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La división del nacionalismo catalán

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 25 de septiembre de 2013, 20:10h
La semana pasada se comentaba en este espacio que el mayor éxito del nacionalismo catalán había sido llevar el nerviosismo a las filas no nacionalistas, es decir españolistas, de tal forma que entre quienes defienden la Constitución hay duros enfrentamientos que ponen en cuestión la estrategia llamemos templada de Rajoy. Veamos hoy que pasa en el otro lado, en el del nacionalismo/independentismo en Cataluña.

A diferencia de los españolistas, que ante una amenaza secesionista reaccionan con disparidad de criterios en la forma de enfrentarla, cada uno con un método y con un reproche hacia los otros, los nacionalistas parecen unidos en un propósito. ¿Realmente lo están?

La realidad es que, pese a las apariencias, las diferencias internas en el mundo independentista son infinitamente superiores a las del mundo españolista. Porque las de estos últimos son de forma. Y las de los secesionistas son de fondo.

Los nacionalistas catalanes (en su conjunto ya abiertamente separatistas con sus pretensiones de autodeterminación) tienen una prisa horrible. Están obligados a avanzar en el proceso antes de que se conozcan (los conozcan) entre los ciudadanos de esa Comunidad. Porque el éxito independentista estriba en lograr la identificación colectiva de un enemigo común, y su alternativa benéfica por la liberación estatal.

Para ello, deben correr, entre otras cosas porque su discurso es más eficaz, e incluso solamente es eficaz, mientras dure la crisis económica. Pero también porque, al socaire de ésta, lo que se identifica en la utopía del nuevo Estado es el oropel sentimental, la pasión y la emoción colectivas, sin necesidad de explicar las alternativas ideológicas y políticas que se derivarían necesariamente de la lucha por el poder político y administrativo que sucedería a la escisión.

Lo que esconden las cadenas y las manifestaciones es que no representan un único interés ni una opción común. Sólo se ve un número de personas bajo muchas banderas, que un observador extranjero vería como la misma bandera. Nadie reparó, por ejemplo, en las pancartas contra la política de la Generalitat en la demostración independentista. Pocos se fijaron en los matices ideológicos de los participantes, algunos con símbolos comunistas, otros republicanos y otros con los más estandarizados del catalanismo burgués de los liberales o democristianos que ahora ocupan la Plaza de Sant Jaume.

Pero todos éstos están ahí, disputándose ahora pacíficamente los focos y los planos de la televisión que pagan todos los catalanes, pero dispuestos a pelear por la hegemonía del proceso muy poco más adelante. Su estrategia es, primero, torcer el pulso al Estado; y después, repartirse sus despojos. Pero que no se les note, como si fueran un ejército monolítico y uniformado.

Lo siento por ellos, porque se les está notando bastante. De hecho, como algunos de estos iluminados separatistas creen que ya han logrado su objetivo independentista y hablan como si ese futuro fuera ayer, no pueden evitar exigir su parcela de poder por anticipado. Pero es cierto que la mayoría de estos agentes del independentismo disimula en lo posible, a la espera de que el enemigo común, si pierde los nervios, les facilite la victoria; y después ya se verá qué hacen entre ellos. Y tendrían bastante que hacer, por cierto.

El primero de todos, Artur Mas. Sorprendentemente para una persona formada, se ha creído su propio guión, con independencia de la realidad. Pero, siendo esto reprochable como iluminación mesiánica, lo es más como estrategia política. Pues cada paso que da a favor del secesionismo, más clientes electorales pierde, y más ventaja le da a sus adversarios en el campo nacionalista. Mas se ha dedicado a alimentar a su contraparte de ERC, y ésta formación espera sentada a que le regale CiU el poder sin casi desgaste.

¿Qué pasa con Esquerra? Que su independentismo sólo es una parte de su ideología, que también es republicana y, sobre todo, de izquierda radical. Al lado de la burguesía liberal de CiU pega lo mismo que un huevo y una castaña. Que admitan a los de Mas como compañeros de viaje es tan utilitario como le sirvió Kerenski al leninismo, aunque ambos fueran antizaristas.

ERC, ese grupo asambleario e imprevisible, mira con más desprecio a los blandos convergentes que a sus adversarios españolistas. Y, si entre ellos alguna vez se pusieran de acuerdo para más de un año (llevan tres líderes en un lustro), los de CiU les duraban lo que un caramelo a la puerta de un colegio.

Claro que ellos no son los únicos que juegan en el bando del eufemístico derecho a decidir. Siempre hay una extrema izquierda detrás de la extrema izquierda. Ahí tenemos a los de las CUP. Y, no lo olvidemos, cuando los procesos se ponen golosos porque prometen poder, también pueden resucitar los de Terra Lliure, que ya enseñaron algunos dientes testimoniales en la "cadena" catalana.

Tampoco hay que olvidar otros dos elementos políticos en juego. Los comunistas verdes de ICV, que parece que nunca rompen un plato pero que apuestan a la vez por la secesión y a la vez por el anticapitalismo (ojo también, Mas, que ésos se manifiestan contigo). Y lo que es ya el paroxismo: con el "derecho a decidir la independencia" está al menos la mitad del PSOE catalán, la que no procede de la emigración obrera sino de la burguesía catalanista.

¿Qué hace que todos estos grupos tan confrontados ideológicamente no se tiren los trastos a la cabeza (aunque alguno cae)? Porque sueñan con un error en los agentes encargado de preservar la integridad del Estado español. Error que debe pasar, necesariamente, porque el Gobierno de Rajoy se agite, presione o amenace.

Pero si Rajoy se mantiene imperturbable, la pelota de la impaciencia pasará al lado soberanista. Entre ellos empezarán los reproches. A Mas, porque no lidera el proceso independentista con suficiente energía "teniendo a la calle detrás". De Mas a los demás, porque sus "aliados" no le permiten manejar adecuadamente los tiempos estratégicos. A la izquierda catalana, porque llamará cobarde a la derecha catalana, y a ésta porque le acusará de espantar a los ciudadanos con su maximalismo.

El problema de las guerras es que sólo puedes permitirte las batallas que puedes ganar. Si no lo haces, y en el caso catalán, si no lo haces rápido, a los tuyos se les difumina la esperanza de la victoria y se sumergen en el desaliento. Si prometes el paraíso en la tierra, al menos da de comer. Si propones Europa como salida de la opresión española, al menos cuídate de que Europa tenga interés en acogerte. Si sueñas con un Estado propio, al menos procura tener la fuerza suficiente, y no sólo moral, para propiciarlo y preservarlo. En caso contrario, cada minuto que pase será la constatación de un fracaso. Y los fracasos reclaman chivos expiatorios, entre los que Mas está cosechando muchas papeletas.

Es interesante observar que algunos nacionalistas se han creído de verdad que si ellos reclaman un Estado no habrá problema, porque se lo darán gratis, incluso de forma entusiasta. Lo ven lógico, porque se apoyan en las grandes palabras de las grandes revoluciones: libertad, independencia, democracia, etcétera. Lo que no recuerdan es que su victoria es la derrota de otros, y a estos otros no les tiene por qué sentar muy bien. Por ello, las revoluciones se suelen hacer como todos ustedes conocen, con menos educación que violencia.

El sueño de la disgregación de España no es imposible, según su perspectiva, por desistimiento de los propios españoles en defender su legalidad nacional. Pero la realidad indica que esto no es tan fácil, porque si a los revolucionarios les hace falta demostración de fuerza, los demás sólo tienen que mantener la ley, lo que es sencillo y comprensible dentro y fuera de las fronteras.

Si se mantiene la cabeza fría, la fiebre secesionista durará el tiempo en el que la ciudadanía catalana descubra que ha sido objeto de manipulación por ansia de poder de sus dirigentes políticos. Que todos éstos les han engañando simulando una unidad que estaba muy lejos de la realidad. Que cada independentista en juego tiene un modelo, y que siempre ganarán la apuesta los más radicales, que vendiendo la libertad ya están preparando el yugo.

El caramelo que le están ofreciendo a Mas es que convoque elecciones (que él llamaría plebiscitarias, como si quiere llamarlas planetarias). Ése será el momento en que pierda la mayoría, y se dé cuenta entonces de que sólo está pasando por la historia para regalarle el poder a los radicales. Imagino que, antes que eso, se le tenderán muchas manos, pero está en su derecho de tomarlas o caer en el abismo tras el cáliz de la última cruzada.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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