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Enseñanzas de una huelga estudiantil

miércoles 30 de octubre de 2013, 20:23h
Como morfena derivativo que es de holgar, con su doble connotación de asueto y diversión, huelga es palabra muy atractiva para estudiantes, y la invitación a participar en una suele hacerse con la certeza de que se contará con un número apreciable, sino exactamente de huelguistas, sí al menos de practicantes de la holganza. Hay quien no entiende muy bien cómo pueden declarar huelga, en sentido estricto, los usuarios de un servicio, y debiera hablarse de boicot o algo así, pero no es cosa de andarse con pamemas léxicas cuando de lo que se trata de es perturbar el funcionamiento de las instituciones de enseñanza para que se vea quién manda de verdad ahí, o para otros de ahorrarse unas clases. Naturalmente, cuenta eso tan sabido de la generosidad entusiasta de la juventud en pro de las causas justas y el profundo desasosiego que no dejan de mostrar por la calidad de lo que se les enseña y algunos aprenden, aunque case mal con la resistencia numantina a ampliar los temarios o dar por explicadas, y exigideras en examen, las clases perdidas por huelga.

Algunos, pocos, medios de comunicación han reflejado las dificultades que los estudiantes de secundaria y universitarios que han alentado la última huelga tenían para explicar sus motivos. Ideas vagas, cuando no erróneas, y principios generales oídos por ahí o transmitidos por sus profesores-agitadores, pero ausencia de razones concretas e informadas. Quien lo (com)probó, lo sabe. Por ejemplo, los que invocaban la subida de las tasas desconocían exactamente qué pagan ni que porcentaje de eso cubre el coste total de su plaza universitaria. La ley con la que el Ministerio de Educación quiere justificar su razón de ser política concita odios africanos pero será difícil encontrar a alguien que haya leído el anteproyecto, y por eso todo puede quedar en el resumen oído a la hija de un muy próspero comerciante: “quieren echarnos de la Universidad a los hijos de los obreros, como hacia Franco”. Ante argumento tal, peligroso sería aclarar que el proyecto no tiene nada que ver directamente con la Universidad porque el que tal hiciera quedaría sambenitado de franquista hasta el final de sus días, especialmente por quienes nacieron cuando Franco llevaba lustros fuera del mundo de los vivos. Por supuesto que todo podía ser, y no ha sido en efecto otra cosa, una protesta de oposición al gobierno y nadie discutirá a estudiantes mayores de edad, a profesores o maestros o a ese ente nebuloso llamado “comunidad escolar”, su derecho de hacerlo. Especialmente si se muestran dispuestos a respetar el derecho de los demás a hacer otra cosa; por ejemplo asistir a clase. Pero, bien aprendida la lección que dan sus mayores sindicales cada vez que les peta, los estudiantes protestatarios han recurrido a la coacción de esas partidas de la porra a las que se prefiere llamar eufemísticamente piquetes. Grupos que con amenazas y atropellos violentan a otros para que no hagan lo que quieren hacer y se sometan a lo que ellos quieren que hagan. Una vulneración impune de la libertad ajena que las sociedades libres dan más o menos por buena. No hay cuantificaciones contrastables de cuántos estudiantes universitarios apoyaron en España la pasada huelga de la enseñanza, ni siquiera de cuántos no fueron a clase ese día, pero entre éstos, además de huelguistas y holgantes, hubo un porcentaje quizá igual de quienes no lo hicieron porque no les dejaron o porque sabían que no les iban a dejar.

El año pasado hubo en Quebec huelgas y disturbios estudiantiles de notable gravedad. El partido Liberal, entonces en el gobierno subió el coste de las matriculas dentro de un plan de reordenación general de la enseñanza superior (por cierto, una reforma anulada en cuanto el partido Québécois volvió al poder en otoño, con la irresponsabilidad que es propia de nacionalistas o socialistas en estas cosas) Hace ahora unas semanas se ha dictado una sentencia que obliga a las asociaciones estudiantiles convocantes a reembolsar a un estudiante de historia de Laval que denunció sus coacciones las clases no recibidas y los costes de desplazamientos inútiles. Existe además una asociación de estudiantes que exigen también compensaciones y han denunciado a dirigentes de las asociaciones estudiantiles organizadoras de los paros. El estudiante que ha ganado el litigio entablado no reclamó tanto, que también, por los dólares que perdió como por el hecho de que su clase de más de ochenta estudiantes se viese sojuzgada por un grupo de una docena, porque la minoría radical se impusiese a la mayoría impunemente. Es toda una lección aprendida de una huelga estudiantil que, seguramente, aquí ningún juez podría, ni tal vez querría, impartir.

Demetrio Castro

Catedrático de Historia del Pensamiento Político

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