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Irán nuclear

jueves 28 de noviembre de 2013, 20:23h
Los partidarios del acuerdo de Ginebra alcanzado hace pocos días entre el grupo llamado 5+1 (los permanentes del Consejo de Seguridad, USA, Reino Unido, China, Rusia y Francia mas Alemania) e Irán, lo consideran factor vital para canalizar y desactivar las pretensiones nucleares de Teherán por métodos diplomáticos, evitando con ello lo que temían fuera una inminente confrontación bélica. Los adversarios, por el contrario, entre los que se encuentran en extraña compañía Israel y Arabia Saudita, además de los países monárquicos del Golfo Pérsico y una buena parte de la oposición republicana al Presidente Obama, estiman que encierra una grave cesión por parte de los países occidentales y un reconocimiento explícito del derecho iraní a enriquecer uranio. Tanto como reconocerles el derecho a dotarse de armas atómicas.

La sustancia del acuerdo, que como unos y otros recuerdan es provisional, destinado a durar sólo seis meses mientras se negocia el definitivo, supone, al menos sobre el papel, importantes cesiones por parte de la teocracia persa: abandono de cualquier enriquecimiento de uranio que supere el 5%, desactivación de las cantidades ya enriquecidas por encima de ese porcentaje, destrucción o devolución de las centrifugadoras empleadas para tales menesteres y entre otras cosas un reforzamiento significativo de las capacidades inspectoras de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. A cambio los países occidentales, entre los cuales hay que incluir a la Unión Europea, que como tal ha participado activamente en la gestión del acuerdo, ofrecen el levantamiento parcial de algunas de las sanciones que venían pesando gravemente sobre la economía iraní. En Teherán el negociador local del acuerdo ha sido recibido masivamente como un héroe, lo cual puede ser interpretado como un suspiro de alivio ante la suspensión de las sanciones, por parcial que fuera, o por haber conseguido dejar de momento intacto el supuesto derecho del país a enriquecer uranio, o por ambas cosas al mismo tiempo. El tema del enriquecimiento será un punto central del acuerdo definitivo y no admite muchas componendas. Es precisamente la insistencia iraní a reclamar su derecho nacional a ello –interpretando torcidamente los términos del Tratado de No Proliferación Nuclear- la que alienta con razón las sospechas de que los iraníes en realidad siguen buscando dotarse de armamento nuclear. La mayor parte de los países que tienen centrales nucleares comerciales, España entre ellos, reciben el uranio enriquecido necesario para su funcionamiento de plantas situadas fuera de su territorio. Y la tendencia actual en el AIEA es promover la creación de unas pocas plantas internacionales de enriquecimiento bajo control de la Agencia para suministrar el uranio enriquecido. Que Irán, hay que recordarlo, ya lo tenía al 20% cuando el utilizado para fines pacíficos solo precisa el 5%. El necesario para la “bomba” debe encontrarse en el 90%. La CIA consideraba que en poco meses hubiera podido dotarse de armamento nuclear. De ahí también las prisas.

Para los que deseamos un Irán desnuclearizado la noticia del acuerdo debe ser recibida con un cauto optimismo. Por primera vez en al menos diez años los iraníes han cedido partes importantes de sus exigencias y lo han hecho bajo el peso brutal de las sanciones. Y las que ahora se van a levantar representan un porcentaje pequeño del total de las que ya existían y de las que seguirán existiendo. Naturalmente la valoración definitiva del acuerdo tendrá que realizarse cuando se transforme dentro de seis meses en el cuadro final tras haber podido comprobar que los términos del actual han sido cumplidos a rajatabla, que los iraníes no han vuelto a engañar ni a ocultar sus intenciones y que en definitiva una nueva atmósfera de confianza se ha instalado entre las partes.

La verdad es que la experiencia, en la que se basan los detractores del acuerdo, no abona esas expectativas rosáceas. Y en ello se basan israelíes y saudíes para denunciar lo que califican de “error histórico” que, según ello acabara con un Irán nuclear. Solo cabe subrayar que para ello no sea así es imprescindible un férreo control occidental para hacer cumplir los términos del acuerdo en los términos y en los plazos previstos. Recordando además que las sanciones, una vez levantadas, resultan complicadas de restablecer y que las experiencias con Corea del Norte a ese respecto son ilustrativas y desmoralizadoras.

El Presidente de los Estados Unidos, un Barack Obama en pérdida de velocidad por sus errores internos y sus vacilaciones externas, intenta utilizar el aparente éxito del acuerdo con Teherán como apoyo para sus decaídos números, reiterando tanto las bondades de lo alcanzado como la continuada desconfianza que merece el reino de los “mullahs”. Pero el margen de maniobra es corto y estrecho y no deja márgenes para el error. Porque no es necesario conocer los secretos de la Guardia Revolucionaria iraní para saber que lo que no han tenido más remedio que firmar en Ginebra es considerado como un imprescindible respiro para continuar buscando lo que siempre han querido: el artefacto bélico nuclear. Y la clave para ello es lograr que se les reconozca la capacidad nacional para enriquecer uranio. De manera que en tantos sentidos las cosas quedan en inestables tablas. ¿Tendrán su día aquellos que han querido confiar en la diplomacia o más bien los profetas de calamidades que lo consideran como un irreversible y grave error? La respuesta en seis meses.
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