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¡Jamás he sido de derechas!

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 27 de septiembre de 2013, 20:40h
El papa Francisco sorprendió mucho cuando le dijo al periodista Antonio Spadaro, redactor de la revista jesuítica “La Civiltta Cattolica”, que “jamás he sido de derechas”. Reproduzco literalmente la respuesta de Jorge María Bergoglio a la revista: “Mi forma autoritaria y rápida de tomar decisiones me ha llevado a tener problemas serios y a ser acusado de ultraconservador. Tuve un momento de gran crisis interior estando en Córdoba. No habré sido como la beata Imelda (Imelda Lambertini (1320-1333), muerta a los 13 años en un éxtasis cuando comulgó milagrosamente y fue beatificada en 1826), pero jamás he sido de derechas.”

Con su contestación, el papa Francisco pone de manifiesto que pertenece a una cultura cuya geografía política se encuentra en el grupo de naciones influenciadas por la Revolución Francesa: Argentina, Italia y España -que balizan la biografía del hombre Bergoglio- fueron condicionadas durante 200 años por los grandes conceptos de esa Revolución, destacadamente, los conceptos -¿los ideales?- de la Nación y de la Revolución. La división ideológica, con su inherente polarización social, entre “derecha” e “izquierda” es fruto de los planteamientos surgidos del modelo revolucionario francés.

Ese modelo se corresponde con un país católico como Francia. Los ideales jacobinos -la facción política que se sentó a la “izquierda” de la presidencia en la “Convención Nacional” (y revolucionaria)- inspiraron medidas que no se entienden en países protestantes, países que hicieron sus revoluciones sin ellas: por ejemplo, la separación de la Iglesia (Católica) del Estado, y el anticlericalismo que surgió cuando la Iglesia se enfrentó con la Revolución; los ingleses, y después, los norteamericanos, no sólo basaron su revolución en la Biblia, sino que las iglesias cristianas (incluso la Católica) aumentaron sus derechos con los regímenes revolucionarios británico y americano.

Octavio Paz ironizó con la idea de que el último comunista sería mexicano. Enrique Krauze, con otras palabras, nos ha descrito que el mito de la revolución aún mueve la política en algunos países iberoamericanos. Esas dos apreciaciones enmarcan la afirmación del papa sobre su negación a tener afinidad con las ideas de la derecha política.
La revolución contamina a la izquierda política, y ese hecho parece que el papa no lo tuvo presente cuando hizo su famosa confesión ideológica. ¿Por qué contamina? Porque la revolución implica que la violencia se utilizará siempre, aunque haya distintos grados. Es fácil comprobar que la violencia iguala, en sus efectos, a la revolución llamada de “izquierda” -la francesa, la soviética, etcétera- con la revolución llamada “nacional” -la fascista, la nacionalsocialista, la falangista, etcétera- . Esa igualación produce síntesis extrañas y al mismo tiempo atractivas: Hugo Chávez y Daniel Ortega se reclaman de la “izquierda” y a la vez del “nacionalismo”(Slobodan Milosevic es uno de los precedentes que se remontan al ejemplo de Mussolini).

¿Es de izquierda Daniel Ortega, un revolucionario sandinista, que ahora penaliza a las mujeres nicaragüenses que abortan? ¿Es de izquierda Nicolás Maduro, el heredero de Chávez, que se declara revolucionario, nacionalista, socialista y cristiano?
En esta nueva época que ha dejado de definirse con los atributos de la Edad Contemporánea (la Nación y la Revolución), esa división entre “derecha” e “izquierda” no define objetivamente nada; subjetivamente, se admite todo, aunque pueda mover a risa.

¿Dónde se sitúa el papa en relación con esas izquierdas latinoamericanas? Sabemos que el papa Francisco estuvo muy crítico con los dos presidentes Kirchner, que se definieron como la izquierda peronista.

Este hecho es esperanzador. Supondría que el papa argentino entiende que el respeto al Estado de Derecho y a la libertad individual serán los elementos esenciales en el futuro para cualquier política favorable a los más desprotegidos. Una de las conclusiones que extraemos tras 200 años de lucha contra la pobreza y la opresión es que sin libertad individual no se alcanza la igualdad social; todo lo contrario, se tarda más en conseguirla (en los países soviéticos se decía sarcásticamente que “el comunismo era la vía más lenta para llegar al capitalismo”). La izquierda hizo verdaderas revoluciones sólo cuando logró que el pluralismo y la tolerancia con el pensamiento discrepante quedaran garantizados por las leyes y en las instituciones estatales.

El problema que tiene la Iglesia Católica no es otro que continua siendo un Estado. Como Estado fue incapaz de evolucionar hacia los modelos de Estados de Derecho, a partir del siglo XIX. Por si fuera poco, el nuevo Estado italiano dejó a los papas derrotados y arrinconados en la colina romana del Vaticano; con todo, la Iglesia seguía reclamando su título de “Romana”. La encíclica “Syllabus”(1864), que condenaba absolutamente los “errores” de los Estados liberales, convirtió a la Iglesia en una extravagancia estatal. Por poseer un Estado, la Iglesia fracasó con el Concilio Vaticano II para adaptarse al mundo actual.

El papa Francisco lo intenta de otra manera. Con su gesto rechazando el oropel de “Jefe del Estado” pretende disolver paulatinamente los elementos estatales de la Iglesia. Al mostrar una actitud distinta con las mujeres, los divorciados, los homosexuales, los curas casados, los que aceptan el aborto legal, el papa Francisco está alejándose del “Syllabus” y acercándose al universo ideológico de los Derechos Humanos y del Estado de Derecho. El papa Ratzinger se definió favorable a que el capitalismo fuese limitado por las leyes; en esto se mostró como un socialdemócrata (así lo entendió Habermas). Pero conservó los antiguos prejuicios sobre el Estado y sobre la libertad individual (los condenaba como “relativismo”). El papa Bergoglio parece saber que es la estructura estatal (con el clero como funcionarios estatales) lo que impide la reforma profunda de la Iglesia. ¡La reforma! ¡Esa es la bandera de la izquierda de esta nueva época que aún no tiene nombre! ¿A eso se refería el papa que no quiere actuar como Jefe del Estado?

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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