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El síndrome de Bagdad

Víctor Morales Lezcano
jueves 12 de septiembre de 2013, 19:08h
Mieke Eoyang, miembro del think-tank “La tercera vía” con sede en Washington, D. C., comentó recientemente que “Estados Unidos no es apropiado para resolver las implosiones políticas de otros países”. Lo que podría sonar arriesgado -cuando no gratuito- ha adquirido en este fin de verano el valor de una puntualización verificable en la nueva (¿o enésima?) crisis política con que se viene enfrentando Estados Unidos en el norte de África (Libia y Egipto) y en Oriente Medio (Iraq y Siria) durante año y medio escaso. Lo que es más, estando dotado el país de una retaguardia civil del presidente Obama de carácter dialogante y nada belicista, integrada por Samantha Power (embajadora de Estados Unidos en la ONU), Susan E. Rice (consejera de Seguridad) y John Kerry (secretario de Estado). No obstante, se trata de conflictos abiertos (Siria) o latentes (Irán) a los que se enfrenta la West Wing de la Casa Blanca en el Oriente musulmán, y que alcanzan hasta Afganistán, por si no bastaran los localizados en Oriente Medio desde que se declaró la guerra al gobierno de Bagdad en 2003. Sinceramente, es este punto de un pasado reciente el que se impone con toda crudeza a partir del 21 de agosto próximo pasado. Es decir, cuando un presunto uso indiscriminado de gases tóxicos en los alrededores de Damasco causa la muerte de 1.400 víctimas, y cientos de ciudadanos lesionados en un “ensayo” de exterminio terrorífico.
Desde el momento en que el gobierno de Bashar al-Assad aparece señalado como el verdugo responsable de un exterminio masivo en el seno de su propio país, Barack Obama, secundado por su secretario de Estado, desempolva la línea roja vulnerada por Damasco y lanza el órdago de un inminente ataque (no guerra) ¿disuasorio?, ¿punitivo?, ¿ejemplarizante? contra Siria. La segunda cuestión de Oriente reaparece con uno de sus picos de crisis diplomática y política marcado. Crisis que desencadena el efecto-llamada en un puñado de potencias medio-orientales y en otro grueso de potencias geográficamente externas al escenario de marras. Hasta aquí, como hemos descrito en nuestra última columna de opinión en El Imparcial, no destaca nada nuevo bajo el sol de Occidente, que brilla cegador sobre el Oriente musulmán desde hace un siglo.

Novedad, sin embargo, la hay. A partir del 22 de agosto las potencias tácita o expresamente aliadas de Siria -con Rusia e Irán en cabeza de fila- insinúan e incluso amenazan con no dar por lícito el ataque punitivo contra el actor díscolo de la trama, hasta que las correspondientes verificaciones técnicas y el espaldarazo de Naciones Unidas proporcionen un mínimo de respaldo a la causa general abierta contra el régimen de Assad.

A partir del 22 de agosto, se empiezan a trenzar, por tanto, las redes internacionales en las que se irán viendo atrapadas las naciones que denuncian la atrocidad de la matanza llevada a cabo en los alrededores de Damasco. Pero he ahí que el parlamento británico se niega a aceptar, de entrada, la propuesta “aliancista” de David Cameron el día 26. Y aunque el presidente Hollande se precipita en secundar la iniciativa con la que Obama ha testado los entresijos de la escena internacional, un retraimiento generalizado por parte de numerosos miembros de Naciones Unidas y de la Unión Europea desinfla el globo-sonda lanzado con excesivo fervor por John Kerry en sus desplazamientos permanentes. La preocupación internacional no hace sino aumentar -alcanzando momentos de hipertensión diplomática- en la cumbre del G-20, celebrada el pasado fin de semana en San Petersburgo.

La suerte del casus belli, sin embargo, no está todavía echada. Llueven mientras las propuestas y llamamientos a la resolución de la crisis por vía política, con Ban Ki-moon y el Pontificado en calidad de autoridades morales -emisoras y receptoras de ámbito mundial-. Obama mismo opta por recabar el respaldo del Congreso, objetivo arduo, como veremos, sin duda, a lo largo de las semanas venideras, mientras que Putin maquina fórmulas de “distensión” con su astucia y amoralidad habituales. Las potencias medio-orientales, por su parte, prosiguen con ahínco la tónica cainita -dentro de la fracturada Siria- que las viene caracterizando secularmente: Arabia Saudí versus Irán, Irán versus Arabí Saudí, con un Egipto convaleciente del último golpe de estado, y, por ende, impotente para pronunciarse en cualquiera de los sentidos. La Liga de Estados Árabes, por su cuenta, yace en la inoperancia de siempre, cuando sería la voz llamada a encarar la crisis con determinación y a protagonizar con entereza la solución interna que reclama a voces el pueblo sirio.

La segunda cuestión de Oriente vuelve a reeditarse, lector, con toda su capacidad de amenaza peligrosa por las consecuencias inmediatas, y dilatadas, que encierra potencialmente; aunque pueda, también, sorprendernos con una formulación provisional de apaciguamiento, de cortafuegos, al menos. ¿Cuál es allí y ahora el factor determinante de esta crisis?

Desde nuestro ángulo de percepción, la novedad de la crisis actual es identificable con el síndrome de Bagdad. Es decir, la guerra que Estados Unidos y sus aliados hicieron en Iraq, en principio contra el régimen de Sadam Hussein, ha venido a planear sobre las conciencias de millones de ciudadanos -particularmente, europeos y americanos- al contemplar en la distancia de “hace diez años” los abultados costes económicos y humanos de una guerra de dudosa legitimidad que no ha hecho sino acentuar los achaques crónicos en Oriente Medio, y que ha demostrado no ser la panacea que presagiaba Estados Unidos. El temor a que algo parecido pudiera evidenciarse en el caso de Siria está actuando como mecanismo de inhibición institucional. Véase, sin ir más lejos, el caso del parlamento en Westminster, la división interna en Capitol Hill, el divorcio entre la presidencia de la república y la opinión pública en Francia. Se trata de un mecanismo de inhibición popular, además de institucional, que contempla con recelo la trama de l´affaire Siria 2013.

A la luz de esta breve narrativa -incompleta por imperativo editorial- los universitarios habrán de tomarse en serio, de ahora en adelante, las farragosas lecciones de manual que explican y describen una saga histórica llamada la cuestión de Oriente, con un apéndice actualizado de sus reediciones sucesivas.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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