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La concertina y la valla de Melilla

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 23 de noviembre de 2013, 18:21h
Amo Melilla con todas mis fuerzas. Tengo allí a algunos de mis amigos más queridos y en ella he conocido esa felicidad en cuyo recuerdo uno se refugia cuando las cartas vienen mal dadas. De Melilla me gusta todo: el mar, la diversidad de las voces y los rostros y esa luz africana indescriptible y mágica. Suelo decir a los alumnos en la Universidad que, si no han estado en Melilla, se lo han perdido todo.

Esta ciudad, que siento como mía, está rodeada por el mar y por Marruecos. El perímetro de Melilla está protegido por una valla que custodian guardias civiles. En los pasos fronterizos, la Benemérita y la Policía Nacional vigilan una de las fronteras más transitadas de España. Cerca de Melilla, en arboledas, chabolas y chamizos, malviven miles de inmigrantes subsaharianos y magrebíes que esperan saltar la valla y llegar a España. Para impedirlo, el Gobierno socialista instaló un alambre con cuchillas afiladas llamado “concertina” para que quien salte se hiera gravemente. El dolor debería disuadir de saltar frente a la desesperación. Por supuesto, no funcionó. Las heridas y lesiones que causaba a quienes trataban de sortear la valla acabaron motivando que los socialistas la retiraran. El Partido Popular, que criticó el uso de la concertina, ha vuelto a instalarla ahora.

Naturalmente, sigue sin funcionar, es decir, sigue sin detener las avalanchas de seres humanos desesperados que tratan de llegar a España. La concertina causa heridas profundísimas y basta ver las fotografías para que a uno se le conmuevan las entrañas. Desde las organizaciones no gubernamentales y la Conferencia Episcopal hasta los partidos de la oposición local, hay un clamor unánime contra la concertina. Sí, hay que quitarla y poner sentido común y responsabilidad en lo que se refiere a esta ciudad, que sólo se recuerda por las crisis humanitarias en la valla.

Así, los inmigrantes siguen saltando y sus heridas las curan médicos españoles en territorio español. Durante años –debería decir, décadas- el Hospital comarcal de Melilla, que debería ser provincial, atiende a mujeres embarazadas de los pueblos marroquíes de la frontera. Sus médicos han antepuesto el Código Hipocrático a la Ley de Extranjería. Si, como dice el Talmud, quien salva una vida es como si salvase el mundo entero, en ese hospital de Melilla se salva este planeta cada día varias veces. Hay cientos de melillenses que cada día salvan la dignidad de España en gestos que nadie recuerda como el soldado aquel que salvó a una mujer marroquí a la que su marido estaba maltratando en la frontera.

Sí, los melillenses han dado sobrados ejemplos de solidaridad con los extranjeros y, en especial, con Marruecos. Cuando en 1983 se quemó el monte Gurugú, allí fueron los bomberos de Melilla a apagarlo a petición de las autoridades marroquíes. Cuando la tierra tembló en Alhucemas en 2004, de Melilla salieron de inmediato ayudas de todo tipo: alimentos, mantas, médicos, medicinas… A los melillenses nadie les puede dar lecciones de nada. Cada vez que alguna tragedia nos conmueve y se hace un llamamiento a la ciudadanía, allí están los melillenses concentrados sople Levante o Poniente.

Hay que quitar la concertina pero hay que llevar otras muchas cosas a Melilla. En una ciudad que tiene un 41% de paro, hay que invertir más en desarrollar el comercio local y atraer inversiones. Se debe acometer el problema de la exclusión social que afecta a miles de melillenses. Hay que erradicar el caciquismo, la corrupción y la poca vergüenza –ya les hablaré de eso otro día- y hay que desplegar, en suma, una acción política decidida a desarrollar esta ciudad tan maltratada. Melilla y los melillenses se merecen algo mejor que salir en los medios nacionales sólo cuando hay tragedias en la valla.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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