Siempre llega el día en el que el violador sale
miércoles 27 de noviembre de 2013, 20:13h
Cuando hace años recibíamos con alivio la noticia de la detención de algún asesino o violador especialmente cruento y desalmado, ya sabíamos que lo más probable era que un día le viéramos salir de la cárcel. Habría llegado a término el plazo máximo que nuestro código penal contempla para que un reo esté en prisión. No pensábamos en ello de manera consciente, claro. Al menos, no lo pensábamos aquellos que, por fortuna, no habíamos sido golpeados de forma directa por la tragedia. Seguramente, las mujeres que habían sido violadas o las familias de niñas que, como Olga Sangrador, habían sido, además, asesinadas, sí lo pensaron. Entonces. Y después, cada día. La violación es un crimen abominable. Las víctimas que sobreviven a su agresor aseguran que, aunque sigan viviendo, existe en su interior una parte imposible de resucitar.
Pero terminada la condena, los agresores salen a la calle porque han pagado su deuda con la sociedad. Puede que con la sociedad, sí. ¿Pero la han pagado también con sus víctimas? Afortunadamente, hay cada vez más centros de apoyo psicológico y grandes profesionales que intentan “reinsertarlas” a ellas, a las víctimas, para que vuelvan a salir a las vidas que un día, en un portal, en un ascensor o en un parque, les destrozaron. Son sus agresores quienes, por lo general, no tienen intención alguna de reinsertarse. Podemos dejarlo, si lo prefieren, en que, aún teniendo dicha intención, no son capaces de hacerlo. Da igual, cumplidos los años de prisión, rehabilitados o no, salen a la calle. Y todos lo sabemos, porque así es la ley. Llegará el día, y punto. Lo que probablemente nadie se había puesto a calcular antes de la derogación de la doctrina Parot, un remiendo al que pronto o tarde se le iban a saltar los pespuntes, era que aquellos “famosos” violadores, asesinos y secuestradores salieran en tropel, sin dar apenas tiempo a las cámaras a recoger las imágenes de cómo son hoy esos monstruos que conmocionaron a la sociedad que ahora tiene que volver a acogerles.
En todo caso, discúlpenme que les diga que, en realidad, la sociedad en estos casos me importa bastante menos que los individuos. Que, por ejemplo, aquellas mujeres violadas que ahora han vuelto a temer el momento de salir a la calle, coger el ascensor o introducir la llave en la cerradura para acceder al portal de su casa. Confiesan, incluso, que no solo tienen terror al pensar que su agresor pueda volver a buscarlas, sino que ahora temen también por sus hijas. Y, a diferencia de las víctimas del terrorismo, agrupadas en asociaciones influyentes, las de los violadores se encuentran mucho más solas. Aunque, por fortuna, de vez en cuando haya iniciativas que, al menos, ofrezcan algo de apoyo y empatía. Como la llevada a cabo por el juzgado que condenó al “Loco del chándal”: la pasada semana convocó a sus víctimas para explicarles en persona las circunstancias del caso - es decir, que Manuel González González, su violador, no está rehabilitado - y ofrecerles medidas de protección. A la reunión acudieron 8 de las 16 víctimas. Aunque hubiera querido, Carmen Díaz no habría podido ir: murió desangrada a los 31 años a causa de las heridas que le infligió el agresor en las nalgas. Recordemos que esa era su manera de excitarse.
A las mujeres que acudieron a la cita les preocupaban fundamentalmente dos cosas: saber dónde va a vivir González y el aspecto que tiene ahora – cuando salió de la cárcel lo hizo escondido detrás de unas gafas de sol y debajo de un gorro calado hasta las cejas – pero ninguno de sus interrogantes recibió una respuesta. A pesar de que los psicólogos del penal de Brians acababan de elaborar un informe alertando del “riesgo extremo” de que el del chándal vuelva a cometer agresiones e, incluso, matar. Por el momento, los Mossos d’Esquadra le someten a la denominada “vigilancia no invasiva”, para saber dónde va o con quién se junta, porque, además, el citado informe añade que es González quien asegura estar resentido con el sistema. Y si lo está con todos nosotros, cómo no lo va a estar con quienes le señalaron con el dedo.
A nadie se le oculta que la mencionada vigilancia no invasiva tiene carácter excepcional, porque ni puede prolongarse con carácter indefinido ni llevarse a cabo con todos los violadores o asesinos en serie. Tampoco parece factible internarles, a través de un procedimiento civil, en un psiquiátrico, ya que no se trata propiamente de enfermos mentales. Y la solución que quiso encontrarse con la denominada castración química, hace tiempo que perdió fuerza. Primero, porque no puede imponerse de manera obligatoria como parte de la pena y, segundo, más definitivo aún, porque no se trata únicamente de una cuestión sexual, sino también mental. Por desgracia, enseguida se ha comprobado que los reincidentes, a falta de otra “cosa”, agreden a las mujeres con distintos “instrumentos”. ¿Qué puede hacerse entonces para que no estalle esa bomba de relojería que es un violador no rehabilitado, llevándose en su deflagración a más víctimas inocentes?
Lo primero, en todo caso, olvidarse de parches momentáneos que puedan desmoronarse a las primeras de cambio. Son necesarias reformas de la ley llevadas a cabo, precisamente, con todas las de la ley. Sin riesgos innecesarios. Con posibilidades, sí, de segundas oportunidades, pero que hayan sido ganadas a lo largo de los años. Comprobado el afán de rehabilitación, porque no solo de castigo vive el reo. Al menos, ese el principio que rige el derecho penal y el que valdría también para conseguir una sociedad más segura. Aceptemos que, por desgracia, hay personas irrecuperables que jamás convivirán sin hacer daño. Pero aceptemos, asimismo, que las penas de prisión no pueden ser indeterminadas. De modo que llegará el día. Y saldrá el reo que ha cumplido, rehabilitado o no, su pena. A diferencia de lo que ocurre en otros países europeos y en Estados Unidos, no existen en nuestro país medidas de seguridad ajenas a la condena que impuso la sentencia y ni siquiera la reforma penal de 2010 ha cambiado la situación. El borrador del ministro de justicia, Alberto Ruíz Gallardón, que permitía ampliar hasta en diez años la estancia en prisión de presos especialmente peligrosos fue finalmente desestimado por su posible inconstitucionalidad, a pesar de que en países de nuestro entorno, como Italia, Suiza, Dinamarca o Alemania, se valgan de un sistema muy similar.
En algunos países, como Canadá, están apostando cada vez más por dispositivos electrónicos que permitan tener controlados a los delincuentes sexuales y, en otros, se elaboran listas con los lugares de residencia de los violadores más peligrosos. Para intentar prevenir. En Gran Bretaña, el Gobierno ha aprobado una ley que va a permitir a las mujeres conocer si sus parejas cuentan con un historial de violencia de género. Armas, muchas veces, de doble filo. Pero mientras se encuentra la acción más efectiva, sigamos pensando. El tiempo vuela, con o sin doctrina Parot, y el día siempre llega.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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