La villa de los papiros
sábado 19 de octubre de 2013, 19:42h
En la antigüedad clásica existieron grandes y famosas bibliotecas. Ninguna sobrevivió al Imperio Romano. La de Alejandría, fundada por los discípulos de Aristóteles; la de Pérgamo, orgullo de los Atálidas; la de Celso, cuya hermosura arquitectónica aún nos conmueve, todas fueron pasto de las llamas. Ni siquiera la biblioteca de Constantinopla, creada trescientos años después de Cristo, logró llegar a los tiempos modernos. La única excepción en esta historia de destrucciones fue la biblioteca de Lucio Calpurnio Pisón, propietario de la Villa de los Papiros de Herculano.
Como Pompeya y Oplonti, Herculano quedó sepultada bajo la intensa lluvia de ceniza que esparció el Vesubio en agosto del año 79. La Villa de los Papiros se encontraba al noreste de la ciudad, cerca del volcán, y fue de las primeras en verse afectada. Lo único positivo de la catástrofe es que se salvaron las obras de arte y la biblioteca. Esta había sido ya empaquetada para su traslado a un lugar seguro. Robert Harris, en su novela Pompeya, supone que Plinio el Viejo, comandante de la flota romana en el golfo de Nápoles, iba a encargarse de ello. El sabio, sorprendido con algunos de sus soldados por los gases, fue, sin embargo, otra de las víctimas de la tragedia.
Aunque nada puede asegurarse al respecto, parece que el fundador de la biblioteca de la Villa de los Papiros fue su constructor, el citado Calpurnio Pisón, suegro de César y cónsul en el año 58 a. de C. Hombre dudoso, supo apoyar en el momento oportuno a su peor enemigo, Publio Clodio Pulcro, el mismo que gracias a la Lex de capite civis quitó de la circulación política a Cicerón, y gracias a ello recibió en recompensa el gobierno de Macedonia y la biblioteca del orador. A cambio fue castigado con el discurso que este le dedicó, In Pisonem, una de las obras maestras de la invectiva. “Compararé el más feliz de tus días –dice Cicerón- con el más triste de los míos: ¿qué debe preferir en tu opinión un hombre bueno y sabio, salir, como yo salí de la patria, deseándole sus conciudadanos la salud, la conservación y el regreso, o partir, como tú, execrado y maldecido por todos los romanos, deseosos de que tu viaje no tuviese término ni fin?”
Pisón, que era muy rico, se sirvió para formar su biblioteca de la ayuda de Filodemo de Gadara, un célebre filósofo epicúreo que ejerció gran influencia en figuras de la talla de Virgilio y Horacio. Aunque Cicerón alude a sus ideas peyorativamente –“tú, Pisón, no tomas lecciones más que en los establos, de gente de vida desordenada, y sólo sobre comilonas y vino”-, elogia a Filodemo, a quien considera poeta meritorio, especialmente en el género erótico. No es una alabanza caprichosa porque treinta y cuatro epigramas suyos fueron recogidos en la Antología Palatina. Su huella en la biblioteca es incuestionable, y no sólo por el predominio de los textos griegos sobre los latinos y de los tratados epicúreos sobre los de otras escuelas, sino por la presencia de numerosas obras propias.
El hecho de que el Vesubio estallara después de que la biblioteca fuera empaquetada fue desde luego una suerte. La ceniza volcánica chamuscó los rollos, pero permitió al enfriarse que estos se conservaran. Aunque los esfuerzos por leerlos se remontan a las primeras fases de las excavaciones (en 1793 se dio a la imprenta el primer tomo de la Collectio Prior, iniciativa de Carlos III de Borbón para divulgar los papiros), el miedo a dañar el material impidió culminar la tarea. Hoy, gracias a una técnica desarrollada en los 90, la imagen multiespectro (aprovechar la diversa reflectividad de la tinta y el papiro al ser expuestos a los rayos infrarrojos para leer lo escrito), confiamos en que pueda hacerse muy pronto.
Los curiosos no tendrán que viajar a Italia para enterarse de todo esto. Basta con que se acerquen a La Casa del Lector, donde además de la recreación virtual de la Villa se exhiben piezas arqueológicas valiosísimas: el célebre retrato pompeyano de Terencio Neo y su esposa, un papiro desenrollado de tres metros de longitud, vaciados en yeso de las esculturas que se encontraron en el yacimiento, la máquina para abrir papiros que ideó el abate Antonio Piaggio en el XVIII, imágenes de la antigüedad ligadas con el proceso de escritura (desde una pintada callejera al dibujo de una paliza a un estudiante en la escuela), etc. Un festín para los amantes de la arqueología y los libros.