En Gran Bretaña continúa lloviendo
jueves 12 de septiembre de 2013, 19:05h
Es un hecho incontestable que los británicos no inventaron el riego automático, ni idearon el riego por goteo ni el llamado por aspersión. Si acaso compusieron el paraguas, agregando al parasol oriental la espada del duque de York. Pero su gran aportación, al menos así ha pasado a las Enciclopedias, ha sido la invención de los calentadores de los trigales, propuesta imprescindible para que llegaran a amarillear las espigas ante la notoria insuficiencia del sol en la Pérfida Albión, incluso en agosto.
Los romanos aguantaron poco tiempo en Britania pues los legionarios empapados estaban de baja con demasiada frecuencia por unos catarros que se convirtieron en crónicos. La Armada de Felipe II ni siquiera llegó al puerto de Londres, aniquilada no por ningún almirante valeroso sino por la incesante lluvia (“running cats and dogs”, dicen en su lengua, y el por qué emplean esta expresión no deja espacio a la duda; allí hay sobreabundancia de gatos y perros).
Es cierto que algún día no llueve ni siquiera en Edimburgo, pero no se crean. Es únicamente por fastidiar y que los ilusos se dejen en casa la gabardina (pura creación british) y se calen hasta la ropa interior (algunos de hecho la llevan de goretex).
Algún mal pensado, tal vez un enemigo de la civilización occidental de la que aseguran Gran Bretaña es la madre, ha elucubrado sobre el hecho de que fue en aquellos andurriales donde Noé instaló su arca para protegerse de la lluvia, pero olvida que tras sus cuarenta días, y sus noches, alumbró el sol, lo que significa que el arca cambió de ubicación.
Los británicos viajan en masa a conocer este astro a Alicante, a Málaga o a Tenerife, convertidos en acogedores secaderos de anglosajones de palidez lechosa que se transforman en tomates a juego con su cabello rojizo.
No son, pues, difíciles de distinguir a lo lejos, más aún por esos ropajes estampados multicolores repletos de encajes y aderezados de volantes de formas imposibles, que deben ser de venta exclusiva en sus almacenes. Dice Javier Marías, serio aspirante al Nobel a mi juicio, que a los españoles se nos identifica por el corte de los pantalones. Lo afirma el políglota protagonista de “Corazón tan blanco”. No seré yo quien le lleve la contraria, pero no tendrá dificultad el novelista en convenir conmigo que es mucho más sencillo atisbar, y desde muy lejos, un sombrero y saber que debajo se encuentra la reina británica.
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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