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Logroño, reserva espiritual del toro

domingo 22 de septiembre de 2013, 17:50h
No fue una corrida concurso.
Nada que ver con el escaparate del “ciclo de encaste minoritarios” de Las Ventas; lleno de nostalgia y baratito de coste para rellenar el periodo más deprimente de asistencia a la Monumental madrileña, un guiño al núcleo duro de sol y andanadas trufado de demagogia.
Tampoco se puede catalogar, visto lo visto, un “desafío” como se vendió. Y en el pecado han llevado una penitencia, un tanto exagerada, en los juicios de los medios afines al toreo convencional.

La corrida –de feria– de Logroño fue un escaparate del encaste que no hace mucho daba alicientes de variedad a La Fiesta: Albaserrada-Santa Coloma.
No hace tanto era tronco bravo por el que apostaban las figuras para salir de la comodidad y mostrar sus actitudes de toreros completos… y nada acomodados.

Hierros –al contrario que en Las Ventas- que están en los circuitos, sobre todo en Francia, no descatalogados, en general.
Ganaderías cortas, quizá por poca demanda del mercado, pero cuidadas por sus criadores sin ánimo de lucro y negocio, tan solo por amor al toro y convicción en el encaste: Escolar, La Quinta, Flor de Jara, Adolfo Martín, Ana Romero y Juan Luis Fraile.

Cierto que la corrida no terminó de “romper” bien por falta de fuerza o de casta “a tope”.
Bien porque había poco calor en los tendidos (media plaza), por la falta de atractivo del concurrido cartel o por la falta de pericia y oficio en algunos de los matadores, o el conservadurismo de otros, curiosamente los más avezados en este tipo de toros.

Pero el encierro, lógicamente dispar de todo, tuvo un fondo de lo que toda la vida fue el toro de lidia. Con sus complicaciones, irregularidades de comportamiento y cambios de ritmo: sentido, “orientándose”, un toro –mejor o peor- no una “babosa”.
Paradójico que los de La Quinta y Adolfo (Ureña y Adame) fueran los que menos lucieron su ADN.

Si se hacían las cosas bien y había quietud y aguante regalaban embestidas agradecidas para el lucimiento del espada. Si no se sufría.
Posiblemente la crítica, la gente y los propios toreros esperaban la “alimaña”, que como tal no salió. Cierto que ninguno se comió a nadie, y que a algún matador fue preconcebidamente a ello, a la guerra, con casco y fusil por capote y muleta. Luego está la historia de la lidia en los primeros tercios y la “desgracia” de varas.
No hubo “horror, terror y pavor”.
Quizá a todos los toros les faltó regularidad en los momentos de claridad o que se aprovecharan mejor, esos dientes de sierra, por sus lidiadores.
Virtudes y defectos, actitud y aptitud de quienes torean poco. Paco Ureña y Esaú Fernández (cortó la única oreja al “graciliano” de Fraile) mostraron que con fe todo es casi posible.
Las ráfagas de calidad de Nazaré y la versatilidad de Adame fueron el quiero y no puedo y el oficio de Bolívar o Pinar le sirvió para taparse pero evidenciar un discreto afloje en momentos en que había que tirar la moneda.
Y todos a echar la culpa al toro, menos Ureña y Esaú. Y los ganaderos, con humildad pero con retranca, pedir más a sus pupilos pero quejarse veladamente del cartel.

No puedo estar de acuerdo con mucho de lo escrito sobre el festejo “mateo” sin matizar o contextualizarlo. No quiero ser el más listo de la clase, el único que lleva el paso correcto en el desfile al contario que el resto de la tropa. Sí romper una lanza que hay ganaderías posibles para reverdecer los cimientos de la lidia como base para torear.
Al perro flaco todo se le vuelven pulgas.

El día anterior, la corrida de Vellosino (Manolo Sanromán-Antonio Arribas-Juan Pedro) fue simple y descastada hasta decir basta. Pastueña, “chochona”; eso sí.
Pero ¡ay amigo! Estaban en el ruedo la elegancia de Ponce –con el lote más desagradecido- y, sobre todo, la impronta artística impar de un Morante preñado de todo lo que comprende la torería y la capacidad técnica y artística de un Perera maduro en su tauromaquia que arrolla como lo hizo en el 2008 pero con más gusto, poso y serenidad.
Ahora saquen ustedes las conclusiones leyendo entre líneas.

Un apunte, una pista: las figuras son figuras por algo. Nadie les ha regalado nada y todo lo han conseguido por su actitud y aptitud para afrontar los mayores retos.
¿Sería bueno para la Fiesta que alguna vez convergieran el toro de toda la vida con la macicez de la figura contrastada?
Creo que sí. Un escaparate de un encaste “de toda la vida” con hierros inventariados en activo y lidiando, como el de Logroño, merece un esfuerzo.
Una vez, o dos, al año no hace daño… todo lo contrario podría ser (a final de temporada) la “final six” del ejercicio.

Ya dice el refrán “con buena verga bien se copula”, o en castizo interruptus “con buena pi…bien se jo…”. Los toreros… y los ganaderos también.

Pedro J. Cáceres

Crítico taurino y Periodista

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