Más sobre los aparcamientos
jueves 17 de octubre de 2013, 19:45h
Mis amigos-lectores me han sugerido que insista en el tema y para animarme me han proporcionado más datos de hecho sobre los que en Hispanoamérica llaman “parqueos” o “aparcaderos”. Andrés me comenta que, en realidad, las columnas de los aparcamientos no están debidamente fijadas sino que son móviles, pues cuando crees haberla evitado te reaparece de nuevo y te deja su indeleble señal para mostrar tu evidente impericia.
Ramón me dice que los aparcamientos los diseñan los arquitectos (yo pensaba que eran los albañiles). Me sorprende que estos señores tan magníficamente preparados hagan obras tan antipáticas, pero me contesta que los arquitectos se clasifican en buenos, malos y regulares. Los primeros, los buenos, pueden hacer fachadas y hasta escaleras interiores calificadas hasta de maravillosas. Los regulares diseñan diferentes tipos de edificaciones en plan ni fu ni fa. Los malos, en fin, como en cualquier oficio. Pero todos –concluye Ramón- coinciden en una cosa: no garantizan (quizás todo lo contrario) que lo que se construye con sus planos sirva para la finalidad pretendida, o al menos lo dificultan todo lo que pueden.
Juan Antonio asegura que las constructoras echan la culpa a los arquitectos y éstos a las constructoras, pero los que sufren la carrera de obstáculos de vigas, columnas, rampas, giros imposibles, suelos deslizantes, techos bajos y demás, son los usuarios, también calificables de sufridores.
Santa paciencia demuestran incluso para entrar en uno de estos infiernos, soportando largas colas con el tubo de escape a pleno rendimiento hasta alcanzar el aparato expulsor de tickets con código de barras que te da la bienvenida mientras fotografía tu matrícula y te la recuerda. Junto al aparato susodicho se suele situar un propio que te invita a pasar por el lavadero a un precio dos o tres veces superior al habitual, al que has de agradecer su amabilidad rechazando con sonrisa su oferta.
A partir de ese momento empieza el martirio de hallazgo del minúsculo espacio que los concesionarios de los aparcamientos destinan para los vehículos. Al calcular el tiempo de estancia deberían restar no menos de 5-10 minutos, que es el empleado en la búsqueda, en las maniobras y en la salida. Pero son insaciables depredadores de la cartera ajena. ¡Qué decir de los garajes antediluvianos, abandonados a la suciedad, que se anuncian con una inmensa P sobre fondo azul en la puerta, y cuyo precio por minuto es de delito de usura!. Han tenido que instalar máquinas de cobro con tarjeta de crédito por lo abultado de las minutas. A veces te cuesta más aparcar el coche que la cena. Eso sí al salir el aparato tragador de ticket te vuelve a saludar y te desea buen viaje. ¡Que le den!.
Como sentencia mi amigo Juan Ignacio, los españoles deberíamos dejar de llamarnos españoles y adoptar el sobreapodo de “los quemaos”.
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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