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Radioscopia de conflictos en Oriente Medio

Víctor Morales Lezcano
domingo 08 de septiembre de 2013, 13:11h
En la colección de escenarios históricos particularmente conflictivos, se encuentra uno de ellos convertido en un clásico: LA CUESTIÓN DE ORIENTE. O sea, el desmembramiento inapelable del imperio turco-otomano entre 1830-1919. Fue aquel un proceso interno del imperio de marras, muy accidentado en su transcurso, tanto en sus provincias cristianas (Balcanes) como en las de confesión islámica (Mundo Árabe).

La cuestión de Oriente puso en evidencia uno de los conflictos más arduos de entender clon claridad debido a la complejidad de su entramado. He aquí la interrogación de partida: ¿cuándo y por qué el mundo árabe emprendió un itinerario errático y contradictorio? Amin Maalouf escribió sobre este extremo que “los árabes padecían, desde antes de las cruzadas, determinadas taras (el subrayado es suyo) que la presencia franca desveló y quizás agravó, pero que no creó de la nada. El pueblo del Profeta había perdido, ya desde el siglo IX, el control de su destino”.

Más allá de que el conocido escritor libanés abordó de modo simplificador la causa general a la que se enfrentó en una de sus obras (Las cruzadas vistas por los árabes), no puede negarse que ese mundo, una vez emprendida la ruta hacia la constitución de los estados-nación a partir del final de la segunda guerra mundial, ha seguido reproduciendo en el seno de sus sociedades lo que Bernard Lewis definió como identidades múltiples solapadas: la tribal, la comunitaria, la territorial y, last but not least, la religiosa. Es decir, la identidad religiosa islámica de la que es portador todo musulmán, aunque se trate de una instalación tribal, territorial y religiosa hostil a sus parientes vecinos.

Una vez disuelto el imperio turco-otomano, no tardaría en constituirse la segunda edición de la cuestión de Oriente a lo largo de los años 40 del siglo pasado. Un factor interno de la Región -la fundación del estado de Israel en 1948- coadyuvó negativamente al proceso de convivencia árabe-israelí e inter-árabe mismo, sin excluir choques fronterizos con los miembros turco e iraní de la Región.

A la irreconciliable fractura interna del Islam fundacional entre musulmanes de tradición sunní, de un lado, y musulmanes de obediencia chií, de otro, vino a sumarse el estado de Israel, o añorado repositorio terrenal del pueblo judío, hasta entonces en la diáspora. La elección de Palestina -tradicionalmente Tierra Santa (con Jerusalén como ciudad de las tres religiones del Libro: judía, cristiana e islámica)- en calidad de sede territorial de la inmigración judía durante el mandato británico en la zona, puso el fatídico huevo de la serpiente en un nido particularmente sensible de la Región que, a partir de la primera guerra mundial, se convino en llamar Oriente Medio.

El conflicto geopolítico entre Israel y los nuevos estados árabes que alumbró la posguerra mundial incubó, desde un principio, un acerbo antagonismo religioso duplicado no solo entre sunníes y chiíes, sino entre el Islam medio-oriental y el judaísmo milenario. Predominaron en particular los antagonismos de factura integrista a partir de los años 60 y 70 del siglo XX.

El conflicto sistémico en Oriente Medio estuvo servido en bandeja de plata desde entonces hasta la fecha de impresión de estas líneas; con una conflictividad expresa o latente que no ha dejado de implicar a los sistemas de estados detectables desde el Congreso de Viena (1814-15). Compruébese, si no, -por poner un ejemplo- en el repetitivo ceremonial que se oficia anualmente en Naciones Unidas sobre el dossier “Dos estados, en un solo país”, que no es otro sino Palestina.

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Este esbozo generalista de la segunda cuestión de Oriente quedaría incompleto si no se recuperara el factor de lo que puede denominarse el “efecto-llamada” que desde la segunda mitad del siglo XIX ha generado el Oriente Medio. Se trata, ni más ni menos, que de la presencia secuencial de aquellas potencias cristianas con inclinación marcada hacia una intervención dominadora en la Región: ya sea en puntos cruciales de las comunicaciones, o en territorios notoriamente privilegiados por las riquezas del suelo y el subsuelo. Algunas de las provincias árabes del extinto imperio turco-otomano se caracterizaron en tal sentido a partir de 1869 (con la apertura del canal de Suez) y de las primeras concesiones extractivas de petróleo que obtuvieron las potencias anglosajonas en Irán (1927) y en Arabia Saudí (1933).

Sin necesidad de escudarse en los apologetas de la codicia, basta arrojar, simplemente, una mirada histórica atenta a la pugna tenaz que han sostenido entre sí mismas las potencias cristianas durante la era industrial avanzada, por obtener ventajas comparativas (energéticas o geopolíticas en los tres países cruciales de Oriente Medio (Egipto, Iraq y Arabia Saudí), para entender con plenitud de sentido cómo la razón geopolítica, viaria y energética ha determinado el curso de la historia moderna y del mundo árabe; y, por añadidura, de la Turquía republicana -puente entre continentes- y del Irán anterior y posterior a la revolución de 1979.

No sería justo no incluir en la nómina de las potencias cristianas, invasoras reiteradas de la región aquí sub iudice, a los francos, germanos y a los súbditos de la vieja Rusia -ayer envuelta en su disfraz soviético, hoy obediente al régimen que encarna cumplidamente Putin. Ni entonces, ni ahora, los dos estrechos del Bósforo y de los Dardanelos han sido ajenos a las directrices expansionistas de San Petersburgo o Moscú. El reparto occidental de papeles en juego en el teatro de un Oriente musulmán próximo, pero carcomido desde dentro por la insolidaridad inter-árabe y mediatizado por los estados mayores de las potencias grandes y medianas es un fenómeno histórico que se viene reeditando en el ámbito del Oriente musulmán desde que el zar Nicolás I y el embajador de Gran Bretaña en Rusia, lord Halifax, se aplicaron a buscar fórmulas resolutivas para hacer de la capa del sultán otomano un sayo de rentabilidad vitalicia. Las interferencias del hemisferio occidental euro-americano y de la vieja Rusia en la Región fueron incentivadoras de peligrosas rivalidades internacionales, que están lejos de haberse extinguido.

Víctor Morales Lezcano

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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