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RESEÑA

Gesualdo Bufalino: Perorata del apestado y Argos el ciego

domingo 06 de octubre de 2013, 13:18h
Gesualdo Bufalino: Perorata del apestado y Argos el ciego. Presentación de Jorge Herralde. Traducción de Joaquín Jordá. Anagrama. Barcelona, 2013. 384 páginas. 19,90 €
Anagrama rescata en este volumen las dos obras fundamentales del escritor siciliano Gesualdo Bufalino (1920-1996) traducidas del italiano por Joaquín Jordá. Pese a ser un escritor tardío, la calidad de la prosa de “don Gesualdo” bien merece la divulgación que Jorge Herralde le dedica con esta edición y que desde aquí aplaudimos efusivamente. Estamos ante uno de los grandes narradores del siglo XX. Grande en lo que sus historias y sus personajes dolientes transmiten de universal, de humanidad y de poesía; grande en su dominio de la escritura, en su vasta cultura, en la humildad con la que afronta su naturaleza de escritor. Genial, también, en la perfección de su estilo, en el lirismo de sus descripciones, en la capacidad envolvente de cada palabra, de cada imagen, y en el sentido dramático (casi podríamos decir nihilista) que caracteriza a sus protagonistas, quienes despiertan en el lector un profundo sentimiento de compasión, de piedad, como solo los grandes novelistas consiguen hacerlo.

En Perorata del apestado se cuenta la estancia de un hombre en un sanatorio para tuberculosos en 1946, retomando las vivencias autobiográficas del propio Bufalino. No está lejos el “apestado” de los héroes sufrientes, de los muertos en vida que inspiraron a Thomas Mann (La montaña mágica), a Hermann Hesse (El balneario) o incluso a Céline (Viaje al fin de la noche). Y aunque no se refiera explícitamente a ellos, el autor mismo califica esta obra de bildungsroman (novela de aprendizaje) “con un primer actor aprendiz de la muerte, itinerante entre encuentros, presagios...”. “Cuán difícil es estar muerto entre los vivos: vivir se ha convertido en un abstruso juego de niños, y a mí me toca aprenderlo de mayor”.


La enfermedad y la muerte, el azar, el tedio, la espera, la pérdida de la fe, el mañana sin mañana, el sentido de viaje (“Fuera tregua o indulto lo que tenía que llegar, sabía que me sería fatigoso revisitar la vida, y sus insolencias, el bullicio preocupante de sus comercios...”), lo absurdo (“Igual que el ciego de aquel chiste: el cual busca un sobre negro en una habitación negra, y el sobre no está...”), la soledad (“...quisiera correr a las casas, pedir ayuda, pero nadie abre, nadie se apiada de quien llama a esa hora de ladrones...), son temas recurrentes en esta historia de supervivientes, de convalecencia y de retorno. Sumamente interesantes resultan las notas explicativas del propio Bufalino a modo de epílogo sobre el origen y el propósito de esta novela, que no hacen sino confirmar la voluntad transmisora del escritor y el claro dominio que tiene sobre su obra.


La segunda novela, Argos el ciego, relata la iniciación sentimental del protagonista, de nuevo el propio Gesualdo. La obra alterna una doble trama de tono completamente diferente. Por un lado, se cuentan las aventuras amorosas del joven maestro en el verano de 1951, los románticos encuentros con María Venera y otras muchachas, el ambiente de las verbenas y las rivalidades (“el moscardón sobre la camelia”), todo ello bajo un ambiente cándido y amable. Por otro lado, se intercala el relato del escritor ya mayor narrando su propia historia y enfrentándose, pasados los años, a los juegos y trampas de su memoria. “Gesualdo, pobre hombre... Podría desplomarme en el suelo dentro de un minuto y morir sin haber entendido nada de por qué he vivido... En suma, por segunda vez en dos días, sin preaviso pero dulcemente, conquisto el difícil orgasmo de las lágrimas”. Como en la novela anterior, Bufalino despliega su profundo lirismo, su estilo cargado de adjetivos y de imágenes (“sinuosa de cuerpo como un violín, la precedían dos senos que parecían montañas de Etiopía”; “la oscuridad cayó entonces sobre nosotros con el peso de una colcha de campesino”; “los cinco bastones de sílice que eran su mano”).

Y, de nuevo, surgen temas que oscilan entre el amor y la desilusión, la felicidad y la frustración, la pletórica juventud y la vejez. En los desencuentros del protagonista se resume todo el sentido del amor titubeante y a ciegas: “Qué curioso: ambos son ciegos, amor y felicidad, pero no se llevan bien...”. Siempre omnipresente Bufalino, como un personaje más, se asoma, dueño absoluto de sus páginas, exaltado e impaciente: “Pero mira, lector, yo no hago ningún esfuerzo por gustarte o gustarme, y tú tienes que entenderme: mi pasión devoradora es el aburrimiento, nunca me divierto tanto como cuando me aburro y muero de tedio”.

Pues lo quiera o no, Bufalino nos gusta, nos interpela, nos conmueve. Sus personajes están en la vida y existen en el tiempo como flores de un día. Uno de ellos dice precisamente “que la felicidad puede ser esto: escuchar de noche el canto de una niña que se va después de habernos preguntado el camino”... También podría ser esto: llegar a la última página de Bufalino y tener ganas, si hubiera tiempo, de leerlo otra vez.

Por Pepa Echanove
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