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50 años del fin de Camelot

Alfonso Cuenca Miranda
domingo 22 de septiembre de 2013, 19:14h
En la pradera de Runnymeade, donde los barones ingleses obligaron al rey Juan a firmar la Carta Magna, se erige hoy un memorial en honor de John Fitzgerald Kennedy. El que en el lugar en donde comenzara su andadura el constitucionalismo haya un espacio para un heredero de la Biblia del sistema de libertades anglosajón es una muestra de la trascendencia del malogrado trigesimoquinto Presidente de los Estados Unidos de América. Cuando en dicho país han comenzado los actos conmemorativos de los 50 años de su asesinato resulta oportuno recordar la figura de quien tanto entusiasmo provocara en vida y tanta desesperanza con su muerte.

Aunque, como sucede con los grandes personajes de la Historia, sea algo artificioso realizar dicha separación, cabría distinguir, a efectos meramente expositivos, el Kennedy hombre y el Kennedy político. El Kennedy más íntimo, como todo ser humano, se nos aparece hoy con numerosas luces, pero también con zonas sombrías. Al igual que su némesis Richard Nixon (éste quizás era el único punto que les unía) tenía una personalidad compleja (aunque por causas bien distintas). La enfermedad, el dolor físico y la propia cercanía de la muerte (hasta en cuatro ocasiones recibió Kennedy la extremaunción) marcaron, sin duda, un carácter cincelado y atormentado por esa misteriosa (y a la vez tan profundamente humana) experiencia que es el dolor (Kennedy pasó por largas convalecencias en su juventud y el sufrimiento físico nunca desapareció de su vida).

De otro lado, su particularísimo ambiente familiar sería el otro factor descollante en la forja del carácter del futuro Presidente. La opulencia del mismo no impidió que estuvieran ausentes las tensiones e, incluso,los traumas. La influencia de su padre sobre Kennedy ha sido archievocada, con aspectos como la prohibición de hablar de otro tema que no fuera política en la mesa familiar (formidable Academia para la posterior vida pública), hasta su compleja relación con un John que se difuminaba a los ojos de un padre cuyas energías y afecto se volcaron siempre con el primogénito Joe. La relación de Kennedy con este último también distó de ser sencilla, pues, junto a unos más que comprensibles celos (por causa paterna, como se ha dicho), John admiraba a su hermano mayor por encima de a cualquier otra persona. La muerte de éste mientras luchaba como piloto en la Segunda Guerra Mundial elevaría a categoría de mito el recuerdo de su hermano, siempre muy presente hasta el final de sus días.

Precisamente, la experiencia del sufrimiento físico y emocional ayudan a explicar otro rasgo destacado de nuestra figura: su valor. En unos tiempos como los actuales en que dicha palabra parece haberse desterrado de los “manuales” de praxis política (e incluso humanos), bien está subrayar esa virtud, presente en Kennedy como en pocos otros hombres. Valor como ser humano, como soldado y como líder. Destaca sobremanera el segundo de los mencionados ámbitos, debido a su condición de auténtico héroe de guerra, protagonizando un agónico rescate de sus compañeros de lancha heridos por un destructor japonés. Un último y controvertido aspecto termina de perfilar su personalidad, aunque tampoco cabe sobredimensionar el mismo. Los estudios más recientes dibujan a un Kennedy amante del bello sexo por encima de los parámetros que pueden calificarse como ordinarios (si ello es posible). Quizás una muestra más de esa huida hacia adelante (marcada por el sufrimiento) que fue toda su vida.

El Kennedy político brilla con luz propia en la Historia contemporánea. Pocos mandatarios como él han excitado y galvanizado las energías colectivas de un pueblo y, más allá de éste, incluso de una gran parte del planeta. Y ello acompañado (lo que es más insólito aún) de una gran determinación y conocimiento del terreno de juego y de sus límites, por lo que su apelación al entusiasmo estuvo exenta del más mínimo atisbo de ingenuidad. De ahí su mérito. Con todo, su actuación política no careció de evidentes contradicciones, por lo demás inevitables en toda obra humana, lo que incluso contribuyea subrayar aún más sus aciertos.

En política interior destacan dos grandes líneas. De un lado, el relanzamiento de una economía que bajo la administración Eisenhower no había explotado todo su potencial. Kennedy aprobaría los primeros presupuestos deficitarios en tiempos de paz y de bonanza económica de la historia estadounidense, si bien (algo que no es muy conocido) acompañados de una importante bajada de impuestos. De otra parte, una agenda política de corte social de cara a lograr de una manera definitiva la completa vertebración de la unión americana. Así, su férreo compromiso con los derechos civiles fue una de sus más brillantes consecuciones, a lo que hay que unir su proyectada reforma de la tradicional política inmigratoria.

Es en su política exterior en donde las contradicciones apuntadas anteriormente se manifiestan con mayor claridad. De este modo, actuaciones dignas de los períodos de mayor intervencionismo estadounidense (bahía de Cochinos, derrocamiento del régimen iraquí, escalada en la involucración en Vietnam) se combinan con una política que respondía en gran medida al ideal de la Paz Perpetua kantiana con hitos reseñables como la Alianza para el Progreso en América latina o el Tratado de prohibición y limitación de pruebas nucleares. Con todo, esto último no fue incompatible con una profunda determinación y firmeza (algo que aparentemente se echa en falta en Washington en estos días) ante lo que consideraba las líneas rojas infranqueables (su tesis doctoral se centró en los errores de la política británica de apaciguamiento que condujo a la Segunda Guerra Mundial). Berlín (“nunca tendremos otro día como este”) y la crisis de los misiles en Cuba (resuelta con gran habilidad) son ejemplos claros de ello.

Se ha querido ver en los dos Kennedy unos Graco contemporáneos, que pagaron con sus vidas sus proyectos pretendidamente revolucionarios. Admitiendo la belleza de la comparativa histórica (con mayor fundamento en su aplicación a un Robert transformado a raíz del asesinato de su hermano), así como los indudables puntos oscuros del magnicidio de Dallas, no cabe exagerar la dimensión revolucionaria de la Nueva Frontera, pues, en su mayor parte, no hacía sino profundizar en sendas abiertas con anterioridad. Por otro lado, sorprende todavía hoy la madurez con la que la sociedad norteamericana digirió la terrible noticia y sus consecuencias, sin que existiera la más mínima expresión de violencia social o partidista, síntoma de la robustez de un sistema que, con sus imperfecciones, se ha revelado como uno de los más estables de cuantos han existido.

Los 1.000 días de Camelot no fueron un bonito sueño del que uno se despertara violentamente sin dejar huella alguna. Se ha afirmado que el 22 de noviembre de 1963 murió para siempre la esperanza, el sueño americano. En esta línea se sitúan aquellos que señalan que Kennedy vino demasiado pronto, deseando que hubiera nacido una o dos décadas más tarde. No puede compartirse esta visión ciertamente pesimista. Kennedy fue producto del momento histórico que le tocó vivir y supo responder a los retos que el mismo planteaba (algo que también puede afirmarse de otro coetáneo con similar valoración en el imaginario colectivo, Juan XXIII). Su obra no se esfumó, sino que, por el contrario, fue el “big-bang” de los importantes cambios que en los siguientes años experimentara la sociedad estadounidense y que, triste y paradójicamente, su asesinato aceleró (cabe citar al respecto la Ley de derechos civiles de 1964 aprobada un año después de su muerte o la reforma migratoria adoptada en 1965). Su recuerdo debe concienciarnos de que hoy el mundo es mejor gracias a hombres como Kennedy. Nada murió en Dallas, sino que todo comenzó entonces.
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