Mandela
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 07 de diciembre de 2013, 20:02h
Yo iba a escribir este fin de semana sobre los errores que la Unión Europea está cometiendo en Ucrania. Pensaba describir en algunos párrafos la complejidad de la historia reciente de la ex república soviética y las profundas divisiones que subyacen bajo la aparente unidad de los concentrados en la plaza Maidan. Junto a los demócratas hay extremistas nostálgicos de la colaboración con los nazis y nacionalistas radicales que serán de todo menos demócratas. Me hubiese gustado analizar la situación en Ucrania desde la perspectiva de las zonas de influencia que los Imperios tuvieron en Europa hasta la Primera Guerra Mundial y que de algún modo se prolonga incluso hasta el final de la Guerra fría.
Entonces murió Mandela.
Nos dejó el líder encarcelado pero libre, que alzó su voz para hablar de reconciliación, de paz y de unidad en un país que sólo puede representarse con el arco iris. No les engañaré. Me gusta Sudáfrica y, para mí, este país es el de la lucha contra el Apartheid simbolizada en ese hombre que envejecía en prisión sin doblegarse ni renunciar a la reivindicación de la igualdad entre los seres humanos. Sólo un ignorante puede trivializar el régimen racista que entre 1948 y 1992 oprimió a los negros de Sudáfrica que –naturalmente- vivían en su tierra. Sí, en Sudáfrica los blancos segregaron a los negros so pretexto de un mejor desarrollo para las dos comunidades. En una ideología trufada de racismo, fundamentalismo religioso y nacionalismo, los negros tenían prohibido abrir negocios o ejercer profesiones liberales en las áreas de los blancos. Los negros tenían prohibido viajar en los mismos autobuses, trenes, aviones e incluso taxis que los blancos. Los juzgados y otros edificios públicos tenían distintas entradas para blancos y para negros. La policía perseguía las relaciones de pareja entre blancos y negros obsesionados a la vez con la mezcla de las razas y el crecimiento demográfico de los negros frente a los blancos.
Mandela encarnaba la resistencia contra esa injusticia, esa atrocidad institucionalizada en la que es inevitable ver la lejana sombra ideológica del nazismo. El Apartheid partía de la clasificación de la gente en cuatro grupos: nativos, de color, asiáticos y blancos. Jamás fue democrático. La década de los 60 fue de crecimiento y prosperidad para los blancos y de endurecimiento del régimen y violencia sistemática contra los negros. Junto con la discriminación, afloró la consciencia negra y con la represión surgió la resistencia. No sólo los negros lucharon contra el Apartheid, también hubo blancos que alzaron su voz y su historia debe ser recordada porque ellos son la prueba de que se podía obrar de otra manera. 131 opositores al Gobierno fueron ejecutados. A miles los torturaron y los encerraron. En 1976 la violencia dio un paso más y los incidentes de Soweto mostraron al mundo que los negros de Sudáfrica no iban a dejarse exterminar en su propia tierra. Los 80 vieron cómo poco a poco la oposición al Apartheid crecía, se hacía interracial, atravesaba clases y ciudades en una reivindicación unánime de libertad y de igualdad para todos. Había cristianos, hindúes, judíos; hombres y mujeres (ellas no fallan jamás); socialistas y liberales; heterosexuales y homosexuales. Había, en suma, un arco iris entero que se negaba a vivir instalado en la injusticia.
Y en todo ese proceso estaba Mandela. El preso 466/64 ingresó en la cárcel en 1964 y estuvo 27 años encerrado. Fue sometido a trabajos forzados. Los servicios secretos tramaron un plan para fingir una falsa fuga y matarlo pero los británicos descubrieron la trampa y lo evitaron. También en prisión se aplicaba la segregación: los negros recibían menos alimentos que los blancos. Cuando Mandela entró en el centro penitenciario de Robben Island en 1964, el mundo vivía la ola de descolonización, movimientos armados de resistencia, liberación y reacción, la Guerra Fría, el fin de una época. Cuando salió de la cárcel en 1990, el Muro de Berlín había caído y muchos de los sueños y las pesadillas de los años 60, 70 y 80 se habían desvanecido. Sudáfrica necesitaba un líder que condujese el tránsito de un régimen atroz a una democracia. El tiempo de las luchas anticoloniales había terminado. África ya no era uno de los campos de batalla entre el bloque soviético y el occidental.
Y ahí estuvo Mandela a la altura del tiempo. Habló a blancos y negros de paz, de reconciliación, de justicia y de unidad. Recuerdo a Simple Minds cantando “Mandela Day” y esa felicidad increíble de saber que esta vez ganaron los buenos y que eran negros y blancos. Recuerdo a Miriam Makeba, esa voz que cantaba por todos los silenciados, los oprimidos, los nadie. Mandela encarnó un tiempo y demostró que la política es otra cosa que el lodazal que a menudo parece ahogarnos. Él fue el ejemplo de que hay mujeres y hombres que pueden liderar procesos que cambian la Historia y que hay un camino para la paz y que pasa por la justicia, la dignidad y la memoria.
Muchos han recordado en estos días aspectos parciales de la vida de Mandela como si un fotograma lo pudiese resumir por completo, como si su vida no comprendiese un siglo de dolor, sufrimientos, errores y aciertos de la humanidad entera. Los mismos que mancillan otras memorias- la de la resistencia contra los nazis, por ejemplo- mancillan ahora la de Mandela olvidando quiénes eran las víctimas del Apartheid y quiénes los verdugos. El Apartheid encarna la discriminación, el racismo y, en general, el odio a la diferencia. Mandela es la prueba de que un régimen así puede ser derrotado y de que allí donde hay una voluntad hay un camino.
Hoy esta columna llora su muerte. Descanse en paz, Madiba.
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Analista político
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