La transición inacabada
José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 11 de octubre de 2013, 20:13h
España, tó y ná. La corrala ibérica es un osario de sueños rotos, un país de vendettas, cacerías, opinadores y porteras, a cuyo lado la entrañable portera de André Gide es Aristóteles.
La España a saldo del relicario, hemipléjica, cazurra y totalitaria, no da más de sí. La crisis económica, así que cien años dure, que durará, pasará, aunque como García Márquez, no vivamos para contarla. La institucional, está por ver si arrambla con la escombrera y nos lleva a todos con los pies por delante.
La Hispania de las necedades, quintaesencia del despropósito, no resiste una pensada. La España pajillera, de fútbol, toros y corridas, burladero de mantillas y peinetas, absorta en su propia mascletà, parece empeñada en desertar de sí misma.
Crónicas del desamparo. Día llegará que la España de las ocasiones perdidas dejará de existir por incomparecencia de los españoles, extraviados en el laberinto que va de la reconciliación pendiente a la transición inacabada.
Espagne surréaliste, de gigantes y cabezudos, experiencia chill out, gusanera nacional de rufianes y “salvapatrias”, tierra esquilmada por los saqueos de tanto mangante como anda suelto, cofradía de pícaros y rufianes, país de trileros, robagallinas, trincones, chaperos del poder, mamporreros y besahuevos.
La España de los mamelucos, sórdida y cañí, siempre en deuda consigo misma, es una cosa y su contraria, un hormiguero de súbditos desahuciados resignados a la desesperanza y abandonados a la misma perra suerte, pero con distinto collar, de los desheredados.
Como García de Cortázar, me pregunto hasta cuándo esta España inacabada contra sí misma. Lo mismo estamos asistiendo a la Tragicomedia de España. ¡Mater dolorosa! (Álvarez Junco). Pobre Spain, pueblo de sublevaciones y toros, como diría Silvela.
Como en otras etapas oscuras de la Historia, a la sombra del descabellado toro de Osborne vuelven a correr malos tiempos para el periodismo burlesque, que se debate entre ejercer de meritorio en El Alcázar o hacer carrera en el diario Granma, entre entonar el Cara al sol o La Internacional. Celtiberia show (Carandell).
Mientras el 12 de octubre, Día de la Raza, sigan desfilando por el Paseo de la Castellana veteranos de la Columna Leclerc y de la División Azul, falangistas y republicanos, franquistas y maquis, seguiremos teniendo una España de cada bando, con milicianos lanzándose guijarros con el tirachinas de una a otra ribera del Ebro.
Culpo de lo que pasa, querido Gila, a quienes no te tomaron en serio ni a ti ni a Berlanga, y han dado lugar a que la asignatura del armisticio nacional siga todavía pendiente, sujeta a un nuevo revisionismo a la luz traicionera del discurso identitario y de una arquitectura etnocéntrica.
Siempre nos quedará la irreverente cabra de la Legión, dispuesta a mearse irrespetuosamente a los pies del catafalco de autoridades de la madrileña Plaza de Colón al cierre del desfile marcial del aciago Día de la Hispanidad. Cualquier cosa menos desenfundar de nuevo el espadón y exhumar el cadáver de Espartero.
Lo malo no es que tengamos unos políticos sin luces de Bohemia que no están a la altura de los apéndices testiculares del caballo del Caudillo, pero a los que tenemos que aguantar como animal de compañía; sino que la que no esté a la altura sea la sociedad civil.
Qué pena, como se lamenta el compungido Le Bon, que las multitudes (la masa ignota asilvestrada, que ha desertado de una razón) no hayan conocido jamás la sed de la verdad.
España, como dejó escrito Umbral, es ese pueblo que está a mitad de camino entre Napoleón y Manolita Malasaña, la novia de Velarde; entre Goya y Esquilache; entre el Barroco y el misticismo; entre Churriguera y Juan de Herrera. ¿España? ¿Y eso qué es lo que es?
The Spanish Mirror. Elegía a la España de las alucinaciones, la misma que delira entre la parodia de La vaquilla y La escopeta nacional. Balada triste de trompeta. La España que va de Miguel Hernández a El Fary cabe toda entera en la letra de un cuplé de Raquel Meller.
No habrá quién te llore cuando hayas muerto. España, de cuerpo presente, manifiéstate. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Crónicas de la España negra. Me río por no llorar. Tócala otra vez, Sam. Que suene la música, para que no se escuche mi llanto.
La fabulación de Iberia. España, en paradero desconocido, cambia de hora pero no de vicios. España -¡qué país!-, ni está, ni se le espera.
Si pudiera, me marcaría un número de claqué, pero por mucho que busco y rebusco no encuentro razones para bailar la yenka. Canto lo que la Pantoja: «No debía de quererte. No debía de quererte. Y sin embargo te quiero».
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Periodista
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
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