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La Ñ en el tricentenario de la RAE (III)

Marcos Marín Amezcua
lunes 18 de noviembre de 2013, 20:28h
La tercera entrega en torno a las tres centurias de la RAE, siempre, escudriñables, recuerdan que es enseñante y no fañosa, y que sus enseños lejanos son de ser escañas, atendidos en el señor DRAE –enseñoreador–. La ñ de vírgula cual ceñideras, concita identidad moviéndose cual musaraña, musgaño o ñu, irrumpiendo de súbito en voces como frañer, caño y ñoño, o en ñandú y vicuña; en cañuela, cañada y cañizo; en araña, cabaña y ¡coño! formando una colorida viñeta lingüística frente a descastados pequeñajos engañapichangas que se apirañan y le quieren quitar el añadido, arguyendo artilugios de modernidad tecnológica, sin conseguir su ansiado empequeñecimiento porque no se va a poder, aunque trasieguen caminos harto breñosos salpicados de gatuñas y ceñiglos para procurarle menguar su enseñoramiento. Contar y no acabar.

No obstante que voy como excusaña, ignoro si la ñ, esa “señito” esquilmeña, cuenta con un escañero o muñidor que la procure, pero sin duda que no amerita extirparla o minimizarla del teclado, pues si expurgamos el DRAE comedidamente, nos la toparemos enseguida. No solo en españolismos amados por españolistas, sino en su vastedad universal aun españolizada. Y sí, tal vez todavía nombre utensilios acaso poco utilizados, trocándola vigente como en la caramañola o el escañeto osezno, el taño, la teña, el liñuelo, el rueño, el raño y la empeña; va, pese a que se la quiera confundir como comuña que no es y se usa sin requerirse españolear. Baste optar por tañar sus bondades, que quizás se reduzcan a una: ser un emblema reconocible de nuestra milenaria lengua, razón suficiente para prevalecer, juñida, uncida lejana de ser foraña de nuestra lengua. No permitamos que se desdeñe a la ceña del idioma. La eñe es mucha eñe, la niñeta del idioma español.

¡Albricias! su virgulilla no es una pieza hueca alcornoqueña. Portada cual muñequería, entraña una ceca distintiva, un fruto como el abruño y por ello no hay que escañarse con tanta palabra con ñ. No es un corcuño ni está para ser quemada cual si fuera calambreña. ¡Qué va! A la deña ñ de rocoquiño tocado hay que doñearla, pues no es cimbreña y menos mesteña ni es mureña o periférica ni es de consistencia barreña, cual si se tratara de poca cosa y por ella respondemos todos sus hablantes nada engañadizos. Así, su estilizado acento, su fino remate que le aporta un deje inigualable, firmemente colocado distinguiéndola, sitúala en un lugar especial y destacado en nuestro idioma y su dispersión es amplísima. A mi consentida la entrañizo en lo más entraño de mí.

La ñ nos ceña y nos recuerda nuestra guijeña voluntad para rescatarla y justipreciarla debidamente, difundiéndola. Deñémonos en considerarla y en exaltarla. Viva como lo está, anda y merece conocerse más. Sin puñar, solo es cosa de arrojar la sereña a la mar del idioma y recolectar con ella vocablos estañados como los que usted ha leído en estas tres entregas y con ello podremos favorecer que retoñe y florezca en nuestro gusto y nuestro regusto por emplearla. No nos embeleñemos y estemos atentos a ella y su añoranza.

Ya sabemos que proviene de una remota cabileña acuñación fraileña, hoy diña, y que nos entrega solicita su poderío, su prosapia y su raigambre más reconocibles, mientras la admiramos sin pestañear, portándola cual muñequera imprescindible, como castaña bravía. Somos sus miñones. Con semejante abolengo y despliegue, nuestra amiga la ñ ¿calzaría madroñas acastañadas? ¿sabrá a jarabeño licor de madroño, a codoñate o a marañón servidos en recipientes de otoñizos tonos achampañados sonando rondeña? ¿sabrá a ajo castañete que se sabe castañuelo o a empiñonado o a un añero cumpleañero? ¿ella es de textura cesteña, mimbreña o estameña recubierta de bretaña o pañito? ¿va de buñuelo o garapiñada, envuelta en estaño o añafea? No es ferreña ni cobreña, hay que admitirlo, mas sírvase generosa como una caña, una piñada, un valdepeñas o un albariño. Hasta con caipiriña acompañando escupiñas. De todo hay en la viña del Señor.

Y no puedo dejar en las alforjas o guardado en el tintero una breve lista de apellidos que la incorporan: Abruñedo, Antuñano, Añorve, Avendaño, Aviña, Baliñas, Briseño Caamaño, Camuñas, Cañéz, Cañedo, Carcaño, Carreño, Casañas, Castañeda, Castaño, Ceceña, Cedeño, Cotoñeto, Diañez, Escareño, Espiñeira, Fortuño, Gamiño, Gaviño, Graña, Griñán, Güereña, Gudiño, Ibañez, Iñarrea, Iñiguez, Kuribreña, La Gareña, Larrañaga, Leñero, Liaño, Londoño, Magaña, Mañosca, Mañueco, Miñano, Miñón, Montañez, Montaño, Muciño, Muñoz, Ñañez, Noreña, Noroña, Núñez, Nuño, Ñíguez, Ontañón, Oña, Oñate, Ordoñez, Orduña, Ormeño, Ortuño, Patiño, Peciña, Peñacoca, Peñalba, Peñaranda, Peñas, Peñate, Pereña, Piñal, Piñar, Piñera, Piñeiro, Piñero, Piñol, Piñonosa, Pizaña, Pumariño, Quiñones, Rancaño, Riaño, Saldaña, Santibañez, Santoña, Suñer, Tobeñas, Toraño, Treviño, Ureña, Villafaña, Villafañe Villaseñor, Viñes, Zermeño, por enunciar unos cuantos. ¡Enhorabuena a sus portadores! La eñe va sin otoñar y sin ser campaña de nadie.

Nuestra lengua, veta caleña, es más grande que un barreño, pergeña una ñ taheña, que bien puede ser una arañuela nada enmarañada. No importa si viene del Cono Sur siendo inareña o talareña. Aparece cual si montara un peñero. Va preñando el idioma, que por doquier no oculta su preñez, dado que la ñ no es pañosa ni se empaña en su lucimiento. Como la vírgula que luce no es simple arambel, pero sí un poco ñata, causa que su presencia diste de ser un uñero, una cucaña; antes bien, reclama su sitio sin requerir una niñera, ya lo hemos asentado. No es un niñato. Y no son españoladas. Se me escaña la idea de eliminarla con solo pensarla. Somos viñeros del idioma. Como somos niñeros, nos sorprende a cada paso con su elocuencia.

Si el lunfardo la incluye en vocablos tales como cañota, garfiña o ñacate, el añojo taurino la arropa. También la encontramos desperdigada por el habla de América. Se la reconoce en comunidades tierracalenteñas; es gotareña y salvadoreña.

Pero alegremos esa cara. Mientras viñeteo esta historia sobre el papel cibernético, en tanto transcurren las ventas prenavideñas que anticipan el fin del año 13, garabateo su forma y me regocija nuevamente su originalidad. Otrosí, lo hago empeñoso, retozando como un niño empleando un garañón pincel y sé –y me lo repito– que ella ni es bisoña cantamañanas ni una afeada niñera trincapiñones, pero, pequeña cual madroñuelo, tiene bien ganado su prestigiado escañil la señoritinga amoñada, ceñimiento que evita un gañafón. Sin ella y dicho con verdadera saña, son nada la piña o la piñata, el pino piñonero y el pintauñas. Sin ella nuestro idioma sería como pestañas sin abéñula. Sueño con verla en la campiña cual guiñol leñateando y enmoñado, como una hileña jugando uñate o como ruiseñor sobreño que apañamos. ¡La quiero marfileña y no cermeña! Lo merece. Por la benéfica añejez de su señorío, reconozcamos humildes que no es hierba mala cual argaña. Menuda coña si lo conseguimos. Hay que apañarnos con lo que tenemos.

Concluyo: Garrafiñemos el tema: la ñ no es un peñedo ni es riñosa que genere extrañez. Acaso es añilada. Puede ser. Implica un caprichoso sumar al correr el alzapaños, un añedir por añadir medidas como la puñera que faña nuestro idioma inexorablemente, empañetándola, enluciéndola con una lucidora cañita sin fuñar pendencias pues no es afuereña. Terreña, astriñe nuestra lengua común pues no es gañín decirlo ya que no solo es burgueña, aunque mientras crea palabras como “teleñecos” o teleña, algunos roñicas por su roñía, por su inconfesable roñosería, quieren clavarle un puñetero gañivete al cigüeñal del idioma y perdón por decir “gañivete”. No cabe enfuñarse más de lo debido, porque el enfurruñamiento poco deja. Que no la afecte el viento de las necedades que emponzoñan. Empeñemos la palabra y preservémosla en los teclados. Su compañía basta para gañir su defensa.
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