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Vitalidad del parlamentarismo británico

sábado 31 de agosto de 2013, 01:00h
Los Estados Unidos están preparados para realizar una acción militar en Siria, aunque el presidente Obama todavía no ha tomado la última decisión que desencadene el ataque, que, previsiblemente, se llevará a cabo con un lanzamiento de misiles a objetivos seleccionados y limitados. Con buen criterio, pese a lo que parecía en un primer momento, no se han precipitado los acontecimientos y al menos se espera a los informes de la comisión de la ONU desplazada a Siria para investigar el uso de armas químicas. La comunidad internacional está, sin duda, en una encrucijada de muy difícil resolución: no puede seguir permaneciendo impasible ante la masacre de la población civil siria, pero una intervención implica riesgos y consecuencias complicados de prever.

A día de hoy, no se sabe si finalmente Estados Unidos pondrá en marcha la operación. Lo que sí se está claro es que, si lo hace, no contará ya con el acompañamiento de Gran Bretaña, cuyo primer ministro, David Cameron, se apresuró a manifestar que su país participaría en la acción bélica. Pero, después, decidió someter su propuesta al Parlamento y ahora éste ha rechazado que Gran Bretaña participe en un ataque contra el régimen de Bachar Al Assad. Y no, naturalmente, porque tenga la menor condescendencia con el dictador sirio, sino porque considera que las pruebas son insuficientes y que, sobre todo, hay que continuar explorando sin descanso otras vías que no pasen necesariamente por la fuerza.

Lo sucedido, más allá del asunto concreto, revela también algo que es preciso subrayar: la saludable vitalidad democrática del Parlamento británico, que afronta cualquier cuestión, por áspera o complicada que sea, mediante el ejercicio de rigurosos debates y la libre expresión de convicciones, incluso aunque no concuerden con su jefe de filas. Porque David Cameron no solo no convenció a la oposición laborista, lo que era más o menos previsible, sino tampoco a parte de sus propios correligionarios o de sus socios en el Gobierno, que votaron en contra de la intervención, con absoluta tranquilidad. Los miembros de la Cámara de los Comunes británica protagonizaron una intensa y memorable sesión que nos hace recordar algo a veces olvidado: la grandeza del sistema parlamentario, apoyado en el debate y la palabra en libertad. Sobre todo si se ejercen en toda su extensión y sin cortapisas ni temores al férreo control de los aparatos de los partidos en un modélico ejemplo de separación de poderes.
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