www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

"El Quijote y nuestro tiempo"

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 29 de noviembre de 2013, 00:33h
Tras haber superado el Bachillerato con exámenes por libre, y provisto de un sueldo semanal de 34 pesetas como funcionario de Correos, Ramiro Ledesma Ramos se matricula en la Universidad Central de Madrid en la Facultad de Filosofía y Letras, a la que acude diariamente después de agotadoras jornadas de 20 kilómetros repartiendo el correo. Es el año 1924. Le da clase Ortega, y en la primera clase de Ortega se enamora perdidamente de Cervantes y El Quijote, y comienza así a escribir con pasión su segunda obra, más noble y profunda que la primera. Se trata de El Quijote y nuestro tiempo. Ramiro quiere requijotar España, llenarla de la brisa ortal de Don Quijote, que cabalgando sobre Rocinante nos trae la alegría de la vida y el bien, como en una cruzada por la vida y la luz en un mundo en donde reinan las sombras.

También conoce en la Universidad Central a una chica interesantísima, que es ya toda una leyenda por su capacidad intelectual. Se trata de la malagueña María Zambrano, un año mayor que él, de la que se encandila en seguida Ramiro, pero que, desgraciadamente para él, ya tiene un hombre en su corazón, Gregorio del Campo. Como Ramiro, es hija de una familia de maestros con larga prosapia y vocación, y como Ramiro, ve el mundo injusto, radicalmente injusto. Pronto compartirán páginas en la Revista de Occidente.

Le dolía a Ramiro muy vivamente que un maestro de la envergadura colosal de Ortega se rebajase a veces a ser un politiquillo en algunos artículos de Prensa, más propios de gacetillero.

- Los olímpicos no pueden bajar al cieno – le decía Ramiro a la Zambrano, mientras sus ojos voraces se posaban en el pecho suculento de la malagueña.
Ramiro no para de encomiar a la juventud en sus primeros escritos, la enaltece, la convierte en una categoría humana casi sagrada.
- La juventud es lo único aceptable hoy en el mundo – decía y escribía.
Un día la Zamabrano le animó a que le acompañase a una conferencia que impartía el escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala, muy mal visto a la sazón por la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, y por ello mismo muy agradable a los ambientes universitarios. Pérez de Ayala, que nunca fue capaz de sacarse la sombra que entenebrecía partes importantes de su alma ( el suicidio de su padre ) encandiló a toda la muchachada de la Universidad Central.
- Me ha encantado, Ramiro. ¿Y a ti?
- A mí me parece que es y no es, que no se sabe si va o si viene, que amaga, pero no descarga el puño. Lo veo heraclitiano, y yo soy paremenídeo, eleático, María.
- ¿Es decir?
- Que el tal Pérez de Ayala jamás pertenecerá a ningún bando cuando la patria intente dirimir sus problemas a través de la lucha. No regará su sangre los campos de España.
- Pues a mí me parece que está en un bando, y nadie debiera derramar su sangre por la patria, a no ser ante una invasión.
- No tiene valor para pertenecer a ningún bando. Eso es lo que quiero decir.

Eran los años de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, devenida a España el 13 de septiembre de 1923 como consecuencia de graves factores que parecían haber noqueado al gobierno ordinario. El desastre de Annual y su aclaramiento en el Informe del general Picasso – en donde se sacaban todas las vergonzosas responsabilidades del gobierno -, el independentismo catalán, la guerra social entre patronos y obreros en Cataluña – que había dejado a un lado los ímpetus catalanistas de la burguesía ( Ramiro se dio en seguida cuenta de que los burgueses catalanes temían más al sindicalismo que a la España imperial ) y que había ocasionado dos centenares de muertos en dos años – y la ineficacia de las fuerzas del orden, entre otras causas, abrieron el paso a la Dictadura, a la que nadie prácticamente se opuso. En su Manifiesto de Pronunciamiento, como Capitán General de Cataluña, se decía: “No venimos a llorar lástimas y vergüenzas, sino a ponerles justo y radical remedio, para lo que requerimos el concurso de todos los buenos ciudadanos. Para ello, y en virtud de la confianza y mandato que en mí se han depositado, se constituirá en Madrid un Directorio inspector militar, con carácter provisional, encargado de mantener el orden público y asegurar el funcionamiento normal de los ministerios y organismos oficiales, requiriendo al país para que en breve plazo nos ofrezca hombres rectos, sabios, laboriosos y probos que puedan constituir Ministerio a nuestro amparo, pero en plena dignidad y facultad, para ofrecerlos al Rey por si se digna aceptarlos”. Miguel Primo de Rivera no se creía un hombre superior ni providencial y establecía un régimen de dictadura presidido por la obsesión de la provisionalidad. Nunca concibió su gestión sino como una operación de urgencia y absolutamente transitoria. El régimen que él encarnó no le hizo, aunque ello parezca paradójico, perder la fe en los principios del parlamentarismo liberal – se pronunció no contra el régimen, sino contra lo que consideraba degeneración o corrupción del régimen-. Pero esa “operación de urgencia”, concebida como freno a la revolución y como medio para robustecer las instituciones, sería, a la larga, el estímulo decisivo de las fuerzas antimonárquicas y el determinante del hundimiento del trono.

A Ramiro le encantaba ir al cine para ver “Pamplinas”, y solía ir con el estudiante gallego Manuel Souto Vilas, uno de los primeros amigos que convirtió en camarada político.

Para Ramiro, Alonso Quijano no enloqueció en Quijote, sino que sufrió una metamorfosis individual que lo llevó al Quijote para hacer cosas grandes en el mundo. El quijotismo no es una locura, sino un anhelo infinito de transformar el mundo hacia el bien y la nobleza, de desplebeyar el mundo. Ledesma con frecuencia veía como verdadera locura ver lo monstruoso con normalidad y parsimonia. “Quien ve molinos en donde hay gigantes debe estar loco”, escribe en su libro sobre el Quijote. ¿Qué diría ahora cuando vemos en la televisión las mayores inhumanidades y masacres mientras comemos un chuletón de ternera alistana sin tener problemas digestivos?

El Don Quijote de Ledesma es actividad incesante, perpetua, frenética, y esa actividad perpetua y frenética constituyen su ser eterno, su vida hasta las heces bebida. Incluso un aristócrata del intelecto, como el Divino Manchego, sabe que se viven muchas vidas que ni aún con telescopio podrían percibirse desde un alto sitial. Y no son las múltiples vidas de los creadores literarios, sino de la fuerza juvenil desplegada. Todo en Don Quijote es la acción que despliega la fuerza de su brazo amparando su discurso justiciero, y por eso como nadie simboliza la fuerza de la juventud activa.

Don Quijote va mucho más lejos que Cervantes. Eso le pasa siempre a las grandes obras, a las obras maestras: que adquieren vida propia y escapan de sus autores, y llegan a entrar en reinos que jamás lo podrían hacer sus creadores. La verdadera locura de Don Quijote, su locura auténtica, es la de no creerse único en nuestros mundo mezquino y zafio, la de obrar creyendo que trata con semejantes, cuando con lo que trata realmente es con la chusma y la gentuza, de lo que básicamente está compuesto el mundo. Don Quijote, por ser pura candidez y bondad, sin ninguna gota de maldad, es un anormal en este mundo, y achaca todas las trampas que le tienden “los normales” a encantamientos que rompen el orden natural de las cosas. Y, al fin de cuentas, su candidez y bondad tienen razón. Son pura hechicería de la mediocridad o de la mezquindad. En ese sentido, Ramiro Ledesma Ramos ve cierto parecido antropológico entre Cristo y Don Quijote, decididamente valientes y generosos, pero también decididamente buenos y cándidos.

Convertir la “cordura” del Hidalgo manchego en la cordura de las buenas gentes de La Mancha, como el cura o el barbero, significaría llevar a Don Quijote al juicio de las gentes mediocres. Pero Don Quijote prefiere mantener su cordura “casi” hasta el final, aún a costa de no ser reconocido ni aplaudido por sus paisanos, sino, al contrario, llegando a ser objeto de ludibrio feroz, como es propio que hagan con el genio la barbarie asesina de la mediocridad. Al fin y al cabo, la multitud que aplaude se aplaude a sí misma, pues las ideas celebradas no son otras que sus mismas ideas. Y Don Quijote fracasó – según el joven pensador zamorano – porque se propuso vivir en los demás sin renunciar a un solo atributo de su quijotismo esencial, tal y como precisamente era en su mundo íntimo. Don Quijote, finalmente, será vencido por el malévolo bachiller Sansón Carrasco, quien fuese derrotado en su primer encuentro, y con ello Cervantes nos demuestra que Don Quijote, “nuestro” Don Quijote, era un extranjero en su patria.

Brillante comentario a la obra inmarcesible de Cervantes, elaborado por un joven de diecinueve años, en el que básicamente introduce la idea nietzcheana del “superhombre”, resbaladiza y harto peligrosa, para explicar el alma de Don Quijote de La Mancha.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(0)

+
1 comentarios