La venganza de la historia
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 15 de noviembre de 2013, 20:38h
La referenciada en estas líneas no alude a alguno de los grandes fenómenos sociales, políticos o culturales en que se revela el desquite o poder justiciero tenido por la historia frente al orgullo, la ufanía o la irresponsabilidad de los distintos presentes que la componen. El tema es más modesto, pero por ello quizá menos adoctrinador de las grandes lecciones proporcionadas por Clío, la más severa de las musas; y concierne a su desaire frente a los que toman su venerable nombre en vano.
Entre los muchos que hodierno lo hacen –novelistas, guionistas de series televisas de “máxima audiencia” (y, por ende, tabla de salvación para canales y emisoras aterrorizados ante inminentes “Eres” nacidos de su frivolidad), directores de cine, etc.,- ningún estamento quizá más digno de censura que el de los exgobernantes y políticos en general. Acostumbrados, en términos globales, a la carencia casi absoluta de crítica del lado de sus conciudadanos, aquéllos de entre ellos que en número cada vez creciente se entregan a la escritura memorialística –por sí o, lo más frecuente, por manus servata- no se encomiendan ni a Dios ni al diablo a la hora de entregar sus textos a la imprenta. Ineluctablemente, el resultado ha sido hasta el presente estragador. De la ya profusa literatura memoriográfica de la Transición y la democracia son pocos los títulos que franquean una mínima frontera de rigor analítico y correcta redacción, estando de ordinario ausentes de sus páginas los valores que prestan al arte de escribir su enjundia y sugestión.
Sin situarse en ninguna posición de aristarco, lo divisable en los últimos tiempos en dicho panorama ofrece por lo común el paisaje de la planicie y la banalidad. Desde presidentes y expresidentes de gobierno de signo conservador o progresista hasta también presidentes de la principal cámara legislativa y de autonomías de singular relevancia como la catalana, sin olvidar la figura de ministros y mandatarios de primer nivel institucional, lo dado a la luz en la materia glosada no entraña de sólito aportación alguna de relieve al conocimiento profundo de la trayectoria reciente de nuestro país. Cifra no pequeña de tales libros es, en verdad, perfectamente prescindible para su estudio, y no tan sólo desde la perspectiva del futuro, sino también de la del mismo presente. Aparte, por ejemplo, de la, en ocasiones, impúdica exhibición de un rebosante ego y chismes de escaso interés, ¿qué otra cosa es posible hallar en los oceánicos recuerdos de una personalidad responsable de altas funciones autonómicas y nacionales durante un cuarto de siglo, cuya reconstrucción semeja, en ciertos pasajes, una burla a la capacidad e inteligencia de sus lectores? ¿Y qué decir de los de alguien que ocupara aún más encumbrados sitiales? Et caetera, et caetera que, en gracia a la brevedad, no se alargarán aquí.
Con alguna que otra excepción –la de Joaquín Leguina, verbi gratia-, cabe afirmar que desde que el volatinero José María de Areilza, conde consorte de Motrico, colgara su pluma de diarista y memoriógrafo singular, muy escasos hombres públicos, encargados un día de altas misiones para el bien del país y la convivencia entre sus integrantes, dejaron hasta la fecha testimonios acribiosos de su acción de gobierno, y aún fue más pequeña la cantidad en que éstos se expusieron con tersura o tensión estilística, al modo de los grandes del género.
Frente a los oropeles, mistificaciones y fosforescencias que, más en los pueblos latinos que en los norteños, acompañan aun hoy al mundo y los ambientes del poder político –también, por supuesto, de los restantes-, esta es la venganza de la Historia. Arrojar sin tardanza a los albañales del olvido y la desestima los frutos de ocios historiográficos.