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La tentación del apaciguamiento

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 16 de septiembre de 2013, 18:38h
Pensar y proclamar que el problema que plantean los soberanistas/secesionistas catalanes se resuelve echando mano de esa palabra mágica, diálogo, es una muestra de buena voluntad, pero no deja de ser una simpleza que, por sí misma, no va a conducir a ninguna solución razonable. Aquí no vale ese enfoque que se utiliza en el mundo de los negocios y, a veces también en las relaciones internacionales, que se concreta en la frase “lleguemos a un acuerdo que sea beneficioso para ambas partes”. Tal y como está planteado, tal y como lo han planteado los nacionalistas que encabezan Mas y sus socios de ERC, la salida del contencioso sólo puede concluir en perjuicio y frustración de una de las partes y, muy probablemente, de las dos. Ese hipotético diálogo no tiene el menor sentido porque carece de un marco válido y aceptado por ambas partes. Para el Estado, está claro que ese marco que no se puede traspasar es la Constitución, pero los nacionalistas lo que pretenden, precisamente, es romper ese marco porque sus pretensiones no caben en él. Lo sabe todo el mundo y hacer como que se ignora son ganas de perder el tiempo y, con toda seguridad, enconar aún más el problema.

Los socialistas, a juzgar por lo que dicen a los medios sus responsables nacionales y catalanes, entienden que la solución sería ceder a las exigencias soberanistas y darles algo, o bastante, de lo que piden: más competencias, más dinero e, incluso, un marco constitucional nuevo que haga de Cataluña una comunidad autónoma distinta y diferenciada de las demás. Están pensando en una España confederal en la que habría una Cataluña soberana unida por débiles lazos (o los no tan débiles de un mercado cautivo) a una España con sus comunidades autónomas “de segunda”, muy por debajo del nivel que se habría asignado a Cataluña. Una falsa solución, que estallaría por los aires en cuanto otras comunidades autónomas –la primera, obviamente, el País Vasco- exigieran el mismos estatus que Cataluña. El agravio comparativo haría insostenible la situación y no podría descartarse que España –o lo que quedase de ella- entrase en un imparable proceso de yugoslavización.

La tentación del apaciguamiento, la idea de que ceder parcialmente a las exigencias injustificadas puede resolver un problema, es siempre una falsa solución, según enseña no solo la historia sino el más elemental sentido común. Cuando alguien que tiene 5 aspira a tener 10, pensar que se va quedar satisfecho dándole 7 u 8, es una necedad que raya en la estulticia. Los que están dispuestos a darles a los nacionalistas casi todo, salvo, claro, la independencia, cometen este error. Los nacionalistas –y con ellos esa parte, sin duda muy importante de la población catalana, a la que han tomado como rehén- aceptarán de buen grado lo que se les dé. Y hasta es posible –aunque lo dudo, porque estiman que se les debe- que den las gracias. Pero no renunciarán a su objetivo último que, lo han dicho, bien claro es “un nuevo Estado en Europa”. Con la garantía, desde luego, de que el mercado español no se les cierre, porque si no, no salen los números.

Aunque se trata de casos que nada tienen que ver entre sí y no quiero hacer comparaciones de fondo, sino sólo de método, es como la idea zapateril-moratiniana de incluir a Gibraltar en un Foro Trilateral, poniéndolo en pie de igualdad con España y el Reino Unido y regalándole no sé cuántos miles de líneas telefónicas y otras lindas concesiones. Parecer ser que pensaban que “portarse bien” con los llanitos y dialogar con ellos mucho y a todas horas iba a provocarles un irrefrenable impulso de convertirse en ciudadanos españoles. Pero esas cesiones –siempre sin contrapartidas- sólo han provocado un recrudecimiento de sus “soberanas” pretensiones que tienen como símbolo bochornoso los bloques de hormigón. Al pasar de Caruana a Picardo, hemos ido de mal en peor. Lo mismo que nos ha sucedido al pasar de Pujol primero y del tripartito después al tándem Mas-Junqueras.

El problema catalán se ha enconado desde el propio periodo constituyente porque en aquellos Gobiernos del Estado faltó una estrategia para tratar con los nacionalistas, ya que sus pretensiones –que son su razón de ser- eran bien patentes desde el principio, aunque inicialmente tratasen de disimularlas. Hubo quien quiso hacer de la nueva España democrática una especie de Austria-Hungría, que todo el mundo sabe cómo terminó. Se cedió, sobrepasando todas las imaginables líneas rojas que nadie se había molestado en fijar, y se colaboró, ingenuamente, en el proceso de vaciamiento del Estado que era el objetivo oculto de los nacionalistas.

Se criticó mucho a Wert cuando dijo aquello de “españolizar” a los niños catalanes, pero nadie ha protestado, con suficiente fuerza, ante la patente “desespañolización” a que han sido sometidas varias generaciones de niños y jóvenes catalanes. Contra toda evidencia, se aceptó que el catalán era la única lengua “propia” de Cataluña y se puso en marcha el proceso de inmersión lingüística que ha suscitado la estupefacción de todos los expertos extranjeros que la conocen. Colegas de otros países so frotan los ojos cuando se enteran de que se multa a un comerciante catalán si rotula su tienda en español.

Nos hallamos, pues, ante un problema que no es nuevo y para el que ha faltado una política de Estado. Difícil de formular porque la izquierda –sobre todo desde la etapa zapateril- no ha colaborado porque duda de su propia identidad española y siente enormes escrúpulos de que se la pueda etiquetar como patriotera o españolista. Así hemos llegado a esta situación que no se puede arreglar con un diálogo, que solo sería un diálogo de sordos o, lo que sería peor, de besugos (que el DRAE define como “conversación sin coherencia lógica” y María Moliner como “aquel en que no hay relación lógica entre lo que dicen los interlocutores”).

¿Cuál sería la salida? En mi opinión se impone lo que podemos llamar la “fórmula Quebec”. El separatismo quebequense se desinfló en buena medida porque las instituciones del Estado canadiense, empezando por el Tribunal Supremo, informaron precisa y detalladamente de cuáles serían las consecuencias de un Quebec independiente. Todo el mundo se enteró de que “el nuevo Estado” quedaría automáticamente excluido de los tratados o alianzas de que formaba parte Canadá, especialmente el NAFTA, beneficioso tratado de libre comercio que une a Canadá, Estados Unidos y México. Quedó claro también que el mismo derecho de autodeterminación que reclamaba el gobierno quebequés podría ser ejercido por los municipios de la extensa provincia. Y una buena parte de los municipios próximos a la zona de Toronto dejaron claro que ellos querían seguir siendo canadienses y no quebequenses. Lo mismo hicieron los aborígenes del norte, los inuit o esquimales. Y también se precisó que todos los lazos del nuevo Estado con Canadá quedaban rotos, a salvo de futuras y, probablemente difíciles, negociaciones entre ambas parte.

Los catalanes no saben nada de esto, porque se les mantiene engañados, soportando un sistema político y mediático que, digan lo que quieran los nacionalistas, tiene evidentes rasgos totalitarios, empezando por el miedo, que atenaza hasta a los grandes empresarios. La otra noche vi en una televisión al presidente de una asociación independentista catalana que mantenía la tesis de que “todo seguirá igual” y hasta daba a entender que la Unión Europa recibiría al Estado catalán (l’Estat catalá, ¿pero no se acuerdan de Maciá y de Companys, de 1931 y 1934?) con los brazos abiertos. Ciertamente no es fácil hacer llegar a toda la sociedad catalana el sinsentido del secesionismo. Pero en este momento, esa es la gran empresa nacional, la gran responsabilidad histórica que ha recaído sobre esta generación y, por supuesto, incluyo a esa –creo- inmensa mayoría de catalanes que no ven ningún inconveniente en sentirse a la vez españoles y catalanes. Porque, como hemos dicho aquí alguna vez, Cataluña, antes de ser Cataluña, ya era Hispania.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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