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Ruptura generacional

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 06 de diciembre de 2013, 20:02h
Un antiguo alumno, a las veces, sedicente discípulo y ahora colega y amigo del cronista, es un progenitor bíblico. Entre sus trece o catorce hijos hay laboral y vocacionalmente de todo: artistas, abogados, arquitectas, médicos, empresarias y hasta algún que otro sin oficio ni beneficio. Pero lo que no hay es lector o lectora de la extensa y, en conjunto, destacada obra de su padre, en extremo afanoso por conseguir un lugar en la posteridad, como, por lo demás, es común en el gremio de Clío y en el de todos los lletraferits. Otro antaño camarada del articulista, en los antípodas en gustos, sensibilidad y talantes del precedente, también lo fue en la descendencia, reducida, a la moda del día, a una fémina y un varón que no le acompañaron por sus caminos sentimental e intelectualmente predilectos. En efecto, galeote igualmente de la pluma, toda la ancha geografía de su materia historiográfica se recorrió casi palmo a palmo por su infatigable escritura. Empero, el sueño más prolongada e intensamente acariciado por ambos de contar con lectores en su culto hogar tampoco llegó nunca a materializarse en su mansión familiar. Y, en la modesta y anacoreta vida del cronista, se contabilizan más ejemplos de idéntico tenor…

Si en la biografía de cualificados estudiosos se cuentan a racimos casos semejantes debe, sin duda, preguntarse por sus causas, pues nos hallamos incuestionablemente cara a un fenómeno social de largo alcance. Algo grave falla en la trasmisión de la cultura cuando se constatan a menudo hechos como los descritos. Si en la casa de los propios historiadores, notarios y custodios de la memoria colectiva por su ministerio, resulta infrecuente –más allá de anécdotas más o menos individuales y expresivas- asegurar la preservación del pasado, se hace fácil imaginar las dificultades que en las colectividades postmodernas encuentra un mínimo culto al acervo de los antepasados. En las comunidades de ayer éste era sagrado y constituía uno de los fundentes de su identidad. Por fuertemente que se visualizara su perfil, jamás se contraponía a la creatividad y a la aportación de nuevas contribuciones a la eterna tarea de enriquecer la andadura de la pareja humana por los senderos del tiempo.

Tal misión permanece intacta y no es cosa de entonar cantos elegíacos a un pretérito envuelto en la nostalgia. Sin embargo, no por ello ha de perderse un instante en reforzar los lazos que adunan a las varias generaciones que conviven en un determinado presente. El gap, el corte entre ellas fue en toda época un dato observable en su dinámica social; mas siempre hasta ahora se logró mantener el respeto, si no la admiración al legado construido con lo mejor de los esfuerzos de los ancestros, punto de partida para el quehacer de sus herederos, presidido por el mismo principio de superación que rigiese el de aquéllos.

Ingeniería social, adanismo mitigado, utopía dosificada no han nunca de desecharse a priori. En sus entrañas se encierran metas y valores dignos de encomio, sin cuya puesta en marcha el progreso de la humanidad se ralentizaría grandemente. No obstante, los bloques de granito sobre los que alza su continuidad sólo pueden extraerse del patrimonio conformado por la suma de desiderata que configuran la civilización. La necesidad –imperiosa en no pocas ocasiones- de recordar tan elemental conocimiento es quizá la mayor prueba del peligro de dramática ruptura que cada vez acecha con más angustia a los hombres y mujeres de nuestros días.

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