De iustitia
jueves 08 de mayo de 2008, 00:02h
El monumental retraso que acarrea la Administración de Justicia es de sobra conocido. Pero además, ahora hay un dato que resulta especialmente escandaloso, y es el de sentencias penales pendientes de ejecución: 270.000. Dicha cifra la ha facilitado el máximo órgano de gobierno de los jueces, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). La obtención de la misma ha sido fruto del informe elaborado por el Servicio de Inspección del CGPJ, a raíz de sucesos tan funestos como el asesinato de la pequeña Mari Luz en Huelva. Ante la alarma social generada –sumamente justificada, por otra parte- porque el asesino estuviese en busca y captura, y dado que esta tragedia pudo haberse evitado, el CGPJ ordenó una inspección, y los resultados son muy preocupantes.
Bien es verdad que el propio CGPJ se ha apresurado a matizar que el hecho de que una ejecución esté pendiente puede también significar que la sentencia en cuestión bien puede haber comenzado a ejecutarse ya, pero tal premisa se antoja insuficiente. La pasada huelga de trabajadores de Justicia puso de manifiesto las carencias de un sector endémicamente mal dotado de medios técnicos, humanos y económicos. Casos como el de Mari Luz, por desgracia, pueden volver a repetirse si alguien no toma cartas en el asunto. Falta por conocer qué opina el principal partido de la oposición en un asunto tan grave, máxime cuando la formación de la mayor parte de sus líderes “visibles” –es un decir- es eminentemente jurídica. Además, aunque las transferencias en materia de Justicia estén transferidas, hay ámbitos de actuación estatales, y al Estado pues corresponde pedir cuentas. Es de justicia
SARKOZY Y LA OPINIÓN PÚBLICA
Ahora que se cumple un año de su llegada a la presidencia francesa, Sarkozy ha preferido celebrar su primer aniversario en el Eliseo de una manera discreta y sosegada. Al mandatario francés le ha bastado un año para que su nivel de popularidad caiga en picado, hasta convertirse en el presidente peor valorado de la historia de Francia. Los franceses no le han perdonado su ajetreada vida sentimental, ni las actuaciones estelares salidas de tono, más propias de un personaje de la farándula o de un superhéroe de película americana, que del presidente de la República francesa.
A lo largo de su carrera Sarkozy se ha mostrado como un animal político que, además de carisma, inteligencia y poder de decisión, tiene grandes dotes para la comunicación política, una cualidad vital para ejercer la política hoy en día. Fue su baza principal para derrotar a Ségolène Royal durante el debate que mantuvieron poco antes de las elecciones generales en el que medio mundo se rindió ante el poder de seducción del pequeño gran hombre que venía a salvar a Francia de su abotargamiento.
Paradojas de la vida, esa faceta mediática que tanto le sirvió en su momento, ha sido la que ha acabado sepultando al Sarkozy serio, ejecutivo y eficaz. El presidente francés ha hecho muchas cosas bien a lo largo de este año: ha cerrado acuerdos en materia antiterrorista con las autoridades españolas, asignatura pendiente de sus antecesores; ha ejercido una importante labor en materia exterior, devolviendo a la senda correcta las relaciones entre EEUU y Francia, sin traicionar la vocación europeísta de su país... Si bien es cierto que a Sarkozy aún le queda mucho por hacer para lograr su ansiada “reforma” de Francia, la balanza de su gestión trae un saldo positivo.
El lastre que le ha valido la animadversión de sus compatriotas ha sido, por encima de todo, su faceta mediática que ha transmitido una errónea imagen de personaje poco consistente, más preocupado por su imagen, enviar mensajes de amor despechado a ex esposas desagradecidas y mostrar al mundo que es capaz de conquistar a supermodelos. Sin embargo, detrás de eso hay un presidente serio y eficaz, al que aún le quedan otros cuatro años para recuperarse. En política el 90 por ciento es imagen y, afortunadamente, parece que Sarkozy empieza a tomar conciencia de que este año ha elegido la menos adecuada.
TERROR EN BIRMANIA
Desde hace ya demasiado tiempo, los habitantes de Myanmar -antigua Birmania- se han acostumbrado a vivir con miedo. Tal estado ha pasado a resignación, incluso después de que un tifón haya arrasado el país, borrando del mapa poblaciones enteras y segando la vida de miles de vidas humanas. Las últimas cifras hablaban de 24.000 muertos, sin contar heridos ni desaparecidos. Y esa resignación es la que ha sorprendido enormemente a los turistas que han vuelto de allí y han logrado contar lo dantesco de la situación.
Quien vive sumido en un estado de terror permanente, fruto de la represión continua de un régimen totalitario, se habitúa con triste resignación a las penalidades. Una más, por fuerte que sea, no le afecta del mismo modo que a alguien que vive en libertad. La comunidad internacional se ha apresurado a ofrecer ayuda, finalmente aceptada por el gobierno de Rangún, tras su negativa inicial. Tal desatino sólo se entiende en el marco de una dictadura de corte marxista -aunque a ellos les guste definirse como “socialistas”- que ha hecho bandera del nulo derecho a los derechos humanos. Tan es así que, en una clara muestra de su desprecio por los suyos, censuró la información ofrecida por India 48 horas antes del desastre, so pretexto de que provenía del exterior.
La paranoia de estas ideologías suele caer en el sinsentido de creer que el mundo les espía porque les envidia. El “paraíso” del socialismo nos ofrece estos días otra más de sus versiones, lamentablemente con el trasfondo de una terrible catástrofe natural. Pero es que en Birmania, al igual que en Corea del Norte, Cuba y tantas otras dictaduras comunistas, la catástrofe forma parte del devenir cotidiano. Lo que ocurre es que están demasiado lejos como para que al mundo le preocupen, y además, la izquierda, esa que tanto se moviliza cuando le interesa, no parece que vaya a preocuparse en exceso por “meras anécdotas” -como dijo en una ocasión Gaspar Llamazares refiriéndose a la detención de disidentes cubanos por pedir libertad de expresión-. Ojalá el desastre de Myanmar sirva al menos para paliar la angustiosa situación de tantos y tantos seres humanos que carecen de algo tan vital como la libertad.