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Secretismo informativo en Argentina

jueves 10 de octubre de 2013, 00:00h
La intervención quirúrgica de urgencia a la que ha tenido que someterse la presidenta argentina Cristina Fernández a pocas semanas de las elecciones legislativas, ha vuelto a evidenciar la mentalidad cerrada y con escaso apego a los usos democráticos que ha lastrado la acción de Gobierno “kirchnerista”. Las lacras del personalismo, la desinformación y el ejercicio del poder a través de círculos restringidos y privilegiados proclives al desdén hacia las instituciones, se han puesto otra vez en escena a propósito de este incidente médico. Cuando un Jefe de Estado de una nación democrática sufre una enfermedad que le obliga a ser internado en un hospital y someterse a una operación que le aparta de sus funciones, lo mínimo que cabe esperar es que se ejerza una total trasparencia informativa sobre el estado de salud del mandatario y se despeje cualquier incertidumbre sobre el ejercicio del poder político hasta que aquel se restablezca.

Ninguna de estas obligaciones con la ciudadanía se han satisfecho en el transcurso de esta crisis, dando lugar a episodios rocambolescos que han sembrado el desconcierto. A través de las filtraciones que han sorteado la férrea opacidad informativa impuesta por el círculo más próximo a la presidencia, se ha sabido que Cristina Fernández obvió el pasado sábado el criterio de los facultativos que reclamaban mantener su hospitalización ante el hematoma cerebral detectado, decidiendo por su propia cuenta recluirse en la residencia presidencial de Olivos, para ejercer el poder por vía telefónica y dejar la acción pública en manos del vicepresidente, Amado Boudon, un político perseguido por diferentes causas judiciales y acusado de amañar las estadísticas gubernamentales sobre la inflación real que experimenta el país. Un entramado que se desplomó con el reingreso el lunes de la señora Fernández al mismo hospital que había abandonado poco antes y tener que someterse a un drenaje craneal urgente. La capital bonaerense ha sido pasto desde entonces de todo tipo de rumores y especulaciones. La información proporcionada no aclara cómo se produjo el accidente de la presidenta y deja numerosísimos cabos sueltos sobre su auténtico cuadro clínico.

Ha trascendido que la obsesión por el secretismo hizo que se tomaran medidas sorprendentes, hasta el punto de que tanto el equipo médico que la atendió como el resto de los usuarios del centro hospitalario fueron conminados a entregar sus teléfonos móviles. La desinformación alcanzó a los propios ministros de su Gobierno. El vicepresidente Boudon se vio en el trance de informar que Cristina Fernández estaba descansando en su residencia cuando en realidad iba a comenzar la intervención quirúrgica: ni siquiera el propio Boudon, que ahora es depositario del traspaso de poderes, tenía información verdadera y puntual.

El hermetismo, la multiplicación de rumores y la impresión de vacío de poder han sido las indeseables consecuencias de este nuevo episodio de personalismo. Todo un ejemplo de un estilo de ejercer el poder de difícil encaje con los valores y modos democráticos.
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