Berlín y el Muro de la vergüenza
lunes 11 de noviembre de 2013, 20:01h
El 9 de noviembre de 1989 comenzó una nueva era para el mundo, en lo que muchos comenzaron a llamar el día de la libertad. En contraste, 1961 había sido un año triste para la historia de la humanidad, especialmente para Alemania, y más específicamente para Berlín. Ambas fechas están marcadas por la vigencia de uno de los monumentos más lamentables de que se tenga recuerdo, el Muro de Berlín.
El contexto histórico y el itinerario de la construcción de la muralla que separó las partes occidental y oriental de la antigua capital alemana están muy bien narrados en el completo estudio de Frederick Kempe, Berlín 1961. El lugar más peligroso del mundo (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012). Ahí confluyeron el interés de las autoridades locales, en especial el jerarca de Alemania Oriental Walter Ulbricht, con la contribución –a veces ambigua e incluso confusa– de la Unión Soviética de Nikita Kruschev, quienes procuraban detener la fuga de ciudadanos que se trasladaban a Berlín Occidental. Los movimientos de personas se habían acrecentado ante el evidente desarrollo que alcanzaba la República Federal Alemana liderada por Konrad Adenauer, contra la pobreza y estancamiento que se producía en la nueva República Democrática Alemana, bajo la conducción del Partido Socialista Unificado. La decisión se tomó con rapidez y pronto ya no fue posible transitar de un lugar a otro con libertad, comenzaron a aparecer alambradas, más guardias, finalmente el Muro.
Para los comunistas se trataba de una Muralla de Protección Antifascista, mientras en Occidente no se dudaba en calificarlo como el Muro de la Vergüenza. En alguna medida sirvió para detener efectivamente, por la fuerza, la oleada de emigración y en alguna medida puso un límite a las disputas entre el mundo occidental y la órbita socialista en el contexto de la Guerra Fría. Sin embargo, hay otro elemento crucial que merece ser destacado: entre los experimentos del siglo XX, Berlín y las dos Alemanias permitían comparar la situación política y el desarrollo económico de una democracia con economía libre contra un modelo socialista bajo control estatal de su economía.
Así lo resumió John F. Kennedy, en un impactante discurso de 1963, en Berlín y ante una fervorosa multitud: “Si hay en el mundo hoy día personas que no entienden o que dicen no entender qué se debate en el conflicto entre el mundo libre y el comunismo, basta con que les digamos que vengan a Berlín. Hay gentes que dicen que el futuro pertenece al comunismo. Que vengan a Berlín. Y hay todavía algunos que afirman que es cierto que el comunismo es un sistema perverso pero que les permite alcanzar un progreso económico. Que vengan a Berlín”. Más adelante Kennedy sentenciaba: “El muro es la demostración más terrible y más fuerte del fracaso del sistema comunista. El mundo entero ve esta declaración de fracaso” (reproducido en Dionisio Garzón, El Muro de Berlín. Final de una época histórica, Madrid, Marcial Pons Historia, 2013).
A pesar de eso, el Muro siguió existiendo. En su trayectoria, fueron muchos los alemanes que intentaron cruzarlo. Mientras unos terminaron su osadía en la libertad, otros fueron asesinados en el intento. Berlín Oriental era un triste misterio, mientras su homónimo Occidental representaba una esperanza. Las horas amargas de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y de la división posterior se agudizaron durante la Guerra Fría. El ejercicio de la violencia y la determinación del mundo socialista, sumado a lo que se llamaba las leyes ineluctables de la historia, parecían advertir que no habría vuelta atrás en el futuro.
Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar con el paso de los años, especialmente en la década de 1980. Los personajes principales anunciaban una nueva era (Thatcher, Reagan, Juan Pablo II, Gorbachov). También los sucesos en distintos lugares más allá de la Cortina de Hierro (movimientos sociales en la Polonia de Solidaridad, la Perestroika en la URSS, los contrastes entre un Occidente en pleno desarrollo y un comunismo estacionario). Eso permitió enfrentar y entender la evolución de la última etapa.
Un momento crucial se produjo con el famoso discurso de Ronald Reagan en 1987 ante la puerta de Brandeburgo, cuando se conmemoraban 750 años de la ciudad de Berlín: “Señor Gorbachov, derribe este Muro”, fueron sus escuetas pero determinadas palabras. El gobernante norteamericano no tenía las fuerzas militares que custodiaban el Muro en ese momento, pero sí la convicción de la superioridad moral de la libertad sobre el totalitarismo.
Un par de años después, a comienzos de 1989 el jerarca de la RDA Eric Honecker proclamaba –soberbio, inmutable– que “el muro de Berlín todavía existirá en 50 e incluso en 100 años”. Se equivocó rotundamente. A comienzos de noviembre, en medio de un ambiente cansino y con las convicciones socialistas languideciendo, Günter Schabowski (Secretario de Medios de Información) anunció que se podría viajar sin necesidad de justificar los viajes, lo que fue seguido por movimientos masivos y rápidos hacia el Berlín occidental. Los guardias esta vez no dispararon, y en pocas horas, en la noche del 9 al 10 de noviembre, la historia habría cambiado para siempre, con fiestas, música, murales y mucha gente moviéndose libremente. Increíble, impensable, pero histórico y real.
En Momentos estelares de la humanidad (Barcelona, Acantilado), Stefan Zweig señala que “un único “sí”, un único “no”, un “demasiado pronto” o un “demasiado tarde” hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad”. Eso fue lo que ocurrió en la jornada del 9 de noviembre de 1989.
En la vida de los pueblos no todas las historias tienen final feliz. Para el caso de Berlín, pocos han sufrido más que esta ciudad y que Alemania en general en el siglo XX, bajo la dictadura nazi y tras la dominación soviética, durante la vigencia del Muro y en los años de la Stasi. Pero en este caso hubo final feliz, el Muro se cayó de vergüenza y por la acción de un pueblo decidido a vivir en libertad.