Albert Rivera y el extremo centro
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 30 de octubre de 2013, 21:40h
Hay que reconocer originalidad en España ya que, mientras las crisis suelen producir alternativas extremistas hacia la izquierda o hacia la derecha, aquí la novedad es que lo que está alumbrando es el extremo centro. En Francia, por ejemplo, la novedad es la pujanza del Frente ultraderechista de Marine Le Pen, a quien los sondeos la perciben como mayoritaria en votos. Aquí, la noticia es la emergencia del grupo nacido como Ciutadans en Cataluña y difundido ahora como Movimiento Ciudadano para el conjunto de España.
En situaciones de penuria nacional y de desgaste de sus gestores políticos (PSOE primero por el centro izquierda, y PP después, por el centro derecha) lo esperable (no deseable) era que emergieran alternativas anti sistema. Estuvo a punto de pasar con el movimiento del 15-M, que empezó con la idea más o menos neutral de la "indignación" colectiva ante las salidas tradicionales del sistema, pero que terminó fagocitado por un modelo anarquista de izquierda que por no ser capaz de organizar una salida a los problemas no fue capaz ni de organizarse a sí mismo.
También pareció que despuntaba la izquierda "oficial", la que representa Cayo Lara con su discurso comunista edulcorado bajo las siglas de Izquierda Unida. Y casi lo apuntaban (y aún prevén un cierto crecimiento) las encuestas, hasta que algunos han empezado a sospechar que mucha alternativa a los grandes partidos no parece, cuando esta formación aparentemente insobornable se dejaba los principios en el armario para pisar moqueta con el PSOE en Andalucía. El mismo PSOE que había protagonizado un régimen capaz de alimentar la corrupción institucionalizada de los eres. Pero también un PSOE que aprovechó su oportunidad de lavarse la cara con un cambio de liderazgo, mientras los comunistas que sostuvieron el chiringuito se quedaban con las vergüenzas al aire y no sabían cómo salir de la red en la que habían quedado atrapados. Tontos útiles, pues, como siempre que se acercan al PSOE con la ilusión de tomarle el espacio electoral de la izquierda y se encuentran con que es el mismo PSOE el que les abrasa como la polilla cuando se acerca demasiado a la vela.
Por el lado de la extrema derecha sigue, por fortuna, sin haber novedad en el frente. Y no porque no haya nadie que pudiera encuadrarse en esta ideología, sino porque tiene connotaciones muy casposas y no da pie a ningún liderazgo. Y otros extremismos están demasiado ocupados en plantear fracturas territoriales que carecen de venta nacional.
Por eso, en este panorama de relativo fracaso de la política convencional se ha alumbrado la original alternativa del extremo centro. La encarna un tipo simpático y flexible que se llama Albert Rivera y que tiene la capacidad instintiva de aprovechar las vacilaciones de los grandes partidos para pescar en sus caladeros. Por eso, Rivera puede robarle la cartera al PP sobre la unidad nacional, y al PSOE sobre sus matices socialdemócratas. Puede defender a la vez la Constitución y plantear reformas constitucionales sin tocarla, como la Ley Electoral. Puede ser indignado y convencional, unionista y autonomista, liberal y social. Tiene cara de ser lo que quiera en cada momento, porque ése es el privilegio que se le otorga a la juventud.
En realidad, como extremo centro que es, el Movimiento Ciudadano no tiene ideología, sino posición estratégica. Tiene frescura y simpatía, y no genera rechazo, porque tampoco sabe nadie exactamente lo que es y cómo gobernaría. Y tanto es así que, con todo desparpajo, Rivera ha dicho en su famosa presentación del Teatro Goya, que el Movimiento que preconiza se disolvería si el PSOE o el PP se comprometieran a aplicar sus principios programáticos de regeneración. Lo que a su vez llevaba implícito que, si no se acepta su reto, el mismo Rivera y los suyos se convertirían en partido político para la liza nacional.
Albert Rivera ha conseguido con su aparente inocencia sacar los colores a todos los demás. A la primera, a Rosa Díez, a la que Rivera ha tendido tanto la mano que la ha dejado en evidencia. Porque la señora Díez tenía un punto flaco que Rivera ha sabido explotar: su personalismo. Y Rivera le ha comido el terreno precisamente con el mensaje de su gran generosidad al proponer un pacto. Generosidad posiblemente genuina, pero cuyo efecto es que cada vez que la plantea deja en peor lugar a su interlocutora. Y, o ésta reacciona rápido, o va a ver cómo la estrella de sus votos empieza a declinar a la misma velocidad que surgió.
Rivera tiene, pues, instinto de liderazgo moderno, en el que importa menos imponer el carisma que utilizar la seducción. Ha oteado el horizonte y ha descubierto que hay muchas almas políticas decepcionadas y desconsoladas, y, en vez de convocarlas tras una bandera, lo que ha hecho ha sido repartir abrazos de apoyo, más como sacerdote que comprende al feligrés desconcertado por el duelo que como maestro de escuela que exige alumnos aplicados.
Mucha gente, y no poca bastante inteligente, ha aparecido detrás de Rivera. Algunos que estaban encuadrados en partido y muchos otros que no lo estaban ni lo hubieran estado jamás en los aparatos tradicionales, pero que en el Movimiento Ciudadano ven una casa utópica y confortable. Desde luego, mucho más acogedora que la de los esclerotizados y endogámicos partidos que parecen arrastrarse bajo el peso de la crisis y de su propia historia, no siempre edificante pero también exageradamente desprestigiada por los agobiados ciudadanos.
La mejor noticia de la pujanza de Rivera es que de la sociedad española ha surgido una alternativa amable, cuando hubiera podido salir una hosca, xenófoba, radical o violenta. Una alternativa simpática y transversal, para la que no se prevé poder sino bisagra.
Habrá que ver cómo gestiona Rivera este asunto, porque los dioses ciegan a quienes quieren perder, pero ahora es un aviso, un toque de atención, una llamada. Serán los votantes, si es que Rivera decide presentarse a nivel nacional, los que decidan, porque puede ofrecer aire fresco, pero tampoco necesariamente gestión eficaz de gobierno, y alguien tiene que gobernar este bendito país. Sólo que, para muchos, tal vez sea más importante ahora enarbolar una cierta esperanza que la adusta práctica de estricta gobernanta que Bruselas ha decidido endosarnos para purgar nuestros pecados.
Tendrán que ser los partidos históricos los que decidan si se pueden permitir algún punto de empatía ciudadana o sólo mantener el mensaje de la sangre, el sudor y las lágrimas. Porque en eso llega un tipo sonriente y les madruga la chica, pues de seducción se trata también en la política.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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