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Reforma electoral, o tampoco

jueves 12 de diciembre de 2013, 21:29h
Si hay una ley de hierro en materia electoral es la de la inercia o de la conservación, también denominada resistencia al cambio. Nada cambia para que todo siga exactamente igual. El inmovilismo comporta que se soslaya cualquier hipotética reforma y ello porque los actores protagonistas que son los partidos dominantes toman lápiz y papel, y ante el peligro de cualquier mínima merma en sus se bajan del caballo.

Si hay un lamento común de la ciudadanía es que la reducción de la participación política al voto en forma de lista cerrada y bloqueada, cada cuatro años, provoca escepticismo y desafección. Los ciudadanos repiten, y no les oyen, que no se sienten debidamente representados en sus convicciones, opiniones e intereses y que por ello contemplan cada vez más sienten lejana la democracia representativa, más pensada para servir a los representantes que a los representados.

Si hay un deseo compartido de los ciudadanos se resume en más democracia al grito de “el remedio contra las deficiencias de la democracia es más democracia”. El deseo se articula en reivindicaciones distintas. Desde luego mucha más transparencia y menos ocultismo. Por supuesto, capacidad de decisión a la hora de elegir a los representantes pues el pronunciamiento sobre los preseleccionados por los partidos políticos de entre sus militantes disciplinados, ya no cuela. Además, naturalmente, disminución de cargos y prebendas, pero en serio. Sin olvidar, claro está, que la palabra y, por tanto, el programa está para cumplirse y no para ser un libro bien encuadernado que se tira a la papelera al día siguiente de llegar al poder. Y es así mismo deseo generalizado romper con el avasallador dominio de los partidos y de los aparatos dirigentes de los partidos, convertidos en propietarios de todas las instituciones.

Una vez leí a un pesimista que concluía que el peligro de la democracia representativa consiste en que pueden llegar a votar solo los familiares de los que van en las listas. La generación de ilusión política es imprescindible elemento para la legitimación del sistema, perdido en burocracias anquilosadas y oligarcas de carátulas diversas. La calidad democrática es la única forma de fortalecer el sistema y no deben olvidarlo los jerarcas a riesgo de que al pesimista la de la razón la realidad de las cosas.

La propuesta de aplicación del sistema electoral alemán o de doble voto fundada en la combinación de distritos uninominales (con diputados con cara y ojos) y la circunscripción provincial (con candidatura de lista), y por tanto de la fórmula mayoritaria y la proporcional para la asignación, es un sugestivo proyecto de regeneracionismo político que debería considerarse seriamente. Pero, claro está, se quedará en agua de borrajas pues no corren buenos tiempos para la lírica.
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