CRÍTICA
Ian McEwan: Operación dulce
domingo 24 de noviembre de 2013, 13:11h
Ian McEwan: Operación dulce. Traducción de Jaime Zulaika Anagrama. Barcelona, 2013. 400 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 14,99 €
¿Y si el libro que nos han recomendado, que viene cargado de buenas críticas internacionales, que estamos dispuestos a leer con ganas, resulta ser un libro de género? ¿Y si aguantamos su lectura con una mezcla de interés y maldad, luchando en los momentos de desinterés, disfrutando las promesas de algo mejor, y finalmente observando la caída final del autor desde las alturas con las alas derretidas? ¿Y si leemos Operación dulce, la última novela de Ian McEwan?
Ian McEwan es un autor británico, de origen escocés, de la cuadra de Christopher Hitchens y Martin Amis. Pertenece a esa generación, previa a la internacionalización real de las letras británicas. McEwan saltó a la fama literaria muy joven, a los 28 años, al ganar el premio Somerset Maughan con un libro de relatos, Primer amor, últimos ritos, en 1976. Sin embargo, la popularidad la obtuvo por la censura oficial a una obra suya de teatro, Geometría sólida, debido a su obscenidad. Su segundo libro, también de relatos, se llamó Entre las sábanas, y desde entonces ha ganado el premio Man Booker, el Shakespeare, el Peggy V. Helmerich y un polémico premio Jerusalén. A ello hay que sumarle, adaptaciones cinematográficas, varios doctorados “honoris causa”, y la inclusión en la lista de The Times entre los cincuenta mejores escritores británicos desde 1945. En definitiva, que, salvando todas las distancias, su currículum profesional y oficialista lo sitúa en una posición similar a la que ostenta Antonio Muñoz Molina en las letras hispanas. Si los escritores cotizaran en bolsa, McEwan formaría parte del Ibex 35. Un cómodo sillón en el que los honores y cargos oficiales diluyen la obra y la persona peligrosamente. Para un escritor, toda comodidad tiene su riesgo.
Operación dulce es una comprometida traducción de “Sweet Tooth”. “To have a sweet tooth” es “ser goloso”, así que “sweet tooth” lo podríamos traducir como “inclinación por lo dulce”. Se trata del nombre de una operación ficticia del MI6 encaminada a captar escritores e intelectuales para apoyar, durante la guerra fría, el capitalismo occidental. Este comentario sobre el título es relevante, ya que si algo transmite la novela de McEwan es una gran inclinación por lo dulce, la fácil y lo empalagoso. Pero vayamos al argumento: Serena Frome es una joven inglesa en los años setenta. Hija de un pastor protestante, sabemos poco de su infancia. Serena estudia matemáticas en Cambridge, aunque no le gusta, ya que su verdadero interés es la literatura. Sus padres se interpusieron entre ella y su sueño. Es difícil saber por qué McEwan la hace matemática. Quizá para intentar darle un toque frío y calculador, aunque las matemáticas solo asoman en una inane lucha estadística con su amante. Nos da la impresión de que una Serena literata habría dado mucho más juego que esta joven matemática de Cambridge. Pero es que además Serena se pasa trabajando en el MI5 las primeras 300 páginas y a juzgar por lo que hace y por cómo lo hace, en vez de en un nido de espías podría haber trabajado en una floristería, una pescadería o una biblioteca escolar. Excepto un par de romances de baja intensidad, nada ocurre. Sí, es cierto que, lentamente, se van acumulando las bases de lo que será un final algo sorprendente; pero hacer que algo más de 300 páginas de una novela se deslicen lenta y pesadamente, para que las 70 últimas sean interesantes, es una extraña relación entre coste y resultado. Digamos que el esquema de Ian McEwan es poco eficiente, cuando menos. Si Goldman & Sachs le hincara el diente, seguro que aconsejaba algunos recortes, cuando no un rescate total.
Serena es introducida en la agencia de espionaje británica a través de un profesor y amante, una figura que podría ser interesante, pero que queda, como ella, desdibujada. Una vez en el MI6, tiene unas relaciones carentes de drama con su compañera de trabajo y con otro agente de quien también se hace amante. Pero hablamos de agentes que no son más que oficinistas, y amantes que no traen nada, ni siquiera un punto de pasión sexual. El sexo a lo largo de la novela sabe a “porridge”, y el trabajo a pudding de sacristía evangelista. Serena, además, no es nada creíble, por ser demasiado crédula. No desconfía de nada, no intenta nada. En vez de estar en Londres, en el MI6, en medio de la guerra fría, el terrorismo del Ulster y las protestas sociales, podría estar en un internado privado en el que el mayor dilema es qué ponerse el sábado para ir al baile del pueblo cercano.
La trama adquiere cierto tono, cuando Serena conoce al escritor al que debe engatusar para que sirva, sin saberlo, a los servicios británicos. El escritor, Tom Hanley, es un álter ego del propio Ian McEwan, según él mismo ha confesado. El autor se autorretrata de forma aproximada y sin mucho realismo, pero también sin excesivo photoshop que realce su personalidad.
El estilo de McEwan es redundante, recargado, con finales de párrafo y de capítulo efectistas, oscilando entre lo “cheesy” y lo cursi, siempre muy de género. El autor, a través de su narradora, la propia Serena, describe todo: reacciones, sentimientos, expectativas. No hay espacio para el misterio, para la elipsis ni para la imaginación. A media novela sabemos que Operación dulce, a pesar de la información de las solapas, no es una obra de suspense, y comenzamos a sospechar que quizá estemos ante una obra póstuma de Corín Tellado presentada bajo el pseudónimo de Ian McEwan. Hay detalles especialmente cargantes, como cuando, tras una lluvia repentina que le rompe el paraguas y la empapa, Serena se autodescribe y nos hace saber que aquello “me daba el aspecto de una vagabunda chaplinesca”. Cuando un personaje principal debe usar estos trucos descriptivos, mal estamos. En el libro, hay un exceso de autoconciencia por parte de la narradora, y el autor no consigue traspasar esa conciencia al lector de forma plena, por más que su prosa sea profesional y mantenga un nivel musculoso, similar al del corredor de maratón que sabe que no va a ganar, pero sí llegar a la meta con cierta holgura.
El final podría ser un final excepcional si McEwan hubiera querido meterse en barros unamunianos y cervantinos de meta-autoría. Se queda, sin embargo, en un final bueno, casi brillante para una novela de género (una “romance novel”), medido al milímetro para la adaptación cinematográfica. Setenta páginas finales de aceptable literatura que no llegan a redimir las más de trescientas que las preceden.
Por José Pazó Espinosa