¿Qué hacemos con la suerte de Iker Casillas?
miércoles 18 de septiembre de 2013, 20:29h
De la mala suerte nace la buena y viceversa. La vida es cíclica, sus distintas etapas suelen estar marcadas por algo tan incierto e invisible, tan inaprensible y discutido, como la suerte. La buena y la mala. Porque, al final, “la suerte no se detiene, y es péndulo que va y viene”. Por lo general, no nos gusta admitirlo, preferimos pensar en que todo lo que ocurre es como consecuencia directa de nuestros actos y decisiones. Al menos, mientras somos jóvenes, porque, después, por muy incrédulo que se empeñe en mostrarse uno con eso de la suerte y la enorme trascendencia que tiene en nuestra vida, es difícil seguir negando que, muchísimas veces, las cosas suceden o no con independencia de nuestra voluntad activa. A la suerte, en realidad, siempre la tratamos como si no fuera tan determinante pero, aún así, nos pasamos las horas nombrándola. Este martes, cuando Casillas se lesionó en el abarrotado campo del Galatasaray pocos minutos después de empezar el partido, la expresión más utilizada fue la de la mala suerte. El santo Iker, a quien hasta hace un año se le consideraba precisamente como ejemplo de tipo con buena suerte, de esos que, como dicen los italianos, parecen haber nacido “con una flor en el culo”, estaba señalado con el implacable dedo de la infortuna. Al día siguiente la prensa ya había bautizado a 2013 como el annus horribilis del cancerbero madrileño y algunos se llevaban las manos a la cabeza, aún perplejos, por tener que admitir que nadie es inmune a la suerte.
A veces la suerte, buena o mala, se instala en nuestros dominios durante un tiempo, es decir, a modo de racha y otras, sin embargo, parece cambiar de la noche a la mañana apareciéndose en forma de golpe, incluso, de batacazo. Tanto si es flor de un día como si se presenta vestida de temporada, hay que amoldarse a ella, aprovecharla si es buena; mantener el perfil bajo, cuando es mala. Nadie como Woody Allen ha hecho un retrato tan perfecto de la suerte como el que él consiguió en la cinta Match Point, un original símil entre la vida real y un partido de tenis. El resultado puede decidirlo el azar en cuestión de una fracción de segundo. La pelota se queda en suspenso y en ese preciso instante nadie puede adivinar de qué lado de la red acabará cayendo. No hay nada que los jugadores puedan intentar hacer, sólo aguantar la respiración, cruzar los dedos o rezar. Quizás, todo al mismo tiempo. Los humanos nos hemos negado por sistema a que pueda existir algo tan extraño e injusto en lo que, para colmo, parece que no podamos influir. Eppur si muove. Por eso, desde pequeños, nos cuelgan cruces y medallas, colocan estampitas del santo preferido de mamá debajo de nuestra almohada o nos enseñan a rezar cada noche para que todo siga bajo control por la mañana. Con la edad, muchos mantienen rituales o manías para espantar a la mala suerte, no se separan de sus amuletos o, simplemente, aprenden a no arriesgarse más allá de las fronteras del pequeño, pequeñísimo mundo, en el que creen manejar los hilos. Sin embargo, si la mala suerte tiene que llegar te encuentra aunque te hayas escondido debajo de la cama. “Cuando la suerte está mala, de adentro se resbala”. Si se trata de la buena, ya no está tan claro.
Lo peor, en todo caso, no es que haya etapas en la vida en las que los planetas parezcan alinearse para traernos disgustos, sino que para algunas personas, aquellas que han llegado muy alto en su profesión, la constatación de que el ciclo desafortunado se cierne sobre ellos vaya acompañada de la crítica general. No decimos “pobre”, sino “vaya gafe”. Retiramos la atención de quien parece haber perdido la magia. Supone el desprestigio, el rechazo, en definitiva, una gran injusticia hacia quien durante años nos ha hecho disfrutar con sus logros y cualidades. Precisamente cuando lo que necesitan es que el público les recuerde que estuvieron en lo más alto y que lo más seguro es que puedan volver a estarlo. Esta semana se han cumplido 36 años de la muerte de María Callas, la soprano que más emoción ha conseguido expresar con su garganta, y triste ejemplo de que, a pesar de ser quien fue una vez, o precisamente por ello, la gente no perdona tus faltas. Cuando la cantante regresó en 1961 a los escenarios después de la relación tormentosa que vivió con Onassis, su voz había perdido fuerza. Ya en el primer acto de Medea, personaje heroico que requiere energía así como gran control vocal y que nadie ha representado jamás como Callas, la audiencia empezó a abuchearla. No es complicado imaginar el dolor que sentiría una artista tan pasional como ella, pero precisamente con esa pasión, María Callas siguió con el papel que había sido suyo durante nueve años. En la escena en la que se enfrenta a Jason para que no la abandone por la hija del rey, la Callas se detuvo después de pronunciar el primer “crudell” – cruel -, para mirar fijamente a ese público que pitaba y dirigirle con intención su segundo “Crudell”. Una nueva pausa y comenzó, sin dejar de mirar al patio de butacas, a la platea y a los palcos mientras hacía un gesto de amenaza con el puño, la siguiente frase del libreto: “Ho dato tutto a te” – Todo te lo he dado a ti -. Por fortuna, el público comprendió, dejó sus protestas y la soprano recibió una clamorosa ovación después de caer el telón.
Siempre ha habido ultra racionalistas que insisten en negar a la suerte, la buena, como ingrediente esencial del éxito de cualquier persona. Es un gran debate, sin duda, pero existen infinidad de ejemplos de personas con indiscutible talento que no tuvieron el reconocimiento que merecían por sus obras hasta bastantes años después de haber muerto. Busquemos, por supuesto, el éxito en el talento pero es indudable el papel que juega la oportunidad, la suerte de estar en el lugar apropiado en el momento justo. Y, sobre todo, de dar con quien tiene en sus manos materializar ese éxito. Si no es así, ¿qué sentido tiene que el inventor del submarino muriese pobre después de haber renunciado a su sueño? Isaac Peral murió en Berlín a los 43 años, de cáncer de piel – mala suerte también que el barbero le cortase por accidente una verruga en la sien – y su invento estuvo mucho tiempo abandonado en Cádiz, bautizado gracias a esa sorna tan nuestra con los nombres de “el cacharro” o “el puro”. Después de su botadura, con éxito, el Gobierno canceló, sin embargo, el proyecto alegando que no pasaba de ser una curiosidad técnica sin mayor trascendencia. Los ingleses y los alemanes se apresuraron a copiarlo. Seguramente, si Peral hubiese tenido la suerte de nacer en otro país… Y eso, que no era de los que se dejan llevar por la decepción: años más tarde fundó una empresa para instalar alumbrado público en las ciudades. Pero tampoco tuvo mucha suerte. Un periódico aseguró que las farolas no eran un progreso, sino un peligro público: “Quien pasee por las calles tendrá tremendos encontronazos con los malditos palos”.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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