La cortesía parlamentaria
domingo 20 de octubre de 2013, 19:03h
Las normas de educación bien pueden considerarse como una conquista de la civilización, un logro humano no casual, sino la consecuencia necesaria de la articulación pacífica de la convivencia. Las reglas de urbanidad no son algo superfluo, anacrónico o elitista, sino, muy al contrario, un elemento imprescindible para el adecuado funcionamiento de las relaciones entre personas y organizaciones.
Lo acabado de afirmar cobra mayor intensidad, si cabe, en su aplicación a la institución parlamentaria. Como pusieran de manifiesto autores tan dispares –y opuestos- como Kelsen o Schmitt, en el Parlamento la forma es casi tan importante como el fondo. El simbolismo democrático que encierra y, unido a ello, su condición de espacio deliberativo en donde se intercambian argumentos, hace que el elemento formal sea capital en la dinámica de las Cámaras Legislativas (en contraste con el ejecutivo, escenario en donde prima la decisión). En este ámbito se inscribe la denominada cortesía parlamentaria.
“The government by talking” –del que hablara Redlich- exige que la expresión de la palabra en las asambleas se realice en unas condiciones de absoluta libertad, sin que se produzca la más mínima interferencia o perturbación en la “tranquilidad de ánimo” necesaria para el intercambio y contraste de pareceres políticos. En la historia de los Parlamentos no han faltado momentos en los que dicha libertad se ha perturbado de manera grave, con efectos políticos de indudable trascendencia, por la coacción que sobre representantes de determinadas opciones políticas se ha ejercido (sea desde otros escaños, desde las tribunas del público o desde la calle). Así, cabe recordar al respecto, las célebres interrupciones del orden parlamentario protagonizados por los distintos Estuardos, o las graves confrontaciones en el Reichstag alemán que culminarían con el incendio de éste en 1933, o el ambiente intimidatorio en la Asamblea revolucionaria francesa que pesaba sobre los diputados de la Gironda, antesala de la inauguración del Terror robespieriano.
Pero, más allá de las patologías o atentados más graves a la convivencia parlamentaria, la corrección y el mutuo respeto consustanciales a la propia existencia de las Cámaras son un tesoro que ha de preservarse en cualquier tiempo y circunstancia. Por ello, las “normas de juego” de toda Asamblea, los Reglamentos parlamentarios, contienen en todos los países reglas que velan por la salvaguarda de la cortesía parlamentaria. En este sentido, cabe citar las normas que regulan el uso de la palabra, sancionándose (mediante llamadas al orden que pueden tener consecuencias disciplinarias) la utilización de expresiones ofensivas al decoro de la Cámara o de cualquiera de sus miembros. Con todo, es esta una cuestión que trasciende las normas reglamentarias. El uso parlamentario y, por lo tanto, el respeto a la institución representativa de la soberanía y de las distintas tendencias políticas presentes en el titular de la misma, exigen de cada representante el ser en todo momento conscientes de ello y acomodar su actuación a la cortesía parlamentaria más allá de lo estrictamente establecido en los Reglamentos. De esta forma, por ejemplo, han de evitarse en los discursos las alusiones y, más aún, las descalificaciones personales. En esta línea se inscribe también la costumbre vigente en algunos Parlamentos de que las alocuciones se dirijan al Presidente de la Cámara y no al adversario (lo que subraya la ausencia de animadversión personal que podría enturbiar el debate). De igual modo, los tratamientos presentes en determinadas Cámaras (destaca el “honorable” del Congreso de Estados Unidos) favorece el diálogo parlamentario sereno y profundo.
Los británicos, una vez más, son los maestros en el terreno comentado. Se ha llegado a afirmar que en Westminster impera una concepción olímpica de la política, en la que el “fairplay” y la deportividad brillan con luz propia. Y, ciertamente, el concepto de “juego” (“game”, playground”) es algo muy inglés, inculcado desde la escuela (incluso, se ha señalado que la tradicional concepción inglesa de la guerra tenía, por paradójico que pudiera parecer, un componente lúdico o deportivo evidente). Un instituto muy británico como es el “pairing” responde a esta concepción. Mediante el “pairing”, ante la ausencia justificada de un parlamentario, otro diputado del grupo “rival”, que presumiblemente votaría en sentido contrario, renuncia a participar en la votación (en Estados Unidos se le da la oportunidad de expresar su voto, si bien no se computa). Al margen de ello, el debate en la Cámara de los Comunes sobresale por su extremada corrección, no reñida con la profundidad de argumentos y la contraposición de propuestas. La cortesía es el oxígeno vital de las Casas del Parlamento y, por ello, es preservada con el máximo celo por todos sus integrantes. Así, desde nuestro país sorprendería comprobar cómo hace unos meses el Speaker de las Comunes, el tory John Bercow, en el curso del “question time”, demandaba al Premier Cameron que retirase una afirmación anterior pues “la palabra hipocresía aplicada un miembro individual de la Cámara (el jefe de la oposición Ed Milliband) no es parlamentaria”. Ni que decir tiene que la petición fue rápidamente atendida por el actual ocupante del 10 de Downing Street.
Hoy en día el público parece exigir la enemistad personal o, como mínimo, la ausencia de cordialidad entre representantes de distintos partidos. Así, aquél se sorprende, con la consiguiente crítica, al comprobar que muchos políticos de opciones contrapuestas mantienen una buena relación personal, incluso de amistad. Craso error. Un sano parlamentarismo no es incompatible con lo anterior, es más, la referida exigencia y su eventual realización práctica de ininterrumpida hostilidad “ad hominem” no esconde sino la pobreza o incluso la falta de argumentos y propuestas políticas de fondo. Pitt y Fox, Disraeli y Gladstone unieron a una intensa contraposición de posiciones políticas y, más aún, de caracteres en muchos aspectos antagónicos, un profundo respeto personal desde el que se escribieron las más brillantes páginas del parlamentarismo clásico. Siempre ha de preferirse el ágora a la arena.