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Pedofilia sececionista

domingo 22 de septiembre de 2013, 19:12h
La interiorización y expresión de actitudes y nociones ideológicas y políticas por parte de niños y adolescentes no es más que una de las facetas de su proceso de socialización, en virtud del cual adquieren la cultura política de su grupo y asumen criterios y convicciones que en muchos casos les acompañarán toda la vida. En las sociedades complejas y abiertas ése es un proceso en gran medida espontáneo en el que intervienen la familia, el sistema escolar y la enseñanza reglada, los grupos de referencia y los de iguales, entre otros. En sociedades así, los niños, futuros ciudadanos con derechos y obligaciones plenos, reciben estímulos diversos, asumen que hay otras formas de ver la realidad política y que son respetables si están dispuestas a respetar. En las sociedades de corte totalitario el proceso de adquisición es, en cambio, un proceso de adoctrinamiento, constrictivo, directamente conducido por el poder político, entre cuyos principales fines está la uniformización ideológica, la eliminación de la diferencia y la denigración del discrepante. Ni la psicología evolutiva ni la ciencia política empírica han ahondado mucho en los mecanismos de la socialización política infantil, y de lo que se dispone es, más que nada, de estudios descriptivos como los de Easton de hace medio siglo o los no mucho más recientes de Robert Coles. Pero el sentido común y la más elemental experiencia bastan para saber cómo, faltos de recursos críticos propios, pueden ser de influenciables los niños y puede inculcárseles cualquier cosa. De ahí, con vistas a su futura libertad ciudadana, la importancia de que estén en contacto con puntos de vista y actitudes plurales, con ideas fidedignas y no adulteradas.

La tradición teórica totalitaria, desde el pensamiento utópico premoderno a Saint-Just y el socialismo utópico, concedió siempre mucha importancia a la educación infantil como proceso de modelación ideológica centralizado y concienzudo, en el cual los niños habrían de sustraerse a la influencia familiar y tratarse como propiedad del grupo. Las experiencias totalitarias del siglo XX, el nacionalsocialismo y el comunismo, hicieron mucho en esa línea, empezando con el encuadramiento político desde la infancia en organizaciones específicas. Por más familiaridad que con ellas tuve en otro tiempo, no he sido capaz de localizar en las obras de Lenin esa afirmación que se le atribuye de “dejadme los niños unos años y no habrá quien arranque lo que siembre”, pero el sentido al que responde está por doquier en muchos de sus escritos y, sobre todo, en la política educativa soviética. Una política en gran parte diseñada y dirigida por la propia mujer de Lenin, Krupskaya, responsable del comisariado de educación en los años más infaustos del estalinismo, e impulsora de las organizaciones de pineros y el Konsomol para, dejó escrito, virilizar e inculcar a los niños la disposición a la lucha de clases. La siniestra historia del héroe infantil Pavlik Morozov, asesinado por sus parientes tras haber denunciado al partido las tendencias antisoviéticas de su padre, pudo haber sido, como parece, un montaje de la propaganda estalinista, pero su exaltación en monumentos sembrados por toda Rusia y en todo local y publicación del Konsomol, ilustra sobre qué es lo que se esperaba de la lealtad a la patria del proletariado por parte del buen niño soviético.

La variante del totalitarismo que son los nacionalismos etnicistas no puede dejar de ajustarse a ese patrón en el que del lavado de cerebros infantiles se esperan los esplendores del mañana. Para su lógica es imperativa la modelación del niño y del joven como patriota y no precisamente como individuo libre, como espécimen de la identidad colectiva y no como personalidad particular, como feligrés del culto a la tribu antes que a cualquier principio. Por supuesto, sofocar todo asomo de sentimiento de pertenencia a la etnia enemiga que la fantasía de esos nacionalismos tiene que forjar para dar vida a la propia. Que no por inicuo e insensato el mecanismo deja de funcionar, lo han visto con asombro y hasta alarma muchos tras la exhibición de fanatismo infantil que tan sin pudor ha aireado el secesionismo catalanista con ocasión de sus últimas celebraciones patronales. Sorpresa, desde luego, sólo para quienes no hayan estado al tanto de cómo se ha llegado hasta aquí, o no hayan querido verlo. No es la primera vez que los niños centran los reclamos publicitarios del catalanismo ni que se muestran los efectos del adoctrinamiento matuteado como aprendizaje escolar. Por supuesto, eso no está desligado de la brutal erradicación de la lengua común, contra la lógica y el derecho, de las escuelas de Cataluña que con tanta contumacia allí se ha sostenido. Una herramienta más, y de las principales, en el proceso de perversión de la identidad de niños y jóvenes para satisfacción de las obsesiones de algunos adultos. Una especie de pedofilia ideológica.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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