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Nairobi no está tan lejos

Luis de la Corte Ibáñez
domingo 29 de septiembre de 2013, 18:53h
Tras cuatro días de duración, el angustioso incidente ocurrido en el centro comercial Westgate de Nairobi ocupa ya casilla propia en las bases de datos sobre ataques terroristas. Las opiniones públicas y las televisiones occidentales han asistido a los hechos sin demasiada excitación ni sorpresa aparente. Esa relativa frialdad contrasta con la inquietud suscitada no hace tantos meses por atentados bastante menos sofisticados, como el de la bomba explosionada en Boston el pasado 15 de abril o el asesinato ejecutado sólo un mes después (22 de mayo) a plena luz en una calle del sureste de Londres.

Hagamos la comparación en cifras: una víctima mortal caída a manos de dos fanáticos en un barrio de la City y tres cadáveres causados por la bomba colocada por dos hermanos chechenos en la capital de Massachusetts. Estos números contrastan con los iniciales 67 (más 5 terroristas) fallecidosconfirmados de entrada por las autoridades kenianas,a los que habrá que sumar varias docenas de muertos entre las más de 60 personas que todavía se hallan desaparecidas, según informa la Cruz Roja. Como ya se ha señalado en prensa, el balance podría acabar acercándose a los 137 rehenes muertos declarados en su momento por el órgano de propaganda de Al Shabab, la organización terrorista de origen somalí que reivindicó el atentado. A su vez, el atrincheramiento en Westgate dejó prácticamente oculta otra salvaje matanza perpetrada en su segundo día, el 22 de septiembre, cuando dos suicidas se inmolaron en una iglesia de Peshawar, dando lugar al atentado más grave jamás cometido en Pakistán contra la minoría cristiana, con casi 80 bajas mortales y más de un centenar de heridos.

Puesto que el asunto de la violencia anticristiana (pavorosamente reiterada a través de medio mundo) merecería un comentario aparte, hoy nos quedaremos en Nairobi. O, más bien, no. Porque lo que ocurre en Kenia (como lo que sucede en Pakistán) no acaba en Kenia. Ni siquiera en Somalia. Los atributos del cerebro humano, siempre mucho más alerta a los peligros próximos que a los lejanos, explica hasta cierto punto porque en Occidente atentados de impacto menor como los de Boston y Londres desataron una tormenta de magnitud incomparablemente superior a las ligeras olas llegadas del país de los safaris. Pero el cerebro nos engaña a menudo, entre otras cosas porque evolucionó calculando diferencias entre hechos cercanos y hechos distantes que ya no operan en el mundo presente. “Globalización” viene siendo palabra de moda desde hace años pero con frecuencia se utiliza como mero recurso retórico, sin auténtica convicción sobre los infinitos cambios que esa tendencia a la interconexión ha introducido y está introduciendo en el mundo que vivimos. En otro tiempo las distancias podían tomarse como indicador del grado de relación que unos hechos podían tener respecto a otros: menor cuanta mayor fuera la separación física, y viceversa. Pero, aunque no siempre resulte evidente a primer golpe de vista, esos tiempos ya pasaron.

En 1998, cuando la embajada estadounidense en Nairobi estalló en pedazos matando a 213 personas, el mundo ya había cambiado, pese a lo cual el ciudadano de a pie y buena parte de la prensa internacional no estaban aún preparados para interpretar aquel terrible incidente como otra cosa que no fuera una atrocidad local. El error de enfoque era entonces más comprensible pues aún se vivía en la ignorancia de lo que se estaba fraguando en un remoto y paupérrimo país asiático que había sido abducido por un atajo de extremistas barbudos. Pocos meses antes, otro barbudo, un saudí alto, joven y locuaz había difundido una declaración titulada “Yihad contra los judíos y los cruzados”. Curioso y exótico personaje, debieron pensar muchos al saber de aquel excéntrico hijo de un millonario árabe, cuya determinación asesina sólo comenzó a reconocerse tras consumarse el ya apuntado ataque contra la sede diplomática estadounidense en Nairobi, junto a otra acción gemela simultáneamente perpetrada el 7 de agosto de 1998 en Dar es Salaam (Tanzania).Ya sabemos dónde estaban los edificios que estallaron tres veranos después, en septiembre de 2001: lejos de Nairobi, si se mide en kilómetros y mares …

También la India queda físicamente lejos de Kenia. Sin embargo, la distancia no impidió que la crisis provocada por un comando yihadista pakistaní en la ciudad de Bombay en noviembre de 2008 (162 víctimas mortales) llamara la atención de Fazul Abdullah Mohammed, yihadistacon pasaporte keniano y “cerebro” operativo de los atentados de 1998 en Kenia y Tanzania. Después de haber sido nombrado director de operaciones de Al Qaida para África Oriental y mientras se desplazaba por Somalia, la tierra de Al Shabab, Fazul murió de forma incidentalen junio de 2011, víctima del fuego abierto por soldados del Gobierno Transicional en un retén en Mogadiscio. Al caer abatido Fazullos soldados somalíes encontraron en su vehículo un documento titulado “Operaciones internacionales”en el que seexponía un plan de entrenamiento destinado al desarrollo de operaciones terroristas al estilo del ataque de Bombay. Aunque no es seguro que Fazul fuera el responsable de preparar el atentado de Nairobi el citado documento descubierto entre sus pertenencias coincide con textos incautados en tiempos recientes a yihadistas en otras partes del mundo, revelándose en todo ellos el interés por imitar el modus operandi ensayado en la ciudad India: asaltos y atrincheramientos con toma de rehenes por comandos equipados con armas automáticas y granadas contra objetivos blandos (de fácil acceso), situados en grandes ciudades y con cuantiosa afluencia de civiles nativos, extranjeros y judíos.

¿Podría padecer un país occidental un atentado semejante? Hace pocos meses el experto Brian Michael Jenkins, colaborador del prestigioso thinktank RAND Corporation, fue requerido por el Congreso de los Estados Unidos para dar respuesta a esa pregunta. Su contestación fue tranquilizadora, aunque sólo en parte. Jenkins negó que en la actualidad existiera en Estados Unidos ninguna organización terrorista que dispusiera de las capacidades requeridas para llevar a cabo un ataque que igualara la complejidad y los efectosletales evidenciados en Bombay. En su opinión, el envío desde otros países de uno o varios equipos de terroristas bien adiestrados difícilmente pasaría desapercibido a las agencias de seguridad e inteligencia norteamericanas. Sin embargo, en ningún momento cuestionó Jenkins la presencia o posible llegada de grupos o individuos radicalizados deseosos de perpetrar atentadosde alto impacto. Asimismo reconoció que, dadas las facilidades de acceso a armas ligeras y la historia de episodios de violencia masiva de su país, la opción de un ataque al estilo Bombay pero de menor escala resultaría perfectamente “concebible”.

Lo que Jenkins no explicó en su comparecencia, porque no le tocaba hacerlo, es que los exigentes controles impuestos en los países europeos para el acceso a armas de fuego no los hace invulnerables a los deseos radicales de imitar acciones como las de Bombay o Nairobi (siendo ésta segunda, por cierto, bastante menos ambiciosa y compleja que la primera). De hecho, algunos indicios confirman que en los últimos años el viejo continente ha estado más expuesto que Estados Unidos a esa clase de atentados. Así, en septiembre de 2010 los esfuerzos combinados de agentes de inteligencia estadounidenses, británicos, alemanes y franceses permitieron descubrir y desmantelar un complot para lanzar una cadena de ataques de comando sobre Francia, Reino Unido y Alemania. El plan fue supuestamente aprobado por Al Qaida y preparado por 8 ciudadanos alemanes y 2 británicos. Luego, en diciembre del mismo año los servicios antiterroristas suecos alertaron de que otra célula de Al Qaida establecida en Suecia ultimaba un plan para atentar en Copenhague, habiendo elegido como blanco la sede de uno de los periódicos que en su día publicara unas polémicas viñetas sobre Mahoma. Las autoridades detuvieron a los sospechosos cuando llegaron a la capital, sacando la conclusión de que su plan fallido incluía tomar como rehenes a unos 200 periodistas daneses y ejecutar a muchos de ellos. Igualmente, en 2011 la policía alemana incautó a un presunto terrorista un documento interno de Al Qaida que contenía reflexiones y sugerencias sobre la conveniencia de aplicar en suelo europeo el patrón del asalto de 2008 a Bombay.

Afortunadamente para los ciudadanos europeos, cada una de esas tentativas acabó en fracaso y han tenido que ser kenianos los que acabaran lamentando la inspiración ejercida por la masacre de Bombay. En cualquier caso, sería imprudente pensar que lo de Nairobi nos queda lejos.
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