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El triunfo y la derrota, esos dos impostores

Alejandro San Francisco
lunes 09 de septiembre de 2013, 20:01h
Recuerdo cuando hace muchos años mi papá nos llamó a sus cuatro hijos a una especie de reunión algo distinta a las tradicionales. Tenía un recorte de diario en sus manos y pasó a leernos el Si, de Rudyard Kipling (1865-1936), que había aparecido traducido en un periódico chileno. En una de sus partes más dramáticas decía:

Si la obra de tu vida puedes ver destrozada
y sin decir palabra volver a comenzarla.

El poema del escritor británico, Premio Nobel de Literatura en 1907, se refiere a un padre que le daba una serie de consejos sencillos a su hijo, ilustrándole que si hacía ciertas cosas, se iba a ir convirtiendo finalmente en hombre, en una especie de programa de formación moral con ejemplos concretos: "si puedes esperar sin cansarte en la espera", "si puedes ser pueblo y dar consejo a los reyes", "si crees en ti mismo cuando dudan de ti", "y sintiéndote odiado sin odiar a tu vez", y así otros tantos versos.

Yo no debo haber tenido más de doce o trece años y esa lectura, como tantos sucesos en la vida familiar, me marcó profundamente, porque en alguna medida se constituían en un verdadero programa de vida, explicado de manera poética. Después de décadas sigue siendo uno de mis poemas favoritos, leido también en el inglérs original y en varias traducciones, más o menos convincentes según el caso. Uno de los versos más complejos en el mundo exitista en el que nos ha correspondido vivir:, se desenvuelve como una aparición que conviene tener siempre en la cabeza:

Si puedes conocer con el triunfo y la derrota
y tratas de igual manera a esos dos impostores.

Dos acotecimientos del fin de semana me han traido de vuelta a este tema del triunfo y la derrota. El primero es la fallida tercera postulación de Madrid a ser sede de los Juegos Olímplicos del 2020, cuando se esperaba que esta ver sí sería exitosa la candidatura. El segundo, es la lectura de una novela de Tomás Eloy Martínez, en el cual aparece un personaje conversando con dos mujeres, una de las cuales prorrumpe en llanto. Consultada por la razón de ello, dice que su vida ha sido un completo fracaso.

Efectivamente la vida está llena de estas dicotomías. Uno de los momentos culminantes en las democracias es la elección de gobernante cada cierto tiempo, que tiene ganadores y perdedores, unos celebran y otros sufren, tanto en los candidatos como en sus seguidores; para qué decir las guerras, que están llenas de "héroes" y logros, así como también de derrotas penosas y a veces permanentes (sin perjuicio de que en las guerras todos pierden); en las grandes finales deportivas algunos levantan la Copa mientras otros caen literalmente en el llanto y el vacío. En los estudios y el trabajo se repiten casi mecánicamente logros y derrotas (una buena o mala calificación, un ascenso, un despido); la educación de los hijos y de los jóvenes en general exige la formación adecuada del carácter y las virtudes para saber convivir con esos dos actores -los "impostores" de Kipling- que aparecen y desaparecen de nuestras vidas cada vez que acometemos alguna tarea. De esta manera podremos acercarnos a aceptar las victorias con humildad y sentido de servicio, así como las derrotas con fortaleza y ánimo de superación, sin suponer que ni la una ni la otra puedan ser permanentes.

No es posible vivir pegados en un fracaso pasajero, pero tampoco es aceptable fijar el éxito como medida de las cosas. Ante las caídas es necesario huir de dos extremos peligrosos. El primero es el abatimiento moral, la incapacidad de salir adelante, creer que no podemos mejorar y que estamos condenados a hundirnos, mientras el pesimismo se apodera de nosotros. Ahí debemos recordar esa sabia frase que se atribuye a Mandela, cuando habla de que la mayor gloria no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre. Una segunda actitud negativa podría ser la indiferencia: en realidad da lo mismo ganar o perder, el éxito y el fracaso humano, hacer bien o mal el trabajo. Por el contrario, debemos aspirar a hacer bien las cosas, incluso a obtener logros humanos legítimos, aunque en algunas ocasiones fallemos en el intento.

En este caso el error sería poner el éxito como meta y medida del valor de lo realizado. El dinero, el poder, la victoria, la popularidad o todas las posibilidades de reconocimiento que presenta la vida no son la justa medida de las cosas, sino simplemente una posibilidad entre varias, que debe estar supeditada a los medios adecuados que se utilicen y a la convicción de que tanto la fama como el éxito son efímeros y que conviene ser medido por otras cuestiones más profundas que por el brillo a veces mentiroso y siempre pasajero de la victoria terrenal.

Quizá tenía razón Gandhi cuando decía que "la alegría está en la lucha, en el esfuerzo que supone la lucha, y no en la victoria misma". O volviendo a Kipling, ante la incertidumbre de los resultados de nuestras propias acciones, solo nos corresponde "llenar el minuto implacable con sesenta minutos de trabajo incesante".

Después de todo, en los años que nos queden de vida, pasarán por nuestro lado éxitos y fracasos; logros que merecerán la alegría de nuestros amigos y quizá la adulación de algunos oportunistas; fracasos en los que tendremos la mano generosa de nuestros familiares y esos pocos amigos que siempre permanecen, mientras los otros desaparecen como por arte de magia.

No está ni en la victorias ni en la derrotas pasajeras la verdadera felicidad ni tampoco la medición de lo que ha de ser nuestra vida. Triunfo y derrota no deben ser nuestro parámetro existencial. Fijar ahí nuestra meta es equivocar medio a medio el sentido de la existencia, que debiera avanzar hacia otras alternativas cruciales más relevantes, como bien y mal, heroísmo y mediocridad, salvación y condenación, laboriosidad y pereza, entrega y egoísmo. Corresponde por eso recordar esas palabras proféticas de Sócrates poco antes de encaminarse a la muerte, cuando decía que nuestra mayor liberación consiste no en amordazar a los hombres, sino en hacer de nosotros mismos el mejor hombre posible.
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