Café Niké
sábado 28 de septiembre de 2013, 19:19h
He visto hoy el recientemente estrenado documental “Café Niké. Oficina Poética Internacional”, dirigido por Nacho Escuín y producido por Producciones Eclipsadas. Cuando, en los años de la posguerra, la poesía española –en la enésima escenificación de la afición nacional por las banderías– se dividía entre “Espadaña” y “Garcilaso”, en distintos lugares de nuestra geografía comenzaban a surgir propuestas distintas y variadas. Una de ellas tendría lugar en Zaragoza a lo largo de los años cincuenta y sesenta y entre sus características habría que citar su transgresión literaria, su variedad sostenida por una amplia nómina de autores y, como complemento necesario de esto último, la presencia total de un elemento aglutinante y director: papel que jugó el poeta Miguel Labordeta. Este grupo poético tuvo como sede el café que les dio nombre y sus encuentros estuvieron siempre presididos por la iconoclasia y la sorna aragonesa. Tanto es así que crearon una alocada Oficina Poética Internacional, a mitad de camino entre la diversión y la burla hacia las burocracias culturales. El “Grupo del Niké”, sin embargo, no ha dejado apenas rastro en las historias oficiales de la literatura española. Y Miguel Labordeta es, en el mejor de los casos, motivo de una nota a pie de página, acompañado de otros “raros”, de otras excepciones al canon. Es de justicia distinguir entre Miguel Labordeta y el resto de integrantes. Labordeta es una fuerza de la naturaleza, un genio que innovó las formas literarias y que fue capaz de construir una poética a su medida. Los demás son otra cosa: el escritor y crítico Julio José Ordovás afirma en el documental que una cosa es escribir poesía y otra distinta ser poeta; en Niké había muchos que escribían poesía, pero el poeta era Miguel (no por casualidad se tituló “El poeta” el poema-canción que le dedicó su hermano José Antonio). No obstante, habría que situar en un lugar privilegiado a otros miembros del grupo como Julio Antonio Gómez. O Rosendo Tello, Emilio Gastón y Fernando Ferreró. Pero sí, Miguel Labordeta era otra cosa: el principal poeta aragonés en cientos de años y uno de los más sobresalientes de entre los españoles del pasado siglo. Miguel Labordeta es la voz de la hondura humana y es el verbo exprimido. Es necesario leer a Labordeta y prestarle la atención debida. Y será bueno también el detenerse en la obra de los otros miembros del Niké: Julio Antonio Gómez, Ignacio Ciordia, Fernando Ferreró, Emilio Gastón, José Antonio Labordeta, Guillermo Gúdel, Manuel Pinillos, Rosendo Tello, Luciano Gracia, Miguel Luesma, Benedicto Lorenzo de Blancas, Raimundo Salas, José Antonio Rey del Corral.
Uno de ellos, Lorenzo de Blancas –aficionado a escribir “poemas de grupo”, en los que quedara constancia de quiénes y cuántos fueron– dejó un soneto en el que, con una pincelada personal, trataba de definir a cada uno de ellos:
Ciordia, la ironía dislocada
Fernando, el escandor renacentista
Gastón, la voz tonante de la vista
Julio, la alta trompeta desgarrada
Luciano, subconsciencia alucinada
Gúdel, voz sustantiva y humanista
José Antonio, canción aragonista
Miguel, una pregunta para nada
Blancas, verbo esencial, fe de notario
Luesma, lejanos mundos transmigrables
Pinillos, en torrentes clamorosos
Rey, por el viejo mundo proletario
Salas, en sus estancias amigables
Tello, por los balcones ampulosos.
En Zaragoza y Aragón hablar de los poetas del Niké es algo habitual, pero creo que cada vez son menos conocidos entre los más jóvenes. Quizás la generación de los que nos encontramos en la treintena sea la última que les ha prestado cierta atención; especialmente y sin duda, a Miguel Labordeta. Y, más allá de Aragón, me da la impresión de que solo Miguel –y poco– se salva de la quema del desconocimiento. Esperemos que este magnífico documental –sumado a los rescates editoriales y a los estudios académicos– sirva para hacer justicia. Justicia poética.