Mandela tuvo que venir de otro mundo
miércoles 11 de diciembre de 2013, 19:59h
Difícil escribir esta semana un artículo que no tenga que ver con Nelson Mandela. Con su muerte, pero, sobre todo, con su larga y fértil vida. Sus increíbles actos y decisiones. Los discursos plagados de frases con alma y no sólo hechas con palabras. Esas palabras que ahora nos parecen tan bonitas y que compartimos en las redes sociales, aunque después no sepamos compartirlas en la calle o en casa. En nuestras vidas. Admiramos a Mandela por su extraordinaria capacidad de liderazgo basado en el ejemplo y en el incansable afán de tratar de convencer al otro, en vez de limitarse a ordenarle. Y su funeral este pasado martes nos dejaba imágenes que sólo su muerte – o quizá, más bien, su vida – podía lograr. La de Barak Obama y Raúl Castro estrechándose la mano e intercambiando algunas palabras se convirtió en viral al cabo de unos pocos minutos. También la del beso y el abrazo de las dos mujeres de Madiba.
El reconocimiento a Mandela es tan universal e incontestable, que su figura, en lugar de parecernos tremendamente humana, se nos antoja casi sobrehumana. Como si no fuera de este mundo. Igual que si los demás mortales ni siquiera pudiéramos imaginar llevar a nuestra pequeña y humilde parcela algo del espíritu conciliador con el que él liberó a su pueblo e, incluso, como decía Obama ayer, al régimen opresor del apartheid, cada vez más condenado a consumirse en su propio odio. Porque Mandela entendió, de la manera en la que a todos nos gustaría entender siempre, que el odio es fuente inagotable de más odio, ese sentimiento inútil que creemos poderoso y que es, simplemente, contagioso. Se transmite de padres a hijos, traspasando generaciones que son capaces de continuar odiando a pesar de que ya no sepan ni porque tienen que hacerlo.
Y, sin embargo, lo que sí sabemos todos es que, aunque su figura ya esté para siempre en la Historia, su espíritu, por desgracia, no será capaz de anidar con igual eternidad en los corazones. Mandela no era un político, pero supo hacer gran política – la de verdad - para liberar a su pueblo, castigado por un brutal sistema de opresión basado en el color de la piel y que hoy nos parece impensable. A pesar de que sigan existiendo regímenes fundados y, sobre todo, sostenidos por la crueldad. Cerrados al mundo exterior, como grandes cárceles o mausoleos de ciudadanos, quienes para seguir con vida tienen que obligarse a morir por dentro. Cadena perpetua para castigar, aún antes de que se cometa, el delito de pensar de manera diferente, de proponer cambios o mejoras para todos.
Regímenes como el de Corea del Norte, donde ya son muchos los nacidos bajo el yugo que viene dictado por el miedo que albergan quienes gobiernan a que su injusto poder se cuestione. Porque saben que no es legítimo. Un pueblo entero vigilado de forma constante, sacrificado por la élite que ejerce un poder absoluto y que cierra cualquier grieta por la que pueda filtrarse eso tan dañino que es el innato anhelo de libertad para pensar y sentir por uno mismo. Esclavos en pleno siglo XXI. Los individuos vistos solo como una masa al servicio de un monarca absoluto, rodeado de su corte. Sin necesidad siquiera de excusarse en pretendidas diferencias por el color de la piel, las creencias religiosas o la procedencia. Hermanos. Porque en muchas ocasiones, los mayores actos de crueldad se cometen en el seno de la familia, del pueblo. Las luchas fratricidas - entre hombres y mujeres de la misma sangre y de la misma tierra pero que piensan o sienten diferente - continúan siendo las más frecuentes y dolorosas. Ahora, entre otras, se están viviendo en Siria y en la República Centroafricana. Pero, en realidad, en el mundo nunca han llegado a desaparecer por completo.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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