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Crónica de América

Honduras frena la expansión bolivariana

viernes 29 de noviembre de 2013, 17:29h
La derrota del Partido Libertad y Refundación (Libre) en Honduras detiene por primera vez la propagación del movimiento bolivariano en la zona. Concluido el escrutinio, el partido liderado por Xiomara Castro está promoviendo movilizaciones y graves altercados en protesta contra los resultados oficiales.
La penúltima partida internacional del eje bolivariano en el tablero de Hispanoamérica se ha jugado en las elecciones de Honduras, con resultados adversos para el populismo de izquierdas encarnado por la formación de nuevo cuño Libertad y Refundación (Libre), liderada por Xiomara Castro. Partido que ha encajado mal su segundo puesto frente a la derecha del Partido Nacional, cuyo líder Juan Orlando Hernández ha dado ya los primeros pasos para su toma de posesión de la jefatura del Estado prevista para el próximo 27 de enero.

Un proceso de toma de posesión que no se vislumbra precisamente tranquilo. No solo la candidatura derrotada, sino también las formaciones internacionales que la respaldan, han iniciado una campaña de agitación y descrédito contra el escrutinio electoral, cuyo veredicto no aceptan. Las denuncias sobre un supuesto fraude en el recuento de votos se produjeron pocas horas después de comenzar el cómputo de las papeletas. Cuando el Tribunal Supremo Electoral (TSE) dio a conocer los primeros resultados, que apenas superaban el 20 % de las actas de votación, el abanderado del movimiento bolivariano en Honduras, Libre, rechazó tajantemente los datos preliminares basándose en su propio recuento para, acto seguido, proclamar: “En las estadísticas y consultas en las bases de datos, Xiomara gana la presidencia.” Poco después la aspirante presidencial de Libre se manifestó aún con mayor contundencia a través de su cuenta oficial en la red social de Twitter, afirmando. “Con los resultados que he recibido de boca de urna de todo el país, puedo decirles: soy la presidenta de Honduras.”

Con un 24 % de recuento, y 4 puntos por debajo de su oponente en el escrutinio del Tribunal Supremo Electoral, esta pareció una declaración cuanto menos prematura e imprudente. Nada de lo cual impidió que la disputa haya cobrado una resonancia internacional. La izquierda bolivariana ha hecho de estas elecciones una piedra de toque de su capacidad de expansión en su área de influencia latinoamericana y una forma de revancha contra la destitución del presidente hondureño Manuel Zelaya en 2009. Por aquel entonces, Zelaya encontró el apoyo del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez para realizar un ilegal cambio constitucional en Honduras que, entre otras cosas, le permitiese su reelección indefinida como presidente de la República. Esa operación anticonstitucional tuvo como respuesta un golpe de Estado que le expulsó del poder y del país. La movilización interna contra el golpe se articuló en torno a su esposa Xiomara Castro -la hoy candidata-, quien promovió protestas multitudinarias en Tegucigalpa frente a la represión del nuevo Gobierno. Con el respaldo de Hugo Chávez, el expresidente Manuel Zelaya y su esposa Xiomara Castro crearon el Partido Libertad y Refundación (Libre), con el fin de encarnar el movimiento bolivariano en Honduras. Estas elecciones representaban su oportunidad de volver al poder de la presidencia y llevar a cabo los cambios constitucionales que fueron cortados de raíz hace casi un lustro y aplicar las recetas chavistas. Su eco en la izquierda latinoamericana -y española- estaba asegurado.

Como dato peculiar, se ha dado el caso de que el Tribunal Supremo Electoral de Honduras ha denegado la acreditación del exjuez Baltasar Garzón, que pretendía ejercer de observador internacional por cuenta propia, sin ostentar la representación oficial de ningún país. Otras tantas diplomáticas puertas en las narices se han llevado personalidades como Rigoberta Menchú, líder indigenista de Guatemala, o el exvicepresidente panameño Martín Torrijos. Al margen de no cumplir los requisitos legales, las autoridades tenían serias dudas de la imparcialidad de estos aspirantes a observadores. Sí fueron acreditados 15.750 observadores, 750 de ellos a través de Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea (UE). La denuncia de Xiomara Castro sobre la trasparencia del proceso electoral y su autoproclamación como verdadera presidenta de Honduras han desencadenado una ola de reacciones entrecruzadas en estas instituciones, cancillerías extranjeras y palacios presidenciales. Sin ir más lejos, el ministerio de Asuntos Exteriores español esperó a que el recuento sobrepasase el 50 % de las votos para respaldar al oponente de Xiomara Castro en un comunicado donde se felicitó “al Partido Nacional y a su candidato, D. Juan Orlando Hernández, por su elección en Honduras, de acuerdo con el resultado hecho público por las autoridades competentes”. Una declaración que causó una reacción explosiva en Izquierda Unida (IU) juzgando escandaloso que el Gobierno de Mariano Rajoy felicitase al Partido Nacional hondureño conociendo el “fraude electoral” y a mitad del “escrutinio final”. Aunque nada dijo de la autoproclamación de Xiomara Castro como presidenta con el 24 % del recuento.

Izquierda Unida vinculaba este apoyo con el respaldo del Gabinete de Rajoy a Henrique Capriles en Venezuela en su querella electoral frente a Nicolás Maduro. La sección de Derechos Humanos y Solidaridad Internacional de IU hacia suya la causa chavista de Libre firmando un comunicado donde se sostenía que “tal y como ha quedado plasmado en distintos informes de observadores internacionales independientes y ha advertido la oposición política del país, en Honduras se ha producido un fraude electoral para evitar que Xiomara Castro de Zelaya acceda al Gobierno con un proyecto popular, de izquierdas y antioligárquico.” No se citaba a qué observadores internacionales independientes se refería, después de que la baza de Baltasar Garzón quedase fuera de juego.

Con más prudencia, Estados Unidos felicitó solo al pueblo hondureño por su “actitud pacífica” durante las elecciones generales a la presidencia, esperando a los resultados oficiales para hacer cualquier otra consideración. Cautela del todo inútil para impedir que Nicolás Maduro se despachase “repudiando el intervencionismo norteamericano”. Al frente del actual movimiento bolivariano se sintió en la necesidad de preguntarse retóricamente: “¿Por qué Estados Unidos se tiene que meter en los asuntos internos de nuestros países latinoamericanos?” A partir de ese instante la candidata Xiomara Castro desapareció de la escena pública y comenzaron los disturbios en la capital hondureña Tegucigalpa donde los enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas de seguridad no han cesado hasta el momento. De nada ha servido que los observadores internacionales de la ONU, la OEA y la UE hayan hecho públicos sus informes preliminares en los que califican los resultados como “fiables”.

Hoy por hoy es un enigma determinar si Xiomara Castro y el Partido Libertad y Refundación optarán por integrarse en el sistema parlamentario o mantendrán una posición beligerante antisistema, o si acaso se verán tentados a sostener una calculada combinación de ambas posturas. Por lo pronto, Zelaya ha convocado a la población a iniciar este fin de semana jornadas de protesta que redoblen la agitación callejera. Realmente eran muchos los obstáculos que hacían muy difícil que Libre fuese una formación integradora que lograra una posición hegemónica, comenzando por su liderazgo. La candidata Xiomara Castro siempre fue vista como la máscara de su esposo, el expresidente depuesto Manuel Zelaya, que aparentemente movía los hilos en la sombra y que todavía hoy continúa insistiendo en que su esposa “ha ganado la presidencia de la República”. El lenguaje revanchista de Zelaya durante la campaña electoral, prometiendo vengarse de quienes le destituyeron, las amenazas contra la oligarquía y la promesa de cancelar la Constitución para crear una Asamblea constituyente, difícilmente podrían tener eco en el electorado de centro obsesionado por alcanzar estabilidad para un país zarandeado brutalmente por multitud de vicisitudes. En unas circunstancias de esta índole, y con un partido de nuevo cuño, conseguir en torno al 29 % del electorado y convertirse en la segunda fuerza política de Honduras con 39 escaños no es un fracaso. Solo una redifinición del liderazgo y un programa electoral más integrador podrían darle la victoria en futuras convocatorias a las urnas, en tanto que una radicalización le alejará siempre de ese objetivo.

El líder del Partido Nacional, Juan Orlando Hernández, y sus simpatías castrenses forjadas mientras estudiaba el bachillerato en un colegio militar, tampoco han obtenido unos resultados apabullantes. Con el 35 % de los sufragios solo alcanza 47 escaños, cuando el Parlamento hondureño exige un mínimo de 65 diputados -entre un total de 128- para aprobar las leyes ordinarias que se requieren para la gobernabilidad de Honduras. Juan Orlando Hernández no ha recibido, pues, un cheque en blanco para aplicar su programa de Gobierno, sino que en cada medida deberá aplicar sus reconocidas dotes de negociador en un Parlamento sumamente fraccionado. Probablemente ello redunde en una mayor democratización de la acción de Gobierno y en la toma de decisiones más integradoras, muy necesarias en el país con más tasa de homicidios del mundo y el penúltimo más pobre de Latinoamérica, detrás de Haití. Unos resultados electorales que abren expectativas de un imprescindible diálogo y que solo han causado un revuelo internacional porque la base electoral ha frenado por primera vez la expansión del bolivarismo chavista en la región. Aunque en ello también haya influido el descomunal desplome económico que Maduro está originando en Venezuela.