www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

El nacionalismo español y Asturias

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 06 de septiembre de 2013, 20:16h
Septiembre, mes de la celebración de la Virgen de Covadonga y en el que según las crónicas tuvo lugar la batalla del mismo nombre, resulta siempre ocasionado para reflexionar sobre la esencia de la identidad española, que no es otra que religiosa y católica. Así al menos lo afirmaba con rotundidad un famoso prelado decimonónico, de figura muy atrayentes para sus ovejas y coetáneos, entre cuyos admiradores incondicionales llegó a contarse Clarín, quien realizara una luminosa etopeya del valenciano D. Benito Sanz y Forés (1828-95) en su La Regenta, bajo el trasunto literario del obispo Fortunato Camoirán.

Contra lo sostenido por la visión canónica de la guerra de la Independencia elaborada con motivo de su bicentenario, sus efectos fueron desastrosos para una nación que, sin su trauma, hubiera seguido, con mayor o menor ritmo, el proceso de modernización experimentado por los países de su entorno. La desamortización, indispensable e inaplazable, fue devastadora en su dinámica y desarrollo, con consecuencias en verdad lamentables para el gran patrimonio espiritual y artístico atesorado, a lo largo de siglos de enorme creatividad, bajo la horma de un credo militante. Al llegar a la diócesis ovetense en 1868, como primera estadía de una trayectoria que, tras su paso por la sede arzobispal pinciana, concluiría, casi 40 años después, en la hispalense, el estado de la mítica cueva en que veneraba a la Santina se ofrecía pesaroso, como un panorama de ruinas: “Os confesamos, amados en el Señor, que cuando por primera visitamos este venerable sitio, sentimos honda pena y con el corazón oprimido exclamamos una y otra vez: ¡Esto es Covadonga! ¡A esto ha quedado reducida la cuna de la restauración de España! ¡Esto es lo que recuerda los grandes beneficios de la Madre de Dios a los hijos de su nación querida, y los gloriosos triunfos de aquellos héroes de nuestra historia! (…) Vosotros lo sabéis: Covadonga es la cuna de la restauración religiosa y monárquica de España, y la primera página de la gloriosa epopeya de siete siglos que, terminando en Granada, hizo a nuestra nación grande sobre las naciones más grandes, y la mereció del cielo el descubrimiento y la dominación de un mundo nuevo en premio a los heroicos sacrificios de su fe y patriotismo!”. Difícil será encontrar en las antologías más acribiosas del nacionalismo hispano una formulación más acabada que la salida de la pluma ilustrada del futuro cardenal de Sevilla. El nacimiento de la españolidad se alumbró, en las peñas del Auseba, cabe la Cueva, rematada pronto, merced primordialmente a los esfuerzos del mismo prelado, por una Basílica que testimoniaba y honraba, once siglos más tarde, lo imperecedero de la fe cristina que impulsase la acción de D. Pelayo y sus huestes…

Pues, en efecto, con su desbordada entrega a la restauración del santuario, Sanz y Forés contribuyó de forma destacada al fomento del movimiento regional astur de las postrimerías del XIX. De signo similar al de otras comunidades como la valenciana o la aragonesa, la “asturianía” debió mucho a la potenciación de la conciencia colectiva del Principado impelida por el mensaje a la vez autonómico y nacional emanado desde la Cueva. En la reformulación del nacionalismo español operada tras la crisis noventayochista, tras su parto a mediados de la centuria como producto de la unión en tal extremo de moderados y progresistas, la asturianía se descubrió como uno de sus modelos más alquitarados, con un perfecto guión que conjuga, sin antinomias y con armonía, los talantes asumidos en su caracterización: exaltación de consuno de la libertad y el catolicismo, plántula de la libertad más genuina… La lectura hecha por el obispo ovetense de la asturianía –se insistirá- se acomodaba a la efectuada por otros regionalismos, de impecable ortodoxia religiosa y patriótica. Y, según cabía esperar, las esferas gubernamentales registraron sin tardanza la relevancia del fenómeno para patentizarlo y difundirlo a través de todos los medios de pedagogía ciudadana a su alcance. Los dividendos de la operación se inclinaron abrumadoramente a favor de los círculos estatales, aunque los cosechados por los círculos eclesiásticos no fueron por ello desdeñables. En la marea creciente del anticlericalismo de la España finisecular y con una secularización ya imparable, el régimen canovista reforzó las líneas rojas de su relación con la jerarquía episcopal, que, salvo estridencias anecdóticas, se comportaba como un aliado fiel y eficaz de sus intereses, sobre todo, en los escenarios más decisivos para el futuro del país.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios