pintura, como las cartas de Van Gogh y Cézanne o los diarios de Delacroix o Paul Klee, que nos demuestran que las mejores “lecturas” del arte… son arte. Y el arte es absoluto.
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