La guerrita de Obama
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 28 de agosto de 2013, 20:09h
Por alguna razón que le corresponde investigar a la psicología social, determinadas armas como las químicas o nucleares causan un terror inconsciente y global, mientras que las armas convencionales son vistas con una relativa indiferencia. Es un fenómeno interesante, porque no se puede saber qué es más humanitario, si morir gaseado o bombardeado. Si enfermar por la radiación o mutilado por la metralla. Y también es difícil distinguir si la destrucción masiva instantánea es moralmente peor que la destrucción masiva paulatina, si es peor la muerte de un millón de personas por una bomba atómica o la muerte del mismo millón de personas a machetazos, como en Ruanda y Burundi, donde nadie dijo que el barato y sencillo machete fuera un arma perseguida por las convenciones sobre derechos de guerra.
Pero lo cierto es que estamos en un escenario donde reaparece el concepto de reprobación en las conciencias del mundo sobre las armas químicas, al parecer utilizadas por el ejército gubernamental sirio. Una reprobación que obligatoriamente remite a una respuesta de castigo, humanitaria en este caso: misiles de crucero y bombardeos aéreos. Y esa es la elección tomada por la presidencia estadounidense de Barack Obama, premio Nobel de la paz, galardonado quizá de forma preventiva.
Habrá que dejar de lado la aparente paradoja de que un Ejército, como el de Assad, con una cierta ventaja sobre el bando rebelde tras las primeras y sangrientas fases de la guerra civil que ya ha dejado cien mil muertos, se decida a estas alturas a utilizar el tipo de arma cuyo uso había sido anunciado como la línea roja para la intervención occidental (de Estados Unidos) en el conflicto.
De los regímenes como el de Assad no hay que descartar nada, ni locura ni soberbia. Pero no sé si tanta como para hacer justamente aquello que más problemas le iba a dar en su guerra civil. Y seguramente parece tan ilógico que el propio régimen ha acusado a los rebeldes de ser ellos precisamente quienes usaron la guerra química, lo que puede ser también excusa o mentira pero, desde luego, corresponde a lo que los criminalistas señalarían como móvil. Porque si se mira a quién beneficia el ataque químico, la respuesta es bastante clara. A cualquiera menos a Assad.
Pero aceptemos la responsabilidad del ejército gubernamental sirio en el ataque químico, como proponen los entusiastas coaligados occidentales de EE.UU., al decir también con lógica aparente que si es el régimen quien tiene armas químicas, sólo el régimen puede utilizarlas. ¿Qué hacer, por tanto?
Obama quedó atrapado por sus palabras y debe actuar. Parece bastante claro, sin embargo, que si lo hace es porque no quiere pasar a la historia como un pusilánime, que ni se desenvuelve bien en la política interior ni demuestra personalidad en la exterior. Porque Obama, a punto de nuevo del precipicio fiscal, sólo ha tenido un momento de gloria, de acuerdo con la épica que se le exige al inquilino de la Casa Blanca: el asesinato programado de Ben Laden, a su vez el gran asesino. Sólo ahí, el presidente de Estados Unidos ha estado a la altura de la mítica del Far West, y sin ella se pasa sin pena ni gloria por Washington.
Ahora, o es un cobarde si no ataca, o un criminal fuera del derecho internacional si lo hace. Asunto éste último que entenderá bien, pues fue el obamismo progre mundial el que la tomó con Bush (y sus aliados) en Irak, gracias a que la ONU nunca respaldó aquella guerra, como tampoco la de los Balcanes. Porque la legalidad de la ONU pasa por la aquiescencia de Rusia y China y, vaya casualidad, siempre se ponen de lado del otro bando. En todo caso, mejor pasar como un criminal que como un necio débil, porque todavía es exigible que una potencia hegemónica tenga al menos la capacidad de intimidación.
En cualquier caso, lo más estúpido es considerar que el ataque de Obama se realiza por un quítame allá este o aquel tipo de arma. En Irak se utilizó también la excusa química, pero en los Balcanes se apeló a otra cosa: a un hipotético genocidio en Kosovo cuando, el que hubo, más bien correspondió a Bosnia y fue anterior. Argumentos todos para la carnaza de la opinión pública y para no decir la verdad. Que las verdaderas razones para mostrar presión vigilante en el Oriente Próximo (para nosotros) radican justamente en el peligro que supone el conjunto de esa zona petrolífera para la estabilidad mundial.
¿Qué es lo que está sucediendo, sin embargo, en la región, para el desconcierto del mundo? Que los regímenes corruptos y dictatoriales, pero no islamistas, provocan el rechazo moral de Occidente. Y cuando éstos caen, el mismo buenismo occidental descubre que la alternativa son regímenes belicosos con Occidente, fanáticos en sus creencias, machistas, violentos y represivos. Y, naturalmente, nadie sabe a quién apoyar. Véase Egipto, sin ir muy lejos.
Tampoco lo sabe Obama ahora, que es el paradigma de la perplejidad. Por eso, quiere atacar a Assad, pero no derrocar a Assad. No quiere la represión gubernamental siria, pero tampoco que los terroristas islámicos que han ocupado la vanguardia rebelde tomen otra plaza tan vecina a Occidente, tan próxima y amenazadora para Israel.
Pero, se dice Obama, algo hay que hacer ante esta matanza que la comunidad internacional ve como una película de catástrofes y no como un asunto real en el que la gente sufre y la gente muere. Y el heroico comandante en jefe manda a sus barcos disparar misiles de crucero, a una prudencial distancia, sin propósito aparente, salvo el de salvar la cara.
Ante este formato de guerrita a lo Gila, en la que se sabe contra quién se va, pero no a favor de quién, mejor sería una interpretación cínica. Una estrategia occidental de equilibrar y perpetuar otra guerra civil, como la que resultó de la guerra de Irak, bajo la hipótesis de que mientras se maten entre ellos no nos matan a nosotros. Pero esto, que es una barbaridad moral, no podría en cualquier caso ser reconocido, por lo que mejor quedarse con la excusa de las armas de destrucción masiva, esas que matan de verdad y no como los machetes, los fusiles y las bombas teledirigidas.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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