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Todo lo que era sólido

viernes 08 de noviembre de 2013, 20:23h
El último libro de Antonio Muñoz Molina -que tiene el título de este artículo- es muy sugerente. Lo es porque está escrito con la elegante claridad que este escritor tiene siempre, y porque posee la indignación que hace atractiva la condena moral de lo que describe: el reciente ascenso de una estupidez inaudita y el dramático derrumbamiento de “todo lo que era sólido” en la democracia española.

Antonio Muñoz Molina cita un verso de Antonio Machado: “Qué difícil es/cuando todo baja/no bajar también”. Con él ilustra una constante que se en-cuentra en sus críticas descripciones de lo que ocurría en España: salvo algunas minorías en el interior del país (y algunos informes extranjeros), la mayoría de la sociedad española (y casi todos los organismos internacionales) estuvieron en la más completa inopia sobre lo que verdaderamente ocurría.

De la noche a la mañana todo cambió: de creer que estábamos a punto de superar la riqueza de los principales socios europeos, pasamos a angustiarnos con la posibilidad de ser intervenidos económicamente como Portugal y Grecia, y por la trágica cifra de compatriotas que buscan desesperadamente trabajo.

Como del desengaño casi nadie se libró, la crisis económica se ha convertido en España en una crisis que afecta a casi todos los órdenes de la vida nacional. Muñoz Molina arranca su relato con la llegada a Nueva York de un constructor enriquecido en España, dispuesto a triunfar de la misma manera en Estados Unidos. Era valenciano, y se llevó a la ciudad de los rascacielos todo lo necesario para cocinar una gigantesca paella: 4.143 litros de agua valenciana, 247 litros de aceite de oliva, 1.520 kilos de arroz, 1.000 kilos de judías, 70 kilos de sal, 5,5 kilos de pimentón, y 5.000 kilos de pollo (¡y como no pudieron pasar la aduana americana, fueron sustituidos por pollos neoyorquinos!). En los meses finales de 2007, la empresa de este empresario (que la revista “Forbes” señalaba como una de las mayores fortunas del mundo) se evaporó completamente; en medio año perdió el 76% de su valor, y en 2008 no valía nada. El magnate está ahora viviendo en Brasil.

El autor es certero cuando opina: “Una mezcla del viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero bara-to que llegaba de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simu-lacros y festejos, de despliegues barrocos levantados para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras, conservadas no por apego a la tradición sino por la cruda persistencia del atraso.”

En paralelo se produjo una exaltación de “los hechos diferenciales” en todas las Comunidades Autónomas. Muñoz Molina recuerda la frase de Borges cuando visitó Irlanda: “dominados por la extraña pasión de ser incesantemente irlandeses”. Ese demencial y falso sentimiento de diferencia se expresó, entre otras cosas y a juicio del autor, en la literatura con la que se redactaron los recientes Estatutos autonómicos de Cataluña, Andalucía, Castilla y León, etc. (No cita el Estatuto valenciano, el más ditirámbico de todos). Muñoz Molina relaciona estos nuevos fenómenos sociales con una de nuestras peores tradiciones: la obsesión, por motivos religiosos, de la limpieza de sangre. El español, el vizcaíno, el catalán, etc., pertenecía a una comunidad religiosa y biológica, muy diferente de cualquier otra definida por la ley y los Derechos Humanos.

El autor se sirve con acierto de los ejemplos históricos para entender -por comparación- nuestros desastres recientes y nuestro incierto futuro. Refiriéndose a la actual tendencia a encontrar remotos precedentes a las Comunidades Autó-nomas, señala varias manipulaciones históricas. Por ejemplo, convertir “la derrota en redención”: no será Cataluña la única; vemos a Castilla y León con Villalar; o a Cantabria conmemorando unas legendarias batallas contra los romanos. Y ligado con estas “invenciones de la tradición”, encontramos esta otra definición: “el envejecimiento del presente”: se trata de vindicar hoy hechos que sucedieron hace siglos, y cuya actual utilización política es pura anacronía. Aunque posterior a la redacción de este libro, el ejemplo del congreso “España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014), lamentablemente, lo ilustra a la perfección. Es deprimente que el hijo de Santiago Sobrequés Vidal, un gran historiador académico catalán, coordine ese evento que desprestigia a la universidad catalana, de la que Jaume Sobrequés forma parte.

Antonio Muñoz Molina incide también en otro de los males de nuestra con-vivencia política y civil: la discordia constante, que considera al adversario como enemigo. Termino con dos citas sugerentes: “La democracia tiene que ser ense-ñada porque no es natural”. Él se define políticamente como un socialdemócrata; quiero pensar que otros que se definen de la misma manera, asuman esta frase suya: “Ahora necesitamos llegar a acuerdos que nos ahorren el desgaste de la confrontación inútil y nos permitan unir fuerzas en los empeños necesarios. Nada de lo que es vital ahora mismo lo puede resolver una sola fuerza política.”
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