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España: qué gran pueblo

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 30 de agosto de 2013, 20:23h
Qué gran pueblo, el español, por supuesto, mas también otros muchos, casi todos o todos los del ancho mundo.

Pero hablando del nuestro, diversos lances acaecidos al cronista en el presente verano le confirmaron en la idea arraigada desde su lejana niñez de considerar a sus compatriotas pasados y presentes como integrantes de una comunidad llena en todo tiempo de vitalidad creadora, nobleza moral y muy elevado sentido de la dignidad. Mas para acomodarse a la opinión hodierno dominante en un amplio sector de la inteligencia y no sentar plaza de espíritu patriotero, el articulista acaso circunscriba su sentir a estratos antaño dominantes en la sociedad española y hoy con menor peso y demografía. Sin entrar en pruritos sociológicos ni distingos conceptuales en un término tan lábil como el de “pueblo”, dos experiencias estivales ahincaron de modo singular al emborronador de estas líneas en su idea de muy longue date, como ya se dijera. Un modesto empleado, a su vez, de una precaria empresa andaluza y padre de varios hijos –(entre ellos, un bondadoso y mal estudiante de formidables cualidades para el arte bien difícil de la escritura)-, argumentó, con elegante sobriedad de gesto y palabra, ante la protocolaria pregunta de su colutor de turno, que “este verano” no podía tomarse unas fugaces vacaciones porque no se lo “permitía” la situación provocada en su maltrecho oficio por la crisis, encerrándose en tal término unas desventuradas circunstancias que al interlocutor no le resultaba difícil imaginar. Conocido –y admirado- de años atrás por el cronista debido a su talante moral y genuino espíritu andaluz –hecho de sofrosine, recato, universalidad y humor alquitarado-, su actitud ante las contrariedades e injusticias per naturam de la existencia le sirvió, en alto grado, para contrarrestar parte del antuvión provocado en su ánimo por la “crónica de los tribunales” a que en la actualidad se reduce la vida en nuestro país.

Justamente donde éste, según las venerables crónicas alto-medievales, naciera, en las peñas del Auseva y en la mítica Cueva de la Santina, un taxista avilense, prototípico representante de las innumerables virtudes que atesora el carácter asturiano, en conversación tan corta como, por parte suya, enjundiosa y hasta deslumbrante en algún momento, afianzó en el articulista su pensamiento enaltecedor de las gentes españolas que rara vez aparecen en los programas televisivos de mayor audiencia, consagrados a la chismografía o a una parcial cuando no sesgada visión de los aconteceres prevalentes en la convivencia nacional. Horra de críticas al gobierno, a los partidos en general e, incluso, al Sistema, su charla discurría, “perezayaliamente”, por los senderos de la luz familiar, del trabajo propio y de la construcción de una comunidad basada en la ética, la solidaridad y el esfuerzo personal. Naturalmente, su ágil y a menudo risueña charla no se encauzaba por los rígidos patrones kantianos antedichos, sino por los de la espontaneidad informal, con entreveros de sutil ironía, marca del Principado, y continuas referencias a la más estricta cotidianidad, sin alusiones, eso sí, futbolísticas, fenómeno éste de extraña rareza. Más autocrítica, más productividad personal, más sentido y vigencia de la pertenencia a una colectividad siempre enriquecedora para sus miembros y, por ende, para todas las demás, este era el código íntimo de la conducta del citado conductor, sin afán alguno de proselitismo y, menos aún, de exhibicionismo.

Un paso adelante en la tarea iniciada en Covadonga, en la Castilla del Mío Cid, su devoto cantor exclamaba la, en pasadas épocas, bien sabida expresión: “Dios qué buen vasallo, si hubiese buen señor…”. Un milenio después, quizá conserve toda actualidad.
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