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Cataluña encadenada

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 11 de septiembre de 2013, 21:36h
La calle como espacio para medir las reivindicaciones políticas siempre es espectacular, pero también decepcionante. Ayer, sin ir más lejos, en Cataluña se montó un gran show con quizá cuatrocientos mil figurantes. Un seis por ciento aproximadamente de la población de la Comunidad Autónoma y menos del uno por ciento de la población española. Muchos, si se mide en planos televisivos, y más bien poquitos en términos democráticos: sólo el PP de Cataluña, que no está precisamente sobrado de votos, sacó setecientos mil, por lo que si los votantes de Alicia Sánchez Camacho se hubieran unido en una cadena humana habrían llegado sobradamente a la Puerta del Sol.

Si tenemos en cuenta el despliegue propagandístico, es difícil pensar que algún militante independentista haya podido pensar siquiera en quedarse en casa, porque eso le hubiera quitado el cartel de catalán, lo que es muy peligroso en una sociedad que el oficialismo gobernante pretende de pensamiento único. Con la Tierra Prometida ahí al lado, no estar ahí, encadenados a sus instintos patrióticos, sería imperdonable, porque no se podría contar a los nietos. Luego estaban todos los que eran. Muchos menos que los propios votantes de CiU, que parece ser que tampoco son todos independentistas.

Y si eran cuatrocientos mil, y el año pasado los mismos nacionalistas contaron un millón y medio en las calles de Barcelona, habrá que concluir que o esa cifra estaba hinchada, para mayor honra de la hipérbole nacionalista, o que más de un millón ha perdido fe en la causa. Lo que es cierto, esto último, no sé si en esa u otra cifra porque al menos uno, Duran y Lleida, se ha ido de viaje, y unos cuantos más, esos empresarios que creían el año pasado que iban a pedir un pacto fiscal y se encontraron con que la propaganda les convirtió en independentistas, tampoco están para más cadenas que las que suponen los impuestos.

Y puestos a hablar de cifras, si en vez de manifestarse los cuatrocientos mil, cada uno de ellos hubiera puesto diez mil euros por la patria, que no es mucho pedir para tan alta empresa como es el Gran Estado de la Cataluña Europea, pues hubieran liquidado la deuda de cuarenta mil millones de euros que tiene el señor Mas, y que desgraciadamente está avalada por todos y cada uno de los españoles. Pero una cosa es el ideal, y otra quién lo paga. Y, de hecho, de forma directa o indirecta, todos los españoles y, sobre todo, todos los catalanes, les hemos pagado la fiesta a los independentistas, porque son pesados pero, fundamentalmente carísimos. Y, además, por mucho ruido que hagan y por muy alto que griten, siempre son los mismos protagonistas del idealismo subvencionado, de la épica sin riesgo.

Todos esos son números y cuentas, pero también es lo secundario. Lo importante es que un grupo de personas, invocando a la libertad propia asesinan la libertad ajena. Ocupando las calles impiden que otros paseen. Utilizando unos símbolos, se los quitan a sus vecinos. Apelando a la pureza de sangre patriótica condenan al ostracismo a los impuros. Comparándose con los negros de Martin Luther King, establecen el apartheid para los nuevos negros catalanes, los no nacionalistas.

No discutiré su peligro, de no ser porque me tranquiliza su cobardía. Todo su sueño está en la cesión de otros sin conquista propia. En la renuncia de sus adversarios a la ley y a la historia para que les pongan la alfombra roja o, dicho más bruscamente, para que les pongan la cama, la toalla y el bidé. Y eso, señores Mas y Junqueras, parece mucho pedir, aunque están en su derecho a hacerlo. Yo también reclamo que la iluminación mesiánica desaparezca de la política, pero tampoco lo consigo.

En realidad, toda esta escenografía está preparada para que se dé por hecho lo que no está hecho, ni se espera que lo esté. Y si ahora los nacionalistas tienen prisa por acelerar el proceso independentista no es por otra cosa que su propia inseguridad. Porque saben, y así lo reconocen en privado importantes dirigentes, que el independentismo producido por el adoctrinamiento nacionalista es significativo, pero no demasiado grande, pero a él se ha sumado artificialmente el causado por la crisis económica y por la propaganda sobre el robo a Cataluña.

Frente a muchas opiniones que reclaman enérgicas respuestas, estoy por la paciencia y por largar la soga para que sean los propios nacionalistas quienes se ahorquen. Porque no hace falta esgrimir la ley, mientras ésta exista. Y, sin mencionar ni legalidad ni Constitución, los nacionalistas saben que ahí está, insoslayable. Salvo, claro, por la vía de la insurrección violenta, pero Mas ya nos ha tranquilizado: se quieren ir sin utilizar las bayonetas.

Gracias, por tanto, porque quieren vencer sin arriesgar, porque quieren que los demás asuman una derrota y encima la paguen. Es muy enternecedor. Y es comprensible que mucha gente se emocione mucho, porque eso forma parte de la psicología de masas, ésa que genera tal ilusión que impide detectar el peligro del totalitarismo, la amenaza de confrontación, el camino a la pobreza. Aunque no tanto como para que los nacionalistas no sean prudentes, porque aquí todo el mundo quiere ser Juana de Arco, pero a ninguno le apetece la hoguera.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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