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Las lecciones de Mandela

Luis de la Corte Ibáñez
lunes 09 de diciembre de 2013, 20:33h
Nelson Mandela, héroe unánime de Sudáfrica y del mundo entero. Resulta muy difícil decir algo sobre su figura y su vida que no se haya dicho ya en los días que han sucedido a su desaparición. Y todo, o casi todo, bueno. La historia no abunda en historias como la suya. Ya antes de irse adquirió talla de mito. Aunque él mismo, tan inteligente, temió ser mitificado. Porque el peligro de los mitos es que paralizan el pensamiento, lo anulan, cuando Mandela se empeñó en que su vida diera mucho que pensar: a sus hermanos negros de Sudáfrica, a sus opresores afrikáners, a dirigentes y ciudadanos del resto del mundo. Pero no sólo los vivos deben hacernos pensar sino también los que se fueron. La biografía de Mandela y, con ella, la historia reciente sudafricana contienen lecciones que deberían enseñarse en las universidades y en las escuelas; lecciones para aprender y no olvidar nunca. Aquí sólo van algunas.

La importancia del individuo en la historia. Contra la famosa frase pronunciada por un ilustre historiador decimonónico (Thomas Carlyle), la historia es algo más, mucho más, que una biografía sobre grandes hombres. Se trata también de una empresa colectiva, aunque la mayoría de sus frutos no sean los que los hombres pretenden recoger. Aunque hay excepciones. Pese a todo, algunos de los acontecimientos cruciales del siglo XX estuvieron ligados a las actitudes y decisiones personalísimas de unos pocos individuos. La historia no habría sido exactamente como fue de no haber existido personas como Hitler, Stalin o Gandhi. En cuanto a Mandela, sin duda el fin del apartheid habría llegado sin él, aunque seguramente hubiera ocurrido más tarde o de otra forma (quizá incluso con una guerra civil, como la que él mismo quiso y consiguió evitar). Con su habitual sorna Cela escribió una vez que hay dos clases de hombres: los que hacen la historia y los que la padecen. La frase es exagerada, aunque no cabe duda sobre a cual de esas dos clases perteneció Mandela: no sólo hizo historia sino que, a diferencia de la mayoría de los mortales, la forjó a la medida de su mayor aspiración.

El poder de los (buenos) ideales. Cuando Mandela abandonó la cárcel en 1990, tras veintisiete años de confinamiento, el mundo comenzaba a dejar atrás la era de las ideologías y las experiencias del siglo que le vio nacer habían enseñado a desconfiar de los ideales. Aunque esta actitud no fue inaugurada entonces. Antes de ser considerados peligrosos por su capacidad para justificar políticas atroces los ideales ya eran objeto de crítica para muchos intelectuales, en parte por considerarlos meras coartadas del poder. Y también hubo siempre quienes, con Maquiavelo a la cabeza, estuvieron dispuestos a recordar que los ideales son de escasa utilidad o resultan sencillamente contraproducentes porque, cuanto menos en política, la bondad no siempre basta y a menudo crea nuevos problemas. O sea que, para sus críticos, las políticas basadas en ideales son desaconsejables o incluso despreciables, ya sea porque engendran horror, porque operan como mentiras útiles para la manipulación del pueblo o porque el infierno entero está empedrado de buenas intenciones. Sin duda, todo esto se ha revelado cierto en numerosas ocasiones y la consecuencia que puede extraerse de ello es que más vale prescindir de los ideales y practicar una política realista y prudente alejada de ensoñaciones. No espere el lector que, a renglón seguido, vaya uno a arremeter contra tales argumentos escépticos porque, en esencia, quien escribe estas líneas los comparte. Sin embargo, los ideales son irrenunciables para el genero humano y ni siquiera los que los rechazan de plano puedan evadirse de ellos. Por lo demás, ejemplos como los de Mandela revelan que no todos los ideales son iguales. Las palabras que pronunció como alegato durante el juicio que le llevó a prisión son bien conocidas: “he acariciado el ideal de una sociedad democrática y libre, en la que todas las personas convivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que deseo ver realizado. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Ese ideal mantuvo vivo a Mandela, algo de lo que el mismo dudaba cuando leyó su alegato, y siguió impulsando el movimiento sudafricano contra la discriminación que desde su primer día en prisión condujo por una senda pacífica, dejando atrás sus anteriores escarceos de revolucionario violento. En su caso, finalmente, la política de los ideales no fue criminal ni tramposa pero sí incuestionablemente eficaz.

Valor de las élites y de un liderazgo (ejemplar). En países como el nuestro hablar favorablemente acerca de minorías influyentes y liderazgos fuertes o lamentar su ausencia no suele estar bien visto. Al menos en ciertos círculos, quienes se atreven a dichos comentarios pueden levantar sospechas de cierto déficit democrático. Pero una ley de toda Sociología política dicta que detrás de cualquier gran cambio político siempre hay élites y líderes. En el curso de la historia social ambos cuentan y cuentan mucho. Especialmente en tiempos de tribulaciones. Mandela fue, primero, miembro de una elite política negra y pasó a convertirse después en el líder de toda una nación mestiza. En los tiempos que ahora vivimos el lamento por la ausencia de líderes realmente inspiradores casi se ha convertido en una costumbre. Pero al recordar a Mandela y otros grandes personajes políticos que nacieron en su siglo hay que reconocer que la queja no puede ser despachada como un simple tópico. De nuevo, no se me interprete mal. Nada hay que añorar de modelos y fórmulas de gobierno donde todo se fía a la clarividencia y la voluntad de un sólo hombre, o de unos pocos, mientras el resto de la ciudadanía no logra abandonar la condición de simple “masa” inerte. Y, como todo el mundo sabe, los liderazgos carismáticos y fuertes, o al menos algunas de sus figuras más conocidas, entrañan riesgos evidentes. Están los malignos, que lanzan a los seres humanos a la depravación, la masacre y el genocidio. Están también los liderazgos populistas, ejercidos por quienes aprovechan su carisma y su posición para engañar deliberadamente a su pueblo diciéndole sólo lo que quiere oír, halagando y comprando voluntades con prebendas y bellas promesas imposibles (por cierto, a menudo los líderes populistas también recurren a la invención de enemigos o chivos expiatorios, con lo que se aproximan a un liderazgo maligno). Y, por último, están los liderazgos voluntaristas, cuyos factores de atracción son los mismos que los vuelven peligrosos, pues su base es un idealismo ingenuo que tiende a simplificar los problemas y por eso mismo se vuelve irresponsable. Sin embargo, Mandela no encaja en ninguno de estos moldes. Su liderazgo, ya lo sabemos, fue benevolente, no maligno. Nunca usó su popularidad para comportarse como un populista. Por el contrario, cuando creyó que debía decir al pueblo algo distinto de lo que pensaba lo hizo y con ello logró evitar que ciertas corrientes de opinión llevaran su país al desastre. Para terminar, Mandela tampoco fue ningún ingenuo moral y mucho menos un fanático borracho de utopía. Lo cual justifica un comentario aparte.

Pragmatismo decente. Lo que el ingenuo moral y el fanático tienen en común es su propensión a confundir lo real con lo ideal, con las consecuencias trágicas o catastróficas que ello conlleva a veces. Si indagan en la vida del héroe sudafricano buscando una sola ocasión en que actuará con un idealismo ciego perderán el tiempo. El ideal de la igualdad racial o étnica impulsó a Mandela y Mandela supo utilizar ese ideal para inspirar y orientar a su pueblo. No obstante, si hoy le admiramos no es sólo por su carisma y su fortaleza moral sino también por su responsabilidad en la transformación política de Sudáfrica. Para consumar ese cambio importaron tanto su capacidad para inspirar a otros como su pragmatismo y sus habilidades políticas. Ese pragmatismo suyo moldeó tanto los fines que guiaron su acción política como los medios empleados para su realización. Aunque en sus discursos apelara a ellos y le sirvieran de inspiración personal, como ya hemos destacado, Mandela no orientó su vida por meros ideales abstractos sino por un objetivo muy concreto: el fin del apartheid, con el consiguiente establecimiento de una democracia no discriminatoria en Sudáfrica. Por mucho tiempo a sus adversarios ese objetivo no les pareció realista. Les cegaba su fuerza bruta. Y en cuanto a la cuestión de la relación medios-fines, conviene no dejarse confundir por la talla moral del personaje. Mandela solía repetir que él no era un santo. Y lo que estaba queriendo decir es que, con independencia de la grandeza de sus propósitos y la firmeza en sus convicciones, en su vida siempre actuó como un zorro (rara vez alguien que no lo haga sobrevive por mucho tiempo en política). Por eso, cuando necesitaba explicar a los negros que debían trabajar con sus enemigos blancos (como él con sus antiguos opresores) siempre solía mezclar argumentos morales (“había blancos con el corazón negro”) con otros prácticos: “solo ganaremos si trabajamos con nuestros enemigos pues trabajando con ellos se volverán nuestros amigos”. Su estrategia del perdón fue una apuesta práctica, basada en un conocimiento profundo de las grietas que carcomían el régimen al que combatió toda su vida y en un cálculo realista sobre las limitaciones y costes inherentes a otras alternativas de acción política.

Las reconciliaciones (y las políticas de cohesión) son posibles … y … mejores que sus opciones contrarias. Sí. Las reconciliaciones son posibles y la segunda mitad del siglo pasado fue rica en tales experiencias. Debería lamentarse que cuando miremos hacia atrás atendamos más a menudo a los malos ejemplos que a los buenos. Y también que cuando reparemos en los logros pasados cedamos a la tentación de mirarlos con condescendencia, dando por asegurado que nosotros pudiéramos haber hecho las cosas infinitamente mejor de cómo se hicieron. Mandela y el pueblo sudafricano dieron un soberbio ejemplo de civismo e inteligencia política colectiva, pero no el único. Aunque en circunstancias ciertamente muy distintas, los españoles también supimos ganar la reconciliación con dos décadas de antelación al milagro sudafricano. Tanto en un caso como en otro el gran avance fue posible gracias al ajuste entre la voluntad de una elite política responsable, obsesionada por evitar regresiones autoritarias y revanchas fratricidas, y una sociedad cansada de odios y abierta al futuro. Desde hace años hay quienes reprochan a Mandela su valiente apuesta por una política de cohesión que critican esgrimiendo los progresos de igualdad y prosperidad que todavía quedan pendientes de alcanzar en Sudáfrica. Enseguida se dirá una palabra sobre ellos. Pero vale la pena comparar esas posiciones con las de quienes en España también se empeñan desde hace años en devaluar el éxito de nuestra transición por el mismo método de sacar punta a sus imperfecciones. Tengo para mí que estos críticos escoden tras sus argumentos una profunda nostalgia de la ya mencionada era de las ideologías, aquella en la que resultaba natural creer que los problemas de la política tenían una solución perfecta que además podría implantarse de una vez y para siempre. Pero para cuando España y (mucho más tarde) Sudáfrica iniciaron su camino hacia la democracia la historia ya había enseñado a quien quisiera aprender de ella hasta qué extremos de soberbia, error, exclusión y crueldad pueden llevar las ideologías fuertes y las políticas (presuntamente) perfectas. Mandela, que empezó profesando el comunismo, lo aprendió mientras miraba la historia pasar por entre los barrotes de su celda en Robben Island.

Ni lo ideales ni los líderes bastan. La ultima lección que podemos extraer de la biografía de Mandela tiene un regusto amargo, especialmente para quienes todo lo miden con parámetros utópicos. El ideal de la libertad movilizó a los seguidores y admiradores de Mandela hasta lograr el fin de la segregación racial y dotar a Sudáfrica de un auténtico régimen democrático del que muchos países africanos aún carecen. Se trata de uno de los principales episodios de redención institucional y progreso moral acaecidos durante la segunda mitad del siglo XX. Pero, como siempre pasa, cada episodio de progreso crea expectativas que suelen superar con creces la realidad: cuando la democracia llega a un país se tiende a creer que la paz social y la prosperidad vendrán de la mano; cuando la segregación institucional resulta finalmente abolida es fácil caer en la tentación de confiar en que la discriminación y las diferencias se evaporarán como por ensalmo. Pero las cosas jamás suceden así. Aún hoy, las diferencias entre etnias no han desaparecido totalmente en Sudáfrica. Ni mucho menos. Persisten amplias desigualdades en términos de ingresos, acceso al empleo y posiciones de mayor estatus y responsabilidad. La criminalidad mantiene cotas elevadas, igual que la corrupción institucional, y la economía no ha seguido el ritmo de crecimiento que hoy protagonizan otras naciones de África, con el lamentable resultado que hace pocos días recordaba el editorial de The Economist: pese a los amplios recursos naturales de los que disfruta su país, sólo dos de cada cinco sudafricanos en edad de trabajar tiene un empleo y casi un tercio de la población vive con menos de dos dólares diarios. En definitiva, Sudáfrica todavía no ha resuelto sus más graves problemas. No hay mejor prueba de que la fuerza de los ideales y el impulso de los grandes hombres tampoco lo pueden todo y de que ningún éxito político es completo ni perfecto. Los sudafricanos, como cualquier otro pueblo, deberán seguir escribiendo su destino. A partir de ahora deberán hacerlo sin Mandela pero al menos les quedará su recuerdo para que les inspire, como le queda al resto del mundo.
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