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Ariel Castro escapó del infierno

miércoles 04 de septiembre de 2013, 20:03h
Cuando el pasado 1 de agosto Ariel Castro fue condenado a cadena perpetua, Michelle Knight, la única de las tres secuestradas por el monstruo de Cleveland presente en la sala del juzgado, se dirigió, sin mirarle, a su torturador. Deseaba, declaró, que después de los once años de infierno que Castro le había hecho pasar, ahora, ese infierno empezara, por fin, para él. Sin embargo, tan sólo un mes más tarde, Castro ha logrado zafarse del infierno, al menos, de ese infierno en la tierra al que Knight hacía referencia y que, en todo caso, jamás hubiera podido ni siquiera compararse al despiadado averno de violaciones, palizas y terror que las tres inocentes chicas raptadas sufrieron durante más de una década. El infierno de Castro consistiría en la prisión de por vida en una cárcel de máxima seguridad de Ohio. En ella se encontraba en régimen de aislamiento y, según los responsables del centro, sometido a una vigilancia especial que consistía en rondas escalonadas cada media hora. El férreo control del denominado protocolo anti suicidios con cámaras de vigilancia las 24 horas del día, al que, en un principio, se había sometido a Castro parece que ya se había relajado en los últimos días, a pesar de que una de las cosas más llamativas que encontró la policía en la “casa de los horrores” fue una carta de suicidio escrita por Castro hace varios años y que aún conservaba, probablemente, por si las cosas se torcían para él como, por fortuna, acabó sucediendo.

Es la huida más fácil para quien sabe que sus actos son de una inmensa crueldad, imposibles de perdonar; una fuga que me niego, en buena parte, a achacar a un insoportable sentimiento de culpa que no deja vivir. Es muy posible que existan casos en los que el reo comprenda, en el silencio de las paredes de su celda, la magnitud del daño irreparable que ha cometido y se arrepienta, pero en la mayoría de los casos la respuesta del suicidio es semejante a la acción de romper la baraja una vez que no le ha quedado más remedio que aceptar que nunca más dispondrá de una mano ganadora. Y si no gana, no juega. Abandona la cocina, cuando no tiene la sartén por el mango. No es la primera vez que un asesino tiene preparado su mutis por el foro, dejando a las víctimas sin resarcimiento posible, con la sensación, incluso, de que no ha habido justicia para ellas. Muchos asesinos – por ejemplo, los nazis – se aseguraban de tener siempre a mano una ampolla de cianuro, como si perdiendo la vida ante los ojos de quienes, por fin, los habían atrapado, estuvieran riendo los últimos, haciendo un macabro corte de mangas. Sólo muestra cobardía. En relación a Castro, la cobardía estaba, en todo caso, más que demostrada. Tenía a tres chicas encerradas en casa, pero ni siquiera se atrevía a estar con las tres juntas en una misma habitación. Más aún. No le bastaba con separarlas, sino que las mantenía atadas a la pared con gruesas cadenas de hierro y las molía regularmente a palos para que su estado físico y mental fuera siempre de debilidad. Además, para asegurarse de que ninguna se atreviera a intentar huir durante sus ausencias, ideó el perverso mecanismo de hacerles creer que se había marchado y esperar escondido a ver sus reacciones. A base de los terribles castigos a los que sometía a la osada que trataba de escapar, intentó anular por completo cualquier petición de auxilio.

Sin que se sepan aún los resultados de la investigación que la oficina de prisiones de Ohio ya ha anunciado que acaba de ordenar, lo único que ha trascendido, y que realmente importa, es que Castro se ha salido con la suya. Sus abogados pactaron con la fiscalía una condena a perpetuidad sin posibilidad de libertad condicional para salvar a su cliente de la pena de muerte y, ahora, da la impresión de que, cuatro meses después de que Amanda Berry pudiera por fin pedir auxilio, se haya borrado cualquier huella de lo sucedido. Aquella casa de los horrores, rodeada de vecinos que nunca vieron ni escucharon nada, fue demolida como parte del acuerdo judicial y el verdugo de esas tres mujeres que jamás serán como hubieran sido si él no se hubiese cruzado en sus caminos, se ha convertido, también, en su propio verdugo. Cuando él así lo ha decidido. Sin contar con nadie. ¿Arrepentido? A pesar de asegurar durante la vista que él sólo era un enfermo, jamás habría acabado con su vida mientras aún podía tener en sus manos las vidas de Gina, Amanda y Michelle. No se habría entregado a la policía pidiendo que trataran su enfermedad, ni se habría suicidado dejando a sus víctimas en libertad. Se ha suicidado porque sabía que ya no podría volver a su casa, con sus esclavas sexuales. Es sólo cobardía.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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