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La universidad vista como un intervalo

miércoles 16 de octubre de 2013, 20:29h
En estos días me tocó participar en un acto de colación de grados académicos durante el cual una cantidad considerable de egresados de distintas carreras universitarias recibió su diploma de graduación.

La ocasión me llevó a pensar en un aspecto de la llamada educación superior que suele ser desatendido por la abundante literatura dedicada a interrogarse, en particular, para qué existen las universidades. Me refiero a la ocasión que la universidad ofrece a los estudiantes de dejar de lado las justificaciones contingentes que los distraen del compromiso específico que han asumido: un compromiso educativo que desde luego no se agota en la mera adquisición de información o que empieza con ella, si se prefiere, para consumarse en la capacidad de pensar. Así lo escribió el pensador inglés Michael Oakeshott: “El regalo característico de la universidad es que brinda un intervalo. Aquí está la oportunidad de dejar de lado las alianzas apresuradas de la juventud, sin tener que reemplazarlas por nuevas lealtades. Aquí se da un receso en el curso tiránico de los sucesos irreparables; un período en el que es posible observar el mundo alrededor y observarse a uno mismo, sin tener la sensación de tener a un enemigo detrás ni la presión insistente de tener que tomar decisiones; un momento en el que se puede saborear el misterio sin tener que buscar una solución inmediata.”

Si la universidad es entendida en estos términos, una atmósfera de estudio prevalecerá en su seno y desalentará a quienes pretenden viciarla llevados por otras motivaciones que no sean las de lanzarse, envueltos precisamente en ese clima propicio, a la aventura del conocimiento. Por cierto, una universidad así concebida, como institución pedagógica dedicada a la transmisión y la creación de conocimiento, no podría contentarse con reducir su razón de ser a la formación profesional ni verse a sí misma como un ámbito donde solo se ofrecen productos mensurables adaptados de ordinario y receptivamente a lo que los consumidores demandan. Su lugar en la sociedad a la que pertenece tiene mucha más entidad que todo eso. Porque la educación, y la educación universitaria en especial, “no es (como sostuvo Oakeshott también) aprender a hacer esto o aquello de manera más competente; es adquirir en cierta medida una interpretación de la condición humana en la que la ‘calidad de la vida’ ilumina de manera continua el ‘hecho de vivir’”. Dicho en giro todavía más gráfico, no se viene a la universidad con el exclusivo propósito de aprender a ganarse un sustento, sino para aprender también algunas otras cosas que el día de mañana nos ayuden a vivir una vida más significativa.

Estas pocas y desordenadas ideas me vinieron a la mente mientras se desarrollaba el acto. Y me llevaron a preguntarme a qué distancia estamos de este ideal o hasta qué punto la mayoría de las universidades lo han abandonado si es que en un pasado hubieron de perseguirlo.
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