Con los amigos de Rajoy ¿quién necesita enemigos?
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 20 de noviembre de 2013, 20:08h
Es un fenómeno muy instructivo observar el esfuerzo de una buena parte de la derecha mediática para acabar con la derecha política. Y no porque la opinión de esa derecha periodística no esté bien fundada, puesto que es siempre saludable recordar al Poder que es mortal y que, además, se equivoca. Sino porque el final de la derecha en el Poder tiene como consecuencia el ascenso de la izquierda al Poder.
Hay una razón para esa aparente contradicción ideológica: la lejanía de los comunicadores respecto al Gobierno. Pues si casi todos los críticos a Rajoy desde su propio ámbito saben en su fuero interno, y hasta en el externo, que otro Gobierno del PSOE remataría la catástrofe que está sucediendo en España, también se sienten extraordinariamente alejados del líder del PP. Tanto que preferirían el placer de la derrota de uno de los suyos más que el del dolor por la victoria ajena.
¿Cuál es la razón? Es cierto que se perdonan menos los fallos de los afines que los de los extraños. Pero también es cierto que, tras dos años de Gobierno del PP, la sensación entre sus antiguos apoyos mediáticos es que parece intercambiable en muchos aspectos con su oposición. Y, si vamos a lo práctico, que casi nadie en los medios espera nada que le favorezca en lo personal, profesional o empresarial. Y no lo digo porque nadie se lo merezca, sino porque es humano que alguien no apoye a quien no le apoya.
Rajoy siempre ha tenido las cosas claras. Mezcla lo que cree que debe hacer y lo que cree que puede hacer, pero no hace lo que querría realmente hacer, o al menos lo que dijo que haría. Esperar empatía era propio de ilusos. Porque mientras la Prensa se vanagloria siempre de su independencia respecto al Poder, nadie caía en la cuenta de que el Poder podía ser también independiente ante la Prensa. Ambos gestos son valientes. Y ambos conducen, han conducido, a un inevitable choque de trenes.
Tanto es así que el papel de la Oposición política está siendo bastante penoso. Por mucho que inventen para criticar al Gobierno nunca superarán las diatribas de los articulistas liberales sobre las subidas de impuestos; los alegatos de los columnistas estremecidos con las excarcelación de etarras; los regeneracionistas escandalizados por la eterna confusión entre poder político y poder judicial, etcétera.
Sin embargo, esa misma oposición política, que bastante tiene con aclararse internamente, puede utilizar, a poco que lo piense, una actitud atribuida a Rajoy: esperar a que sea devorado por los suyos sin necesidad de mover un dedo. El Poder les caerá como fruta madura, no por los méritos socialistas sino por el desgaste del adversario.
El PP ha aglutinado electoralmente a la derecha española, desde su centro hacia su extremo. Ahora, que cuando no hay harina todo es mohína, sufre las consecuencias de su transversalidad. Hay una fractura evidente en la derecha española. Y cada elemento de los fracturados ha decidido la inmolación de la derecha al estilo en que los hinchas de un equipo de fútbol proclaman su deseo de derrota con tal de acabar con un entrenador. Sólo que, en ese caso, es para arrancar una nueva temporada con esperanza de buen juego y, en aquél, con los hooligans políticos de la derecha desmadrados contra Rajoy, lo que quieren es su epitafio aun a sabiendas de que su sucesor será infinitamente peor. Pero, por lo menos, no se estará vinculado psicológicamente con él. Por lo que, aunque lo haga mal, dolerá menos.
El problema de Rajoy, por tanto, no es si lo que hace es bueno o, al menos, lo menos malo posible, sino que lo que hace traiciona lo que se esperaba que hiciera. Y si Rajoy y el PP creen que todas sus rectificaciones podrían ser perdonadas, como ellos mismos se las perdonan, la realidad es que a otros les cuesta mucho esa generosidad.
Posiblemente, el cálculo del partido en el Poder es que cuando llegue la hora de elegir, el electorado y los opinadores ahora en rebeldía entenderán a regañadientes que la alternativa es peor. Pero eso es una apuesta parecida a la ruleta rusa. ¿Y si no sucede así, y si dos o tres millones de votantes se quedan en casa o buscan alternativas más o menos testimoniales?
Rajoy ha cumplido dos años en el Gobierno. Le quedan otros dos. Quizá sea momento de pensar en que si uno dedica un bienio a escribir una tesis sobre las virtudes de la antipatía, bien puede emplear otro en hacer algún cariño a quienes finalmente decidirán su futuro, el de Rajoy y el del PP.
Entretanto, si causa perplejidad la inacción mediática del Gobierno del PP, tampoco parece de recibo el arriscamiento de los críticos de la derecha. Porque si muchas críticas que recibe Rajoy son justas, hay algunas que sólo pueden entenderse desde la pasión y la prisa. Por ejemplo, la pasión y la prisa que demostraron no pocos analistas de la derecha económica casi exigiendo el rescate europeo, lo que hubiera llevado al definitivo desastre. Por ejemplo, la misma angustia azorada expuesta por quienes pensaban y aún piensan que los desafíos secesionistas exigen mano de hierro y la cabra de la Legión, cuando nunca hay que desdeñar la muleta de torear.
Pero hay algunas cosas en las que sí hubiera sido imprescindible exponer con fiereza la energía moral y la convicción ideológica, al menos en la misma medida en que se han arbitrado medidas económicas de enorme sacrificio ciudadano. Por ejemplo, combatir el desalentador espectáculo de la victoria de Eta, cuando se ha comprobado que los terroristas tenían mucha razón: los asesinados jamás podrían beneficiarse de sentencias judiciales ni de arbitrios de extraterrestres afincados en Estrasburgo. Pero ellos, sí. Y eso duele, no tanto porque las excarcelaciones de terroristas apenas les ahorren unos pocos años en la condena, ya de por sí leve en relación con los crímenes, sino porque éstas se producen como una victoria sobrevenida de la estrategia del terror, que primero mató y ahora humilla a los muertos.
Y una segunda cosa puramente de actualidad: ya sabemos todos que los poderes en España están entremezclados porque es un defecto fundacional de nuestra democracia. Pero no es preciso dar una imagen de pasteleo como la que se ha dado en la elección del CGPJ. Imagen que deja en mal lugar al Gobierno que es, paradójicamente, el que más ha cedido. Al menos podría explicarlo diciendo que si ha incumplido su promesa de independizar más el Poder Judicial lo ha hecho para tener algún aliado político para afrontar la que está cayendo en España en lo territorial y en lo institucional.
En fin, en la mitad de la Legislatura ya sabemos que Rajoy ha logrado neutralizar a los adversarios externos a costa de activar los propios. Pero, con esos amigos, ¿para qué necesita enemigos? Igual en la segunda parte del cuatrienio se acuerda de que los adversarios jamás le votarían, y los suyos podrían dejar de hacerlo. Aunque dejen de comer rancho para que se fastidie el sargento.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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