EEUU: el verdadero daño
jueves 24 de octubre de 2013, 20:34h
La prensa mundial nos viene informando, todos los días, que la reciente crisis por la financiación del presupuesto, recién aprobado apenas horas antes de caer en cesación formal de pagos, generó importantes daños a la economía, al nivel de actividad económica, las tasas de interés, la cotización de los bonos del Tesoro, los índices de empleo y otros indicadores de similar importancia.
Sin embargo, existe un costado de la crisis que apenas ha sido señalado: el daño infringido a la fe en la democracia. A la democracia no como principio teórico sino como sistema capaz de solucionar los problemas concretos con justicia pero también con la debida eficacia.
Ningún sistema está exento de sufrir crisis, la democracia incluida, pero la democracia no cancela los problemas, solo garantiza tratarlos con mayor equidad y legitimidad que cualquier otro. Pero aun así, si no se trata a los problemas con eficacia, todo el sistema entra en cuestión, hasta incluso resultar suprimido, como bien sabemos los latinoamericanos en general y los argentinos en particular.
Es de la esencia del éxito de los Estados Unidos, como país en lo interno y como estado en el mundo, el hecho de que, en sus docientos treinta y siete años de existencia, ni un solo día dejó de funcionar en democracia republicana, que no se interrumpió ni siquiera en medio de su guerra de la Independencia contra Inglaterra, ni después en las dos guerras mundiales, ni a lo largo de la prolongada Guerra Fía.
En todo ese tiempo, ninguna crisis, por importante que fuera, los hizo suprimir o suspender un sistema de transacción de intereses que siempre les resultó legítimo y, al mismo tiempo, eficaz.
Hasta ahora, porque sus representantes en el Congreso –de los dos partidos- llevaron el enfrentamiento a un límite demasiado cercano al desastre económico y, mucho peor, a la evidencia de que, por primera vez, esos protagonistas del sistema republicano fracasaban en armonizar los intereses en juego con el interés nacional prevalente de mantener el sistema de decisiones democrático. ¿Se podrá medir el daño que esta crisis ha causado a la confiabilidad de los ciudadanos en el sistema de aquí para adelante?
Antes de la mitad de este siglo, el eje económico del mundo saldrá –luego de tres siglos- de lo que conocemos como Occidente para instalarse en China y su zona inmediata de influencia. Esa mudanza incluirá la subsiguiente disminución de nuestro peso político y, con el tiempo, también el estratégico y militar. Eso no es bueno ni malo, corresponde a la evolución de la Historia. Lo que distaría de ser bueno es que el mayor logro de nuestra cultura, el sistema democrático, comience a resultar deteriorado, no por la competencia de algún otro sistema competidor, sino por la incapacidad de nuestros gobernantes de cumplir su cometido como corresponde.