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¿Nos conduce Internet a la ruina?

miércoles 16 de octubre de 2013, 20:43h
Aunque parece que lleva siglos entre nosotros, Internet, así, con mayúscula, nos acompaña muy pocos lustros y, significativamente, menos de quince años. Por eso, su impacto económico, social y político está en permanente evaluación. Ya sabemos lo que es y para qué sirve, pero no sabemos lo que va a ser y las repercusiones que tendrá en lo colectivo y en lo personal. Pero empezamos a averiguarlo, y más allá del elogio y la fascinación por la herramienta, más allá de la utilidad de la rapidez y extensión en la información y la comunicación, empezamos a detectar que algo no funciona, que algo está cambiando a una velocidad indigerible, que emergen víctimas como después de un maremoto y empezamos a pensar que, en efecto, estamos ante un verdadero tsunami.

Para no entrar ahora en analizar todo el impacto de Internet, porque no sería cosa de un artículo, sino de un libro y casi de una enciclopedia, dejaremos para otro día las repercusiones sociales y políticas. Parémonos sólo en lo más prosaico: ¿es Internet una vía para el enriquecimiento o es un camino hacia la ruina?

Hasta esta época, los procesos históricos de cambio de modelo productivo han podido ser dramáticos, pero han tardado décadas en desarrollarse. Así sucedió con el maquinismo, con la industrialización. Ahora, con Internet, lo que está en juego es otra u otras cosas que coinciden con las anteriores revoluciones en que afectan al empleo y a la riqueza, sólo que lo hacen mucho más rápido.

Si un sector es afectado por Internet, ya sea porque esta red casi gratuita "libere" o abarate productos o contenidos, puede pasar de la prosperidad a la quiebra en pocos años, casi en meses. De hecho, ya ha pasado, porque el impacto de Internet es el que será, pero también el que ya ha sido. No voy a poner ejemplos, porque es de poco gusto.

Empecemos por el comercio de productos. A gente lista se le ocurrió que en el terreno de la distribución (y también en el financiero), el uso de Internet podía abrir un enorme hueco de negocio por abaratamiento de precios a cambio de carecer de sedes de distribución y de personal de venta. A esta gente lista se le despreció por parte de las estructuras con solera porque los responsables de éstas entendieron que el comprador desconfiaría de lo que no tocara con sus propias manos. Y así pasó al principio, hasta que, poco a poco, el usuario de mundos virtuales pasó sin dificultades a la compra virtual. Si ya se veía un juego en un ordenador como algo real ¿por qué no iba a pasar lo mismo con una lavadora? Y más si la lavadora rebajaba un veinte por ciento su coste por tienda virtual. (Sin duda por casualidad con la publicación de este artículo coincide la noticia del preconcurso de acreedores de Fagor).

Todavía estamos en el comienzo de este camino, pero es vertiginoso. Dentro de una década, la persona que compre un producto en mano, desde ropa a electrodomésticos, desde libros a periódicos, empezará a verse como un extravagante y rico comprador de antigüedades, con limusina en la puerta, caniche en la mano y zorro plateado en el cuello. Es decir, un sibarita a quien no le importa tirar el dinero.

No es una exageración, sino una tendencia evidente que algunos, incluidos gobiernos, empiezan a entender como amenaza. Francia, sin ir más lejos, está manifiestamente de uñas con Amazon, la plataforma global de ventas por Internet que tiene en ese país su sede... pero que vende tranquilamente en España. País, el nuestro, en el que cada cosa que se compra en Amazon no se compra en nuestros centros comerciales, como es obvio.

Si lleváramos esta tendencia a su límite, en un futuro inmediato no harían falta comercios físicos de ningún género. Ni libros ni periódicos que se pudieran tocar con las manos. Ni sedes bancarias donde tratar un crédito (lo que parece bastante obsoleto, esto último, y no precisamente por Internet). Y cuando no hacen falta sedes, menos falta aún hacen las personas.

Es cierto que Internet afecta sobre todo al mundo de los servicios, más que al de la industria. Pero también habrá una buena parte de ésta que resulte rozada por el cambio. Pongamos, por ejemplo, las rotativas de periódicos. O los muebles de oficina. O las papeleras. O las empresas de mobiliario de oficina... Incluso la industria relacionada con la electricidad, la telefonía fija, la construcción y muchísimas más.

En general se sostiene que sólo es un problema de adaptación a los cambios, de reconversión. La duda que queda ahora es si la rapidez del fenómeno permite esa adaptación a la misma velocidad que el cambio se produce. Porque, por ejemplo, el caso de la minería del carbón, que se descubrió como ruinosa hace cuarenta años, todavía está en proceso de adaptación, aunque pueda darse como liquidada desde el punto de vista de su importancia económica. Y aún sigue con ayudas públicas para que esa reconversión, como fue la de los astilleros, pudiera ser absorbida con el menor coste social posible, a costa de repartir ese esfuerzo entre toda la sociedad contribuyente.

Son ahora, sin embargo, tantos los sectores presumiblemente afectables por Internet que no hay rescate posible. Luego sólo queda la adaptación personal y empresarial. Unos hacia el mundo de lo físico, de aquello que de ninguna manera pueda ser distribuido por vía digital, y otros bajo la teoría de que si no puedes con tu enemigo, únete a él, y meterse ellos mismos en el universo virtual como plataforma de negocio.

Habrá que elegir muy bien el futuro, sin duda. Más cuando uno lee noticias como la de este miércoles, que cuenta que la exitosísima red social Tweeter lleva ocho trimestres consecutivos en pérdidas, pese a doblar su volumen de negocio. Lo que indica de forma más que alarmante que Internet absorbe ganancias como Saturno devoraba a sus hijos, pues puede ser lugar en el que el éxito no te garantiza rentabilidad por su propia esencia de herramienta gratuita.

Quizá la clave esté en que, como sucedió con los periódicos gratuitos, en Internet se pensó que lo que importaba era la difusión y el dinero vendría por la publicidad lograda por esta vía. Y la cultura del usuario de Internet fue la del gratis total, hasta el punto de considerar una ofensa que alguien quiera cobrar por algo (cuya producción cuesta, sin embargo, trabajo de muchas personas, sedes, servidores y muchas cosas más). Pero no es tan sencillo porque, como se ha demostrado desde Estados Unidos hasta España, no hay publicidad en el mundo que aguante el universo de Internet, y más si el buscador hegemónico Google se lleva la mitad de ella a su saca.

Queda, por tanto, el e-commerce. Pero ahí también hay truco, porque la capacidad de "cartelización" de esas compañías es enorme, ya que en un mundo globalizado es muy difícil imponer leyes antimonopolio como se hace en nuestro país o en el mundo desarrollado (y ni siquiera con total éxito). Y queda también, por supuesto, el uso de los datos recogidos en las webs para su venta, lo que es una práctica habitual pero cuyo destino terminará por ser el Código Penal.

En resumen, algunos serán capaces de sobrenadar la marea de Internet, pero otros están al borde del abismo y aún no saben por qué. Y los gobiernos tienen un problema y, si Dios no lo remedia, tardarán la clásica eternidad burocrática en afrontarlo, por lo que la velocidad de la Red se los comerá por los pies. Y, como unos u otros no estén atentos, lo de la burbuja inmobiliaria impulsada por la sobreoferta y el sobrecrédito será una broma en comparación con la burbuja comercial y laboral que Internet va a explosionar.
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