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La inteligencia de lo absurdo

Carlos Loring Rubio
martes 06 de mayo de 2008, 21:55h
No es fácil imaginar como durante el nazismo en Alemania, se dio una concatenación de hechos tales, que dieron lugar a que las más brillantes mentes de aquella época se pusieran al servicio de la maquinaria del horror. Esas mentes diseñaron aberrantes políticas de expansionismo, organizaron los métodos más óptimos de exterminación sistemática de seres humanos y retorcieron las leyes para acomodarlas al totalitarismo y a la segregación étnica.

Hoy, los fines son otros, pero las consecuencias pueden llegar a ser dramáticas también. La ciencia y la técnica nos permiten acceder a todo tipo de comodidades mediante sus hallazgos. Aunque la mayoría de estos prodigios se llevan a cabo mermando la naturaleza y a través de un comercio no siempre justo con países en vías de desarrollo. Las industrias han hecho grandes logros en proporcionarnos una vida placentera, incluso en los detalles más nimios, a aquellos que hemos tenido la fortuna de nacer en los lugares apropiados. Esa vida nos hace inconscientes o indolentes a la mayoría de los privilegiados, respecto del padecimiento de millones de personas que pasan hambre o no tienen acceso a agua potable. Las cuentas de resultados no suelen valorar estos ratios.

Pero, de qué sirve ser consciente del problema si no está en nuestras manos el poder resolverlo, o si el resultado de nuestra ayuda es efímero. Es, por tanto, necesaria la aplicación de medidas estructurales que impliquen a las instituciones. Pero son las empresas privadas, sobre todo las grandes corporaciones, quienes tienen el deber de paliar los efectos de un sistema imperfecto. La responsabilidad social corporativa debe ir más allá. Debe proporcionar a los habitantes de las regiones desfavorecidas una estructura sólida para fomentar el total desarrollo de sus potenciales. La empresa privada se debe implicar en la gestión directa de las ayudas, sin intermediarios. Debe, entre otras medidas, estar dispuesta a conceder microcréditos sin aval, llevar a cabo proyectos a fondo perdido y negociar con los dirigentes de los países afectados su libertad de maniobra en el terreno para poder aplicar las ayudas allí donde se crea conveniente.

La empresa privada está obligada no sólo por su deber moral, sino porque los beneficios que han obtenido son en parte fruto de esta situación de desigualdad. Además, las corporaciones son mejores gestores que los estados, lo que hace que sus procedimientos sean más útiles y efectivos.

Carlos Loring Rubio

Abogado

CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)

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